“Brilló como nadie en un arte decimonónico y sospechoso como la oratoria”.
“Brilló como nadie en un arte decimonónico y sospechoso como la oratoria”.
Edición 2588: Viernes, 3 de Mayo de 2019

Último Acto

Escribe: Luis Jochamowitz | Alan García sale de la escena (2019)

“Brilló como nadie en un arte decimonónico y sospechoso como la oratoria”.
“Brilló como nadie en un arte decimonónico y sospechoso como la oratoria”.

Todo ha sido dicho y falta decir. Su último acto ha sido aún más ruidoso que la vida desmesurada que vino a cerrar. El momento final comenzó temprano, el miércoles de ceniza de una semana no santa con pasión y muerte. Cada cual lo vivió como pudo. Apenas habían dado las siete de la mañana cuando fuimos convocados para asistir a esta última apelación. Nos despertaba para que contemplemos un acto enorme e incontestable que nos iba a estallar en la cara.

Los primeros momentos fueron los más confusos y torpes. De entre las cenizas surgía un fenómeno: las reacciones de la gente. El hecho era tan radical que nos obligaba a dar una respuesta apenas instintiva. Las posibilidades eran variadas: heroísmo rampante, escapismo cobarde, pena sentida o mediocre, maquillaje y tráfico de cadáveres, alegría de las hienas, linchamiento de jueces y fiscales a cargo de los reos, negación de lo ocurrido y sospechas de un gran complot de fuga. Se habían removido profundos conchos de la emoción y la memoria, cuyos efectos iremos comprendiendo a medida que nos alejemos del siniestro.

Queda la carta, sus 293 palabras de despedida cuya exégesis apenas ha comenzado. Contienen una defensa que no viene al caso contradecir aquí. Sumariamente se destaca una frase digna de Chateaubriand: “dejo (…) mi cadáver como una muestra de mi desprecio a mis enemigos políticos”.

Además de un lapsus calami en una delatora frase sobre su honestidad: “nuca podría haber precio suficiente”. “Nuca”, tal vez ya había considerado el procedimiento a seguir llegada la hora.   

¿Algo más? En realidad sí, los 69 años anteriores a ese miércoles de cenizas. Hijo de la pequeña mesocracia de mediados del siglo XX, aprista genealógico, Presidente a los 35 años, desacreditado a los 40, exiliado dorado, Presidente por segunda vez, y por segunda vez desprestigiado.

“Los contratiempos del poder”, eufemismo que usa en su carta para referirse a las calamidades que siguieron para él cada vez que dejó el gobierno, terminaron por cercarlo. Muere cristiano y creyente en la Historia mayúscula. “Yo sí creo en la Historia”, escribió en su último tweet, y en su carta también reserva una H mayúscula para la gran palabra.

Pero, ¿quedan creyentes en tiempos de Vizcarra?, ¿por qué será recordado en el futuro? Habría que aguardar cincuenta años para saberlo, pero como nos falta la paciencia, elegimos una razón: será el Presidente suicida. En la larga galería de oscuridades o luces fatuas de los expresidentes, será una excepción. Tal vez no sea del todo injusto. Era más versátil y culto que la mayoría de sus colegas. Su sensibilidad intelectual estaba más cerca del canto lírico y la opera que del derecho o la ciencia política, por eso brilló como nadie en un arte decimonónico como la oratoria, un arte sospechoso y anticuado, pero suficiente para ser dos veces Presidente del Perú.