Gálvez se convirtió en el indiscutido escritor oficial de la ciudad de Lima.
Gálvez se convirtió en el indiscutido escritor oficial de la ciudad de Lima.
Edición 2578: Jueves, 21 de Febrero de 2019

Jardines y Muladares

Escribe: Luis Jochamowitz | O José Gálvez, el inevitable.

Gálvez se convirtió en el indiscutido escritor oficial de la ciudad de Lima.
Gálvez se convirtió en el indiscutido escritor oficial de la ciudad de Lima.

Una exageración sincera: ningún escritor logró convertirse en la personificación de Lima de un modo tan oficial y completo como José Gálvez Barrenechea (1885-1957). En distintos momentos de su vida llegó a reunir calificadamente la representación pública, política y artística de la ciudad. La figuración pública era él mismo, su celebridad de escritor, el sonriente “Picwick” de los artículos de prensa, su asistencia infaltable a innumerables ceremonias y reuniones, cuando no su presencia barbada y distinguida, entrevista en la calle, entrando o saliendo por las puertas de algún gran establecimiento. Todos sabían que Gálvez se dejaba ver.

La representación política la ejerció dos veces como senador por Lima, además de vicepresidente de la República y presidente del Senado, también dos veces. Gálvez siempre era reelegido en los cargos por elección. En el momento de su muerte a los 71 años, su importancia como político casi empequeñecía su antigua condición de poeta y cronista. En ese tiempo, sin embargo, a nadie se le ocurría separar las partes. Gálvez estaba estratégicamente colocado en el intrincado edificio social, su liberalismo familiar parecía autorizar sus mensajes cívicos, y estaba dotado sin duda de una inteligencia realista y política que lo hizo especialmente importante en situaciones de crisis y elecciones.

En cierta forma, esa eminencia política era la continuación por otros medios de su temprana carrera literaria. Fue un ganador asiduo de juegos florales, así como un confeccionista de prosas y poesías, algunas de ellas aprendidas de memoria y recitadas en las reuniones de amigos y amigas. Guapo, sociable, de maneras encantadoras, el mejor anuncio de su escritura era él mismo. Su titularidad como artista de la ciudad la alcanzó mucho antes de fundar y ser el primer presidente de la ANEA (Asociación Nacional de Escritores y Artistas) en 1938. Pero su mayor activo literario era ser el verdadero heredero de Ricardo Palma, “el único palmista sincero” como lo llamó Haya de la Torre, que habría sido un interesante crítico literario. Era bien conocido que Gálvez guardaba la pluma que Ricardo Palma le entregó para que escriba “cuadros histórico-sociológicos de Lima”. Con esos materiales Gálvez se convirtió en el indiscutido escritor oficial de la ciudad, “el cronista de Lima” como lo llamaban con monotonía las presentaciones rimbombantes.

Emblemáticos jardines de la Quinta Heeren en Barrios Altos.
Emblemáticos jardines de la Quinta Heeren en Barrios Altos.

Ricardo Palma conoció exaltaciones más encendidas y, hacia el final de su vida, se convirtió en la encarnación misma de la vieja ciudad. Los viajeros que pasaban por Lima, como Rubén Darío que tenía algunas horas antes que su barco zarpe del Callao, pedían conocer a esa leyenda viva, “el viejo mulato de Lima”, el único fruto literario que había dejado el primer siglo de república. Pero durante la mayor parte de su vida productiva, Palma pasó por ser una especie imprecisa de periodista, aunque a él seguramente le habría gustado que lo consideren un historiador. En sus años más activos, la sociedad que lo rodeaba no podía o no necesitaba reconocer a un escritor que la transforme en tema literario. Le bastaban los genéricos satíricos que parecían dar el tono único del nativo que tomaba la pluma, o leía de sí mismo. El aparato de identificación social con el escritor era todavía muy primitivo y no tenía sentido colectivo o político.

Algo sucedió en 1884 cuando reabrió la Biblioteca Nacional con Ricardo Palma como director. Su antigua carrera de empleado público, y sus haberes del erario, llegarían a su punto culminante. Por otro lado, recibir una biblioteca en ruinas era un nombramiento más desesperado que honorífico. Estas cosas, sin embargo, se reconocen con el tiempo. Veinte o treinta años después, la imagen ultrapalmista del “bibliotecario mendigo”, parecía inseparable del contador de historias y guardián de libros. Sería en la lenta y paulatina reconstrucción de posguerra que su obra comenzó a ser apreciada, para finalmente renacer en el nuevo siglo. Y todavía tendrían que pasar más décadas para que se descubran en toda su magnitud los efectos ideológicos de esa obra que, según la frase de Julio Ortega, “convierten al futuro en un fantasma del pasado”.

Crónicas evocativas de Lima.
Crónicas evocativas de Lima.
Palma creó el escenario, los personajes y la trama, pero durante casi toda su vida le faltó el público ante quien representar su papel de escritor de la ciudad. Vivió hasta los 86 años por lo que alcanzó a conocer la veneración de varias generaciones, pero se retiró cuando el auge de sus fabulaciones apenas empezaba. Gálvez, en cambio, vivió a tiempo y lo suficiente para heredar y trabajar ese mundo simbólico que la ciudad apreciaba y retribuía.

En su tiempo solo había un escritor que podría pretender ocupar un lugar parecido en el proscenio. José Santos Chocano no carecía de aspiraciones, pero estaba mal dotado para el trabajo lento y constante. Su estro megalomaniaco le estorbaba en el más modesto escenario citadino. Tenía aspiraciones continentales, según decía, por lo que abandonó Lima durante largos años. Cuando regresó en 1921, dispuesto a recuperar el tiempo perdido, se mostró más activo y ambicioso que Gálvez, y en el momento preciso inclinó la cabeza para ser coronado con laureles de oro donados por la Municipalidad. El proyecto, sin embargo, duró poco tiempo y terminó, como se sabe, en desastre.

A diferencia del bullicioso y desordenado Chocano, Gálvez se dio el trabajo de cultivar su pequeña heredad con sumo cuidado. Muchas cosas lo predisponían para eso, incluyendo una razón que el tiempo ha limado. Llamarse José Gálvez en 1900 era ser un huérfano nacional, era formar parte de una familia empobrecida de héroes a los que la nación debía gratitud. Cuarenta años después, la explosión del Torreón de la Merced, el 2 de mayo de 1866, donde murió gloriosamente su abuelo, aún seguía resonando en el recuerdo colectivo, cuando se presentó el nieto para recoger los frutos de varias generaciones de patricios.

José Gálvez fue vicepresidente, presidente del Senado y senador.
José Gálvez fue vicepresidente, presidente del Senado y senador.

Si, además, era un gran conversador y escribía bien, ¿cuál sería su límite? Resultó muy natural que uno de sus primeros empleos estables fuera en la Beneficencia de Lima. Debió de cruzar como una centella por esas oscuras oficinas. Cuando ganó unos juegos florales universitarios con un “Himno a la Juventud” que se puso de moda recitar con énfasis, su popularidad en Lima, Callao y balnearios quedó consagrada.

Pasó de un puesto público a otro con toda facilidad y ventaja. No se crea, sin embargo, que esas sinecuras eran injustificadas o baldías. Todo parece haberlo hecho a conciencia, y cuando los contradictorios vientos políticos cambiaban de dirección, sabía “desechar situaciones de acomodamientos dorados”, como se jactaba en la vejez. No hay duda que le sobraban atributos para destacar entre sus colegas en casi todo lo que hacía. Fue diplomático, decano de letras en la universidad, periodista y jefe de redacción en La Prensa, en todas partes lo apreciaban. Además de la Academia de la Lengua, el Instituto Histórico, la Sociedad Geográfica, la logia masónica, el Club Nacional y el de la Unión, era miembro de decenas de asociaciones de toda índole. Parece haber sido un asistente invariable a incontables ceremonias y banquetes. Leyendo los periódicos de su tiempo, impresiona la frecuencia con que su nombre es mencionado en la relación de invitados, en la mesa de honor, en la lista de los oradores destacados. Gálvez debía destinar no pocas horas del día y de la noche al cumplimiento de los ritos sociales. Más tarde, cuando se abrió la temporada electoral de 1945 y 1956, esa trama de relaciones lo convirtió en candidato imbatible y pieza clave en la formación de frentes y alianzas.

José Santos Chocano rivalizó con Gálvez, a quien Palma le regaló una pluma.
José Santos Chocano rivalizó con Gálvez, a quien Palma le regaló una pluma.

Las correspondencias entre la ciudad y el autor pueden multiplicarse, pero hay una curiosa excepción: Gálvez no era limeño, había nacido en Tarma y fue traído a Lima a los nueve años, tras la muerte del padre. Podría parecer un accidente biográfico sin importancia, pero no es así. En 1920, cuando solo era un treintón, renunció a un puesto consular en Barcelona como protesta contra el gobierno de Leguía. De regreso en el Perú se recluyó en su idílica Tarma donde rápidamente lo nombraron alcalde. Tal vez proyectaba un regreso a la naturaleza, imaginaba ser un poeta bucólico, algo que parecía congeniar contradictoriamente con los gustos de este escritor de la ciudad. Resistió fuera de Lima un año, y regresó para convertirse en el cronista oficial. Pero hay un Gálvez anterior a Lima, al que le interesan las mulizas y escribe sobre una Tarma increíblemente vetusta, un paraíso galveziano en que el tiempo se ha detenido para siempre y por eso nada se va. Para Gálvez el pasado tenía algo de regreso a la infancia, y eso lo salvaba de ser otro vulgar pasatista.

Esta historia de prestigios triunfantes termina, sin embargo, en un callejón sin salida. Después de Palma y Gálvez los escritores de Lima ya no pudieron imaginar una ciudad homogénea o ideal. El tema había quedado más que agotado después de cien años de criollismo. Además, la ciudad era otra, en realidad, había varias ciudades. Desde la segunda mitad del siglo XX, los escritores de Lima lo han sido de ciertos sectores o barrios. Julio Ramón Ribeyro del Miraflores que todavía tenía “potreros”, Eduardo Congrains de las barriadas en los cerros, Oswaldo Reynoso de las calles laterales y los bulines del Rímac o Surquillo. El gusto y el tono eran abiertamente marginales, la Lima de jardines y balcones de Gálvez no decía nada en la ciudad de muladares y asfalto en la que vivían los nuevos autores.

Sus poesías envejecieron bastante mal, pero sus crónicas, artículos y prosas varias, resistieron mejor y aún pueden leerse con gusto. Tal vez, al final eso ya no interesaba mucho al encumbrado político en que se convirtió. Estaba demasiado ocupado con la amnistía a los apristas, o la hidroeléctrica del Cañón del Pato, para tratar de desentrañar estos misterios del tiempo que solo se ven claros cuando todos han muerto. En los últimos años de su vida, sin embargo, aparecieron suficientes indicios de que su proposición literaria iba camino de convertirse en una broma cruel. No llegó a leer Lima la Horrible, de Sebastián Salazar Bondy, y uno no puede menos que lamentar la falta de un comentario de su parte. Gálvez, el hombre de carne y hueso, que usaba sarita de paja en su juventud, terno blanco con zapatos del mismo color en el verano, y bastón de malaca en la vejez, ¿qué pensaba sobre estos largos procesos del gusto y la hegemonía que venían desde antes y seguirían después de él? Alguna vez en el pasado había estado envuelto en discordias ideológicas o literarias, pero su carácter benigno lo alejaba de las posiciones más ruidosas. Habría sido una crueldad desear que viva hasta los cien años para que pudiera ver en qué se iba a convertir la ciudad que había idealizado, pero una inteligencia política y realista como la suya, no podría dejar de reconocer que responder con “una suave melancolía” a las “hondas mutaciones” que plantea el tiempo, era garantía de una elegante y completa derrota.

Aun así, incluso en el territorio binario de las ideologías y partidismos, los bandos se disputaron el derecho de contarlo entre los suyos. Era inevitable por edad y temática, que los críticos más rutinarios lo hicieran formar en las filas de la reacción. Pero un lector tan perspicaz como Mariátegui se resistía a entregarlo al bando de Riva Agüero y compañía, y lo imaginaba votando en blanco en la riña inacabable entre el pasado y el futuro.

Cuando murió en febrero de 1957, mes de carnavales en el que se supone no sucede nada, la noticia del inesperado deceso y los monumentales funerales que siguieron, fue la primera del día durante casi una semana. Una multitud de amigos, aliados y conocidos se sintió en la obligación de dedicarle unas líneas. Su frase más famosa sobre la Lima “que se va”, fue conjugada de todas las formas posibles hasta quedar dilapidada: Gálvez se nos había ido. El gobierno magnificó el efecto al declarar cuatro días de duelo nacional y funerales de jefe de Estado. Después de todo, era uno de los suyos. Su catafalco fue armado y trasladado por varios locales para que nadie se quede sin verlo por última vez. Ese entierro multitudinario fue su consagración como asistente perpetuo de ceremonias. Hubo banda militar, escolta de húsares y salvas de artillería. Manuel Seoane lo llamó “repúblico integral”, “varón de Plutarco”.

Una multitud vestida de negro se achicharró bajo el sol ese día en el Presbítero Maestro. No lo llevaron al atestado y decrépito mausoleo familiar de los Gálvez, sino lo depositaron bajo tierra, en un cruce de caminos, bajo un rectángulo de cemento, la clase de modernismos que a él lo herían casi personalmente. De todos modos, no deja de ser un consuelo saber que su delicada calavera y algo de su larga barba, todavía siguen allí.