La residencia presidencial de La Perla, con su arquitectura descrita como ecléctica, una combinación de estilos francés y americano.
La residencia presidencial de La Perla, con su arquitectura descrita como ecléctica, una combinación de estilos francés y americano.
Edición 2576: Jueves, 7 de Febrero de 2019

Ver a Odría

Escribe: Luis Jochamowitz | Una hora con el general de la Alegría (1955)

La residencia presidencial de La Perla, con su arquitectura descrita como ecléctica, una combinación de estilos francés y americano.
La residencia presidencial de La Perla, con su arquitectura descrita como ecléctica, una combinación de estilos francés y americano.

El redactor desconocido debió ser el primero en llegar a la residencia presidencial de La Perla. El General Manuel Odría (como parte de su lenta y tortuosa retirada del poder) ofrecía un “coctel” a unas sesenta personas, entre periodistas de imprenta y radiofónicos. “La invitación señalaba la hora exacta”, “7 p.m.”, pero cuando ingresó al primer piso, lo encontró iluminado y vacío.

El redactor desconocido se sentó en esos sillones enormes en los que uno puede hundirse, que llamaban “confortables”, y se dispuso a esperar. Salvo por temporadas intermitentes, ese caserón frente al mar nunca tuvo mayor uso. Se lo vendieron o donaron a Leguía como un gancho para promover una urbanización de grandes mansiones que resultó fallida. De hecho, en línea recta quedaba a la menor distancia  entre la Plaza de Armas y el borde del mar, o mejor dicho, del acantilado. En verano era un poco más fresco que la ciudad y tenía una vista magnifica a la solitaria bahía de Lima que aparecía en los mapas como “la mar brava”. A Benavides le gustaba ir, su hija se casó allí. Odría también veraneaba en La Perla, allí se rompió la cadera, durante una fiesta o tratando de alcanzar algo del botiquín. El hecho es que ese accidente limitó severamente su futuro político. El último que habitó “la residencia” fue Manuel Prado, que en muchos sentidos era un hombre del siglo XIX. Pero en tiempos más desarrollistas ese palacete impráctico y difícil de mantener, pareció fuera de lugar y fue transferido a otros fines. El tiempo, la brisa marina, el salitre incesante, el descuido estatal, fueron disolviéndolo hasta convertirlo en una ruina republicana de cantos rodados y polvo de ladrillos, un anticipo de lo que seremos.

Pero todo esto quedaba en un futuro que el redactor no podía conocer. De momento, era las 7 y 30 de la noche y apenas habían llegado una docena de personas. A las 8 de la noche ya eran algo más de sesenta los que aguardaban. Hundido en su sillón, ventajas de llegar temprano, el redactor estuvo observando a los invitados que “paseaban inquietos por los salones”.

Durante ocho años el general Manuel Odría gobernó el país a sola firma.
Durante ocho años el general Manuel Odría gobernó el país a sola firma.
Al fin, a las ocho y minutos apareció Manuel Odría seguido por tres edecanes. Su presencia desató un movimiento de convergencia hacía él e hizo que el redactor se ponga de pie. Odría vestía un terno de seda blanca impecable, era febrero, con solo un punto rojo que manchaba la solapa, un pequeño escudo nacional sobre un gran brillante. “Con gesto nervioso y rápido” saludó uno a uno a todos los asistentes, fueron más de 60 estrechadas de mano. Luego pidió que pasaran al salón más grande donde rápidamente se formó un círculo alrededor de él. Entonces, “fríamente, comenzó un discurso que casi todos conocíamos”.

Mientras Odría hablaba, el redactor lo observó con atención. Fue en esos momentos en que parece haber experimentado una especie de pequeña revelación que todos hemos conocido alguna vez.

Sucede con las personas famosas, los cuadros de los museos, o ciertos paisajes turísticos, podemos haberlos visto muchas veces en efigie, pero cuando estamos frente a ellos sentimos una nueva percepción de la realidad. Su descripción de Odría, visto desde cerca, en movimiento, y con su propia voz, logra casi extraerlo de las fotografías en blanco y negro, el lugar en donde existen los muertos del siglo XX. Aquí se cita in extenso esa descripción, sin otro comentario final.

“Sus ojos, pequeñísimos, bailoteaban a ritmo contrario a sus movimientos y parecían querer escrutar las intenciones del grupo. Odría es un hombre de regular estatura, de tez muy blanca y cara ovalada. La impresión que da es la de estar siempre en guardia y atento hasta de los menores detalles. Su peinado es sobrio y hacia atrás. Su sonrisa es breve y nunca deja que lo domine; cuando ríe sigue observando. Debe ser un hombre inescrutable”.   

CARETAS, edición 80, febrero de 1955.