El Restaurant del Hotel Ritz de Madrid, donde José de la Riva Agüero y Alberto Guillén se encontraron para una entrevista.
El Restaurant del Hotel Ritz de Madrid, donde José de la Riva Agüero y Alberto Guillén se encontraron para una entrevista.
Edición 2564: Jueves, 8 de Noviembre de 2018

Emboscada en el Ritz

Escribe: Luis Jochamowitz | Reconstrucción de un asesinato moral (1923).

El Restaurant del Hotel Ritz de Madrid, donde José de la Riva Agüero y Alberto Guillén se encontraron para una entrevista.
El Restaurant del Hotel Ritz de Madrid, donde José de la Riva Agüero y Alberto Guillén se encontraron para una entrevista.

He aquí un caso ético, una entrevista muchas veces mentada pero poco desmenuzada, en la que José de la Riva Agüero y Osma (1885-1944), cae acribillado por el lápiz o la máquina de escribir de Alberto Guillén Paredes (1897-1935). Apareció dentro de un libro de escasa circulación, “La linterna de Diógenes”, y eso sin duda atenuó los efectos más escandalosos que habría alcanzado en la prensa diaria, si tal cosa se pudiera publicar con las leyes de imprenta de la época. En cambio, multiplicó por cien su persistencia en el tiempo, haciendo que la ignominia ocurra una y otra vez a lo largo de los años. Entiéndase bien, lo que se dice son habladurías, giros graciosos o canallescos del lenguaje, lo que alguien como Haya de la Torre, otro insigne conversador, llamaría “ganas de joder”.

Si las literaturas nacionales, como grandes jardines botánicos, abren en su arborescente esplendor un vivero para cultivar las plantas venenosas de la injuria y el agravio, entonces la pieza que Alberto Guillén le deparó a José de la Riva Agüero en 1923, siempre estará al alcance del jardinero.  

Viéndolo como un forense que visita la escena del crimen, salta a la vista el mundo de diferencias que hay entre ambos. Guillén tiene unos 25 años y es el joven absoluto. Riva Agüero aún no ha cumplido los 40, pero ya parece un cincuentón. Guillén es relativamente pobre, vive en Europa gracias a una beca del gobierno de Leguía, es mesocrático, radical, ególatra, arequipeño. Riva Agüero es considerablemente rico, se ha marchado del Perú porque detesta a Leguía, es aristocrático, conservador, católico, reprimido, limeño. En otras circunstancias se habrían repelido con toda naturalidad, pero en la atmósfera blanca y dorada del Ritz de Madrid, se sienten atraídos como imanes pervertidos. No hay ni una mención de cómo llegaron a ese punto, se supone que el joven se acercó con la propuesta de hacer una entrevista, el hecho es que allí están, sentados en el comedor del hotel, almorzando en una mesa para dos. La cuenta, desde luego, la paga Riva Agüero.

Alberto Guillén, escribió un libro incendiario. José de la Riva Agüero, guardó silencio.
Alberto Guillén, escribió un libro incendiario. José de la Riva Agüero, guardó silencio.

Se le ha llamado entrevista por ser el encuentro de dos personas relatado por una de ellas, aunque es otra cosa. Hay pequeños diálogos que se supone son textuales en una época anterior a la grabadora, pero es un solo escrito en primera persona en que Guillén alterna tonos de corresponsal irónico o libelista de lo privado. Desde la primera línea se habla de “un hombre encantador, fino, amable, culto”, pero el lector no demora nada en comprender que se halla frente a una diatriba. El procedimiento de alternar elogios y ofensas, es muy eficaz pero se hace insostenible una vez que se ha pasado cierto límite. Al menos le proporciona un primer párrafo memorable.

“(…) Su verbo es fácil, meloso, acaramelado. Cada vez que dice una frase pasa la lengua por los labios como si hubiera engullido un caramelo. De una gran agilidad espiritual, salta, sin sentirlo, de una a otra idea con la volubilidad de un pajarito. Comienza a contarme unas operaciones que le hicieron en el cornete de la nariz, para preguntarme, enseguida, cuáles son mis lecturas preferidas y concluir hablándome de Teresa de Jesús y de ‘ese nido de águilas’ que se llama Ávila”.

Más adelante, agotado el recurso del elogio trapero, se hace necesario cambiar de táctica y mostrarse rudo. Claro está, sin decirlo nunca, si uno quiere seguir sentado sin que el interlocutor le arroje un vaso de agua en la cara.

Entierro de José de la Riva Agüero en 1944, murió en el hotel.
Entierro de José de la Riva Agüero en 1944, murió en el hotel.
“Como me invitó un almuerzo en el Ritz (el hotel más caro de Madrid), tuve que soportarle resignado todo su teatro erudito y pueril”.

En un momento Guillén sugiere que Riva Agüero es pesado, tedioso, tiene algo de buey que “rumia pacientemente su impotencia”, pero no se crea que se aburre en su compañía, al contrario, confiesa que lo ha escuchado “embobado todo el día”, que lo ha “entretenido muchas horas”.

El almuerzo termina, pero no la entrevista. Riva Agüero se anima un poco más.

“–¿Quiere ir conmigo a conocer antigüedades?  

–Con mucho gusto, ¡claro que sí quiero!

–Chofer, llévenos a San Antonio de la Florida”.

En el camino se habla de una infinidad de asuntos, Goya, Murillo, las ciudades de España, la política del Perú, los rascacielos de Nueva York, en cada caso se pone de manifiesto la diferencia de temperamentos. Guillén aprovecha la ocasión para hacer algunos retratos sarcásticos de su anfitrión, como cuando lo compara con una polilla que “se pasa la vida sobre los libros, carcomiéndolos con sus tenacillas gramaticales”; o cuando Riva Agüero le habla de un paseo bajo la luz de la luna por las ruinas de Roma, y Guillén lo imagina “gordinflón, panzudo y sonrosado, escuchando con las mejillas”.

No carece de gracia, pero las ofensas más íntimas fueron dirigidas contra la torturada sexualidad de Riva Agüero. Nada se dice explícitamente, pero queda bastante claro. Guillén lo llama dos veces “doncella”, “niña golosa”, habla de su “carita sonrosada, simpática, monjil”, y dice que puede “llevar las faldas de una mujer”. Era una época en que la palabra “viril” todavía se usaba como un elogio, y el tono chulesco ante cualquier debilidad era bien visto.

“Me refiere, además, algunos hechos inverosímiles pero interesantes, como el de haber tratado algunas lindas cocotas de París, pero como las encontró sucias… Es de saber que el Doctor Riva Agüero…”.  

Probablemente eso fue lo que más hirió a Riva Agüero. Son la clase de frases que el chismógrafo literario o historiográfico puede atesorar durante décadas, para exhibirlas oportunamente en algún aniversario o conmemoración, y así legarlas a la siguiente generación de maledicentes. No he visto si en su voluminosa correspondencia Riva Agüero se refirió alguna vez a esta emboscada. Sería mejor que no lo haya hecho.

El paseo termina al caer la tarde, Riva Agüero y Guillén regresan al hotel, se supone que es hora de despedirse pero prolongan la conversación de pie, en el hall central del Ritz. De pronto, “se nos acerca un hombrecito pequeño, gordito e inteligente como un bufón de Velázquez. Don José me lo presenta. Creo que era Alfonso Reyes, un escritor de México, si no recuerdo mal”.

Y así, con ese encuentro inesperado y haciéndose el desentendido, Guillén despide esa tarde inolvidable.  

Caretas, edición 445, 25 de noviembre de 1971.

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