Espectantes tratativas. Negociaciones ideológicas antes del concierto en San Marcos.
Espectantes tratativas. Negociaciones ideológicas antes del concierto en San Marcos.
Edición 2559: Jueves, 4 de Octubre de 2018

El Episodio Santana

Escribe: Luis Jochamowitz - Fotos: Leoncio Mariscal | Se cumplen 50 años del golpe militar de 1968, y se recuerda aquí un hecho ínfimo en medio de grandes cataclismos: la expulsión de Carlos Santana y su banda. El diablo, como se sabe, está en los detalles.

Espectantes tratativas. Negociaciones ideológicas antes del concierto en San Marcos.
Espectantes tratativas. Negociaciones ideológicas antes del concierto en San Marcos.

Hay historias en que parece fácil saber quiénes son los buenos y los malos. La expulsión de Carlos Santana y su banda de rock en 1971 es una de esas fábulas de lobos y corderos muchas veces contada. Su significado es meramente simbólico, se trata de un incidente que animó la segunda página de los diarios de Lima durante unos pocos días. Se diría que estaba destinado a olvidarse, junto con todo el periódico, y exhumarse con suerte muchos años después, como otra muestra de las maravillas que produce el olvido.

Pero no fue así. Al contrario, con el paso del tiempo el hecho fue adquiriendo nuevos significados y una estatura mayor. La fama de Carlos Santana lo explica en parte, pero eso solo refuerza el lado decisivo del caso: el país donde el músico aterrizó al mediodía de un jueves de diciembre. Digamos que Santana y el país de Velasco eran una combinación demasiado inquietante para ocurrir sin dejar rastro.
Han pasado los años, como se sabe, los rockeros envejecen a toda velocidad, el próximo aniversario significativo será el cincuentenario. Ese pequeño fragmento de tiempo y su infinito mecanismo siguen allí, listos para ser desarmados y expuestos por piezas, para que se vea su curioso funcionamiento. Aquí un ensayo preventivo de eso.

Precioso boleto.
Precioso boleto.

En veloz secuencia —poco más de 24 horas— se desarrolla una trama plena de incomunicaciones y malos entendidos. Las fuerzas que se enfrentan e interactúan son visibles y tienen nombre, pero no siempre son lo que parecen. Por un lado están Carlos Santana y su grupo, el empresario nacional, Peter Koechlin, que los ha traído, las treinta mil personas que compran boletos para asistir al concierto en el estadio de San Marcos, y hasta el alcalde de Lima, Eduardo ‘Chachi’ Dibós, que se suma estratégicamente al evento repartiendo pergaminos honoríficos a los miembros de la banda.

En el lado contrario, figura en aparente primer lugar la Federación Universitaria de San Marcos (FUSM), línea de Pekín, como se decía entonces con la vieja grafía. En comunicado público la FUSM condena el concierto que se realizará en el estadio de la universidad. El diario Expreso, de tendencia gobiernista, “levanta” y promueve la causa pekinesa. Una noche, en vísperas del concierto, arde una caseta de sonido. Eso es más elocuente que todos los comunicados. De todas maneras, aún hay un intento de conciliación, el empresario Koechlin y el músico, se entrevistan con el presidente interino de la FUSM Adolfo Calderón. El oxímoron de Santana en Lima comienza a dar sus frutos. El siguiente fragmento es parte de esa conversación registrada en cinta magnetofónica:

Pronto se corrió la voz: “se han desnudado en público”.
Pronto se corrió la voz: “se han desnudado en público”.
Adolfo Calderón: “Nos oponemos a esa actuación porque es una manera de penetrar un arte que nosotros combatimos, porque no responde a una iniciativa de superación, de desarrollo. Es, en una palabra, la alienación”.

Peter Koechlin: “Compañero, nosotros vamos a hacer música, simplemente. No tenemos nada que ver con la política. La música trae el amor, la paz”.   

Pero ese desacuerdo, por muy radical y vistoso que parezca, no es en realidad importante o decisivo. Las mismas chicas de la FUSM, después aplaudir las arengas de sus líderes estudiantiles, todos hombres, se acercan al músico para pedirle autógrafos. El empresario ya tiene en mente otra sede para el concierto, en caso los pekineses no cedan.

Hay, en cambio, otra fuerza que se manifiesta y tiene más influencia. Es lo que hoy llamaríamos “los medios”, entonces era “la prensa”, es decir, la pequeña gavilla de reporteros y fotógrafos que aguarda a la estrella de rock en la misma pista de aterrizaje. Todavía está muy lejos de convertirse en la horda de cámaras y micrófonos que aplasta todo a su paso, son relativamente pocos, casi no hay televisión ni radio, y solo tienen libretas de apuntes y cámaras fotográficas.

El primer error es de Santana que decide no hacer declaraciones. Los reporteros lo toman como algo personal, como un desaire a la volátil pero siempre pundonorosa prensa nacional. El segundo error también es de Santana, se abre o se quita la camisa –las versiones difieren–, el hecho es que los pectorales de este muchacho mejicano crecido en la bahía de San Francisco, son vistos por todos. “La voz se corrió, –dijo CARETAS que estuvo al pie de la escalera del avión– ‘esos hippies se han desnudado en público’. La sacada de camisa pronto se convirtió en apertura de cierre del pantalón”. Un agravante más: los miembros de la banda se besaban entre ellos. Peace and love todavía no había ganado. Hay una escena que resume la situación: Santana se quita la camisa y “con ojos extenuados, algunos han dicho pichicateados, observó risueñamente los intentos que hacía la prensa para arrancarle una palabra”.

Rockeros nacionales haciendo guardia en Santa María.
Rockeros nacionales haciendo guardia en Santa María.

Según los entendidos, Santana y su grupo arrastraban “una juerga que venía desde Los Ángeles”. Con buen criterio, el empresario Koechlin, los alojó en un hotel del balneario de Santa María, relativamente a salvo de fanáticos y reporteros, pero no de policías que, bajo el pretexto del resguardo, seguían de cerca lo que se hacía y consumía en ese hotel de balneario. Santana pidió frejoles y no había en el menú del hotel. Comprarían frejoles en lata y varios kilos de panamitos se pondrían a remojar esa misma noche para estar listos al día siguiente, pero el tiempo se agotaba, Santana no llegaría a probar las alubias de Chincha Alta. Ni siquiera había tiempo para dormir, cuando Koechlin “les propuso unas horitas de sueño, Santana le dijo: ´Peter, sabes que hemos venido a descansar, así que no pensamos dormir´”.

A la mañana siguiente, con los ojos más extenuados que nunca, la banda en pleno se dirigió a la Municipalidad de Lima en dos Cadillacs negros. Al salir después de la ceremonia de entrega de pergaminos, Santana cruzó la plaza y entró a la catedral donde se arrodilló un momento ante el Altísimo. Si hubiera ocurrido antes, tal vez ese gesto los hubiera salvado, pero ya no había tiempo. En la siguiente parada de los Cadillacs negros, la Policía de Investigaciones del Perú (PIP), los esperaba.
El detalle muestra la mano de los verdaderos dueños de la situación: el gobierno revolucionario, es decir, la docena o más de generales que se conocen desde que eran muchachos y gobiernan el país.

Santana en Santa María.
Santana en Santa María.

Esa misma mañana, en sus despachos ministeriales, leerían los periódicos que daban cuenta del accidentado aterrizaje de los músicos, tomarían nota de la escasa simpatía con que se los trataba. Antes o después, escucharían los informes verbales sobre la interminable juerga de Santana en Santa María. Era más que suficiente para dar un manotazo, menos que eso, un rugido, que tendría inmediato apoyo. “Tanto pelo siempre causa sospechas. Para un buen número de mayores de edad –dijo CARETAS– la cosa estaba muy bien”. En términos del comunicado oficial, bastaba decir que Santana había “demostrado que sus actividades son contrarias a las buenas costumbres del pueblo peruano, y al objetivo moralizador del Gobierno Revolucionario”.

A cuatro años de tomar el poder, el gobierno militar estaba en una especie de duelo contra sí mismo para demostrar cuál ministro del Interior podía ser más severo. Al general Artola lo había sucedido el general Richter, que incidentalmente estaba de gira en Ayacucho, su tierra natal, desde donde seguía el caso e impartía autorizaciones.

Poco después del mediodía del viernes, Santana y su grupo quedaron retenidos en el edificio Art Deco de la Avenida España, más conocido como la Prefectura. ¿Qué hicieron allí durante las siguientes doce horas? Como todos los detenidos, esperar. El único hecho cierto es que Santana y su grupo fueron deportados en la madrugada del sábado en un vuelo comercial con destino a la ciudad de Miami. El corto episodio de Santana en Lima había terminado.   

Accidentado aterrizaje en el Jorge Chávez, Santana, su grupo, el empresario, hasta ese momento parecía una fiesta.
Accidentado aterrizaje en el Jorge Chávez, Santana, su grupo, el empresario, hasta ese momento parecía una fiesta.

El resto son ecos cada vez más débiles. Un grupo de seguidores de Santana, ¿cuántos serían?, marchó en señal de protesta por la Plaza de Armas. Esta revista registró que “una llorosa quinceañera exclamó: ¡es un atentado contra la libertad de música!”. El empresario Peter Koechlin terminó con una deuda de casi tres millones de soles. Los instrumentos de la banda y su equipo, varias toneladas de peso, quedaron depositados en Lima durante semanas y meses hasta que pudieron ser recuperados.
El mismo Santana parece no haber comprendido la trama que lo había envuelto. Cuando despertó en un hotel en Miami, llamó por teléfono a su empresario en Lima, y lo primero que dijo fue: “Hello Peter, ¿qué pasó?, ¿por qué nos sacaron?”.

La historia, sin embargo, recién comenzaba a contarse. El incidente quedó atrás en el tiempo, pero su mención se cargó de significados casi políticos, que después se pasarían a la cuenta del gobierno militar y su estolidez autoritaria. Pero, ¿quiénes recibieron el verdadero golpe?, ¿quiénes eran las treinta mil personas que podían pagar sus boletos de entrada “al muy respetable precio de cien soles”? Jóvenes nacidos en la década de los cincuenta, hijos de las clases medias y altas, que cantaban en inglés y salían al mundo en medio de una época que contradecía su posición y sus gustos. Eran demasiado débiles como grupo para no ser aplastados por otras fuerzas en el caso Santana, pero las corrientes mundiales los hacían más visibles que antes. A su manera discreta y apagada, aquí también tuvimos “la súbita irrupción de la adolescencia en la historia”.

El historiador del rock Carlos Torres Rotondo describe el episodio como “un punto de inflexión” en una existencia más bien triste y desolada. El último acto de lo que llama “la primera escena del rock en el Perú”. Las “matinales” de los sesenta y las “fiestas psicodélicas” de comienzos de los setenta fueron el comienzo de algo que no fructificó. El manotazo del gobierno militar selló ese destino. Con el tiempo se formó una leyenda según la cual el gobierno militar fue el culpable de la frustración esencial del rock nacional, una suerte de Velasco como íntimo enemigo. Algo análogo a esa otra leyenda de la época, sobre el destino esplendoroso de la televisión peruana después de “Simplemente María”, si no fuera por los militares. Historias que no fueron, sueños incumplidos, la materia misma de nuestro ser criollo y colonial.

(Caretas, Edición 448, diciembre de 1971. Fotografías de Leoncio Mariscal) 

“La súbita irrupción de la adolescencia en la historia”. Policía pone orden a la llegada del artista.
“La súbita irrupción de la adolescencia en la historia”. Policía pone orden a la llegada del artista.

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