Desde 1972. Probablemente nadie ha durado tanto en la televisión como Marco Aurelio Denegri.
Desde 1972. Probablemente nadie ha durado tanto en la televisión como Marco Aurelio Denegri.
Edición 2550: Jueves, 2 de Agosto de 2018

El Extraño Caso del Doctor Denegri

Escribe: Luis Jochamowitz | Después de asistir a un programa de Gisela Valcárcel declaró: “me lastima estar sentado frente a una persona que gana US$ 30 mil por su talento, cuando yo gano solo S/ 600 por el mío”.

Desde 1972. Probablemente nadie ha durado tanto en la televisión como Marco Aurelio Denegri.
Desde 1972. Probablemente nadie ha durado tanto en la televisión como Marco Aurelio Denegri.

Marco Aurelio Denegri (1938 – 2018) fue una rareza entre nosotros, una anomalía tan manifiesta que resulta difícil de explicar. Solitario de hábitos inveterados, su agonía y muerte han puesto en evidencia que mucha gente apreciaba, quería, o al menos no le era indiferente su suerte. Cierto que la mayoría de esas efusiones han ocurrido en las redes, en pésames oficiales, en rápidas notas de prensa, o comentarios de chismógrafos de la televisión. No todo, sin embargo, es bagatela. Para un misántropo como él, ese afecto popular debe ser una comprobación descorazonadora. 

Esa extrañeza se origina en otra incongruencia. Polígrafo y lector de asuntos monotemáticos, su fama proviene de la televisión, es decir, del reino antiletrado y analfabeto funcional. ¿Cómo así este erudito de terno azul se ganó un lugar entre las estrellitas fugaces, los animadores chillones, y los vociferantes demagogos de la comunicación? El lugar que ocupaba bajo las luces del espectáculo era ciertamente menos prominente que la de sus colegas. Recordando su asistencia a un programa de Gisela Valcárcel, dijo una vez: “Me lastima estar sentado frente a una persona que gana US$ 30 mil por su talento, cuando yo gano solo S/. 600  por el mío”.

Leer también: Dichos y Entredichos de MAD

En compensación su carrera televisiva fue excepcionalmente larga. Él seguía saliendo al aire una vez por semana, cada vez más perfilado por los reflectores y los polvos de maquillaje, mientras la mayoría de las viejas glorias y bellezas de la televisión de los últimos cuarenta años hacía mucho tiempo habían desaparecido en la nada.

Más ingrata por principio, la industria del libro fue mucho más consecuente con su arisca figura. Su obra escrita permaneció mayormente inédita durante muchos años, y solo en los últimos tiempos comenzó a ser publicada en pequeñas editoriales o fondos universitarios de escasa circulación.

Archilector, quizás ese fue su mejor don.
Archilector, quizás ese fue su mejor don.

El hecho es que hasta el campal año del 2018, tuvimos entre nosotros a un personaje público como Marco Aurelio Denegri, el ermitaño estrella de la televisión, el deplorador del género humano querido por el público. Es algo tan improbable y difícil de creer, como si alguien nos dijera que en el Museo de Historia Natural hay un dinosaurio vivo, un animal prehistórico al que se debe alimentar con dos o tres perros al día. Cierto que sus bocados eran quizás menos sangrientos, y nunca faltaron los espectadores que gustaban asistir a esas cenas.

¿Cómo llegamos a esto? En condiciones normales Denegri debió de pasar completamente desapercibido para las multitudes, ser conocido apenas por un puñado de curiosos como él. Así fue al principio, a fines de los años 50 y durante los 60, cuando era posible encontrarlo entre el público de una conferencia de Leopoldo Chiappo, exposición de Alberto Dávila, o presentación de un manual de Anmoreca. Aparentaba ser un estudiante de abogacía en San Marcos, flaco y desgarbado, de talante reservado pero capaz de levantar la mano para hacer una pregunta.

Fue a fines de los 60 y comienzos de los 70 que el personaje que había en Denegri comenzó a cristalizar. Tal vez el caudal de sus lecturas había alcanzado el nivel suficiente para comenzar a rebalsar, o se había producido un crecimiento interior, lo cierto es que muy rápidamente dejó de ser parte del público y se convirtió en actor. Al principio por medio de artículos que aparecían en revistas de número único o casi, o en conferencias que organizaban sociedades humanísticas. Sus intereses eran varios pero pronto comenzó a destacar uno sobre todos: el sexo.

No es fácil comprender la magnitud del silencio, intolerancia, atracción y miedo que reinaba hace cuarenta años cada vez que esa palabra era pronunciada en público. Denegri embistió como nadie lo había hecho antes contra el puritanismo y la censura imperante. Fue el primero que pronunció la palabra coito o condón en la atmosfera electrizada de un set de televisión (“imagínese la reacción delirante”), o mostrar cuadros de penes y vaginas en un programa de Pulso. Su activismo sexológico fue breve pero intenso, su año magno parece haber sido 1972 cuando fundó la revista de cultura sexual Fascinum.

Con los años, el ánimo desobscenizador de lo sexual fue cediendo, a medida que se apagaba la ilusión de que algo podía cambiar en ese dominio. En 1997, 25 años después de su primer programa de televisión, tuvo que aceptar que se hablaba de sexo con más libertad y se practicaba con más frecuencia, que los habían aumentado, así como las relaciones prematrimoniales. Pero cantidad no significa calidad. “No se ha logrado la disipación de las estupideces respecto al sexo. Ya lo decía Bergen Evans: tal vez hayamos acabado con el pasado, pero el pasado no ha acabado con nosotros”.

Loading...