Lima, 1936, desfile electoral de la Unión Revolucionaria con la efigie mussoliniana del   candidato. El parecido se fue perfeccionando,
Lima, 1936, desfile electoral de la Unión Revolucionaria con la efigie mussoliniana del candidato. El parecido se fue perfeccionando,
Edición 2535: Jueves, 19 de Abril de 2018

El Fascista Que no Fue

Escribe: Luis Jochamowitz | Talla y vestuario de Luis A. Flores

Lima, 1936, desfile electoral de la Unión Revolucionaria con la efigie mussoliniana del   candidato. El parecido se fue perfeccionando,
Lima, 1936, desfile electoral de la Unión Revolucionaria con la efigie mussoliniana del candidato. El parecido se fue perfeccionando,

Vendría a ser nuestro Oswald Mosley criollo, nuestro Quisling (1) de Ayabaca, en caso que Adolfo Hitler hubiera ganado la guerra. Luis A. Flores (Ayabaca 1899 – Lima 1969), con la inicial después del nombre, como se usaba en su generación, fue el último o el único fascista que desfiló por las calles del centro con camisa negra. Su gran época fueron los treintas. Si los años veinte fueron “locos”, los treinta comenzaron miserables y terminaron canallas. En ese clima de gabardinas alzadas y sombreros hundidos, de bastones innecesarios y locura por los uniformes, Luis Alberto Flores Medina prosperó como nunca antes o después en su vida. Diputado constituyente en 1931, ministro de gobierno, policía, marina y aviación, y como tal asistente calificado al fusilamiento de apristas, Primer Ministro, Senador por Piura, candidato a la Presidencia con 37 años y casi un tercio de los votos. Si hubiera desaparecido, poco después se hubiera dicho que había muerto un futuro Presidente de la República.

Dos acontecimientos sobre los cuales no tenía ningún control, definieron su vida.

1.– El asesinato a balazos de su mentor político Luis M. Sánchez Cerro, en 1933, que lo lanzó irresistiblemente como heredero de las inciertas pero prometedoras legiones del fascismo peruano.

2.– La derrota sin atenuantes del Eje Roma-Berlín-Tokio en 1945, cataclismo mundial que a él, lejano epígono sudamericano, lo envió, o debió hacerlo, al basurero de la historia. 

Fotografía de estudio de Luis A. Flores en traje fascista. Derecha, en traje de posguerra durante la campaña de 1956. Atrás, Pedro Beltrán.
Fotografía de estudio de Luis A. Flores en traje fascista. Derecha, en traje de posguerra durante la campaña de 1956. Atrás, Pedro Beltrán.
Entre ambos acontecimientos hay doce años de distancia, los mismos que Adolfo Hitler retuvo el poder, años en los que la moneda estuvo varias veces en el aire. Luis A. Flores hizo su pequeña parte en esa gran conflagración mundial, comenzó con todo brío, transformó el tosco y alcohólico sanchezcerrismo, en un partido con uniformes, cánticos, cinturones y botas. Hacia 1935 había una juventud fascista que se adiestraba “virilmente” en las artes de la lucha, chivateando por los potreros de Limatambo, o retozando en las ardientes arenas de La Herradura. La contextura, el semblante de lo que vendría a ser un fascismo peruano, apenas ha sido apuntado. Aclimatadas a estas latitudes, las ideas fascistas dieron frutos agrios. A falta de una masa crítica de judíos, o debido a que los judíos eran fatalmente blancos, “el peligro amarillo” fue su gran tema xenofóbico, hostilidad contra chinos y japoneses, simplificados por la horda saqueadora como “los chinos”.

Fue su “hora salvaje”, como decía un cantico de su partido la Unión Revolucionaria. El clímax llegó en 1936 cuando logró que el cuarenta por ciento de los limeños votaran fascista, otra mancha del bastante inmundo historial electoral de Lima. Para su mala suerte, el General Oscar R. Benavides anuló las elecciones y lo deportó a Chile, donde sobrevivió gracias a las remesas de dinero que le llegaban desde su lejana hacienda cajamarquina, dedicada a la fabricación de quesos y mantequillas. En esas estaba cuando se perdió la guerra.

[cR|73280|Pompas fúnebres sanchezcerristas.]

Regresó al Perú en 1945 y estuvo a punto de formar parte del Frente Democrático de Bustamante y Ribero, pero el hedor del basurero histórico todavía era demasiado insoportable, y quedó afuera. Nunca más repitió, o siquiera se aproximó, a los resultados electorales de 1936. Entre los escombros, sin embargo, fue surgiendo un nuevo Luis A. Flores, con saco y corbata, dueño de un partido nacionalista un poco fantasmal, pero con local en el centro, periódico eventual y comités departamentales. La repetición fue creando un modo de vida: cuando los votos no alcanzaban para una senaduría, o cuando un golpe militar cerraba el Congreso con él adentro, siempre podía canjear sus votos futuros por un cargo diplomático en algún lugar del mundo. Apenas habían pasado tres años desde que el cuerpo de Benito Mussolini pendiera de cabeza sobre una gasolinera de Milán, cuando Luis A. Flores entregó sus credenciales como embajador del Perú ante El Quirinal. Su primer acto como embajador fue presentar sus respetos a la viuda del malogrado Duce.

Su siguiente estancia diplomática fue el Paraguay, nótese el bajón que había sufrido su cotización política, aunque se dijo que le dieron a elegir entre Paraguay y Venezuela. Sinecura, dice el diccionario, es “el empleo o cargo retribuido que ocasiona poco o ningún trabajo”. ¿Quería que lo dejen en paz?, ¿se sentía más a gusto en la corte de Alfredo Stroessner? Durante seis años habitó la decorosa pero frugal embajada del Perú. Asunción le parecería una Ayabaca gigantesca. Hacia los años sesenta sus bonos políticos ya no valían nada. Regresó a Lima donde murió en 1969, con treinta años de retraso. 

(1) Oswald Mosley, fundador de la Unión Británica de Fascistas. Vidkun Quisling, títere nazi en el gobierno de Noruega.

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