Almuerzo criollo en el jardín (CARETAS 398). Eudocio Ravines, Pedro Beltrán y Víctor Raúl Haya de la Torre, en casa del presidente de la Cámara de Diputados, Fernando León de Vivero. Tiempos de superconvivencia.
Almuerzo criollo en el jardín (CARETAS 398). Eudocio Ravines, Pedro Beltrán y Víctor Raúl Haya de la Torre, en casa del presidente de la Cámara de Diputados, Fernando León de Vivero. Tiempos de superconvivencia.
Edición 2527: Jueves, 22 de Febrero de 2018

Preguntas Sin Importancia

Escribe: Luis Jochamowitz | Juntando las piezas con alfileres.

Almuerzo criollo en el jardín (CARETAS 398). Eudocio Ravines, Pedro Beltrán y Víctor Raúl Haya de la Torre, en casa del presidente de la Cámara de Diputados, Fernando León de Vivero. Tiempos de superconvivencia.
Almuerzo criollo en el jardín (CARETAS 398). Eudocio Ravines, Pedro Beltrán y Víctor Raúl Haya de la Torre, en casa del presidente de la Cámara de Diputados, Fernando León de Vivero. Tiempos de superconvivencia.

En 1957 CARETAS hizo 26 preguntas sueltas a cuatro personajes públicos, Guido Monteverde, Juan Zegarra Russo, Luis Heysen y Eudocio Ravines. Aisladamente no tienen mayor importancia, pero con Ravines hay que recoger las migas y analizarlas. Preguntas como “¿Canta cuando se baña?”, o “¿Qué hace los domingos?”. No es mucho y siempre serán incompletas, pero proyectan luces sobre el interrogado, inevitables como las huellas digitales, aunque más borrosas. Todo esto suponiendo, claro, que las respuestas son sinceras, cosa que nunca es segura con Eudocio Ravines.

Así nos enteramos de este Ravines al comienzo de su más prospera época, cuando se sentaba con derecho a voz en la misma mesa con Haya de la Torre, Manuel Odría o Pedro Beltrán, sin tener los votos o el dinero necesarios para eso. Todo un reconocimiento al poder de la retórica. Tiene 67 años y pesa 67 kilos, no sabe nadar, se levanta todos los días entre las 6 y 30 y las 7 de la mañana, no va nunca a la playa, ni al cine, no le gusta el fútbol, ni las novelas policiales. Tampoco le gusta Picasso, es la única respuesta en la que roza la política, su gran, único tema. En un comentario que podría considerarse autobiográfico, dijo de Picasso: “En la primera época sí que me gustó, era vigoroso y firme, fecundo y original. Hoy lo considero un simple comerciante”. Hay otro momento en que asoma un comentario de viejo apparatchik entrenado en “calar” rápidamente a las personas: “la psicología del individuo me llega siempre a través de su mirada”.

Eudocio Ravines Pérez (67): uno de los periodistas más influyentes de su época.
Eudocio Ravines Pérez (67): uno de los periodistas más influyentes de su época.

En realidad, no son muchas las cosas que le gusta hacer a Ravines. Comprende, sin embargo, que no puede mostrarse como un aguafiestas. Tal vez por eso, cada vez que quiere mostrar su aprobación se percibe algo pesado. El whisky le gusta si es “buen whisky”, al rock and roll no le encuentra “nada terrible, como parece quieren hacerlo pasar. Me parece más bien un desahogo deportivo de los muchachos que no logran ser atletas”.

En realidad, solo hay una cosa que le gusta hacer a Ravines, trabajar. ¿Qué es trabajar para él? En estado puro sería escribir a máquina en su pequeño escritorio de la redacción de “Vanguardia”, teclear como un mono poseído –así lo vio Marilucha García Montero– sus interminables ataques y defensas. La vida como un gran complot que ocurre, o comienza, por escrito. Cuando le hacen la inevitable pregunta “¿Cuál es su hobby?”, responde “escribir” y “Qué hace los domingos”: “trabajar”. En cierta forma había alcanzado la libertad del esclavo, hacer coincidir sus gustos con sus necesidades. Trabajaba, escribía, de un modo fatal, incesante.

¿Le gustaba escribir realmente? No lo creo, aunque conocía el placer del fuetazo verbal y las cinco páginas diarias. Lo que en verdad le gustaba era conspirar, intrigar políticamente, y eso ocurría en conversaciones a media voz, mirándose a los ojos.

Un comentario final. Esta fue la última vez en que CARETAS y Ravines se trataron amablemente. Un año más tarde el cuestionario habría sido imposible, y desde enero de 1959, el clima político se volvió tan virulento que el único intercambio eran las injurias. Curiosamente, tanto Ravines como la revista se acusaban de lo mismo: ser comunistas. Ravines incluía a CARETAS en su larguísima lista de comunistas, criptocomunistas y “compañeros de viaje” o “tontos útiles”. Lista que comenzaba con Fernando Belaunde y terminaba, provisionalmente, con algunos jesuitas. CARETAS, o quizás habría que decir Francisco Igartua, estaba convencido de que Ravines seguía siendo comunista, que el anticomunismo era su más reciente disfraz soviético, enviado a estas costas para descarrilar cualquier reforma y perder definitivamente a Pedro Beltrán, esto último, lo logró. 

CARETAS, edición 129, 1 de abril de 1957.   

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