Después del recital. Neruda fuga por una puerta secundaria del Teatro Municipal,  pero es descubierto por la multitud.
Después del recital. Neruda fuga por una puerta secundaria del Teatro Municipal, pero es descubierto por la multitud.
Edición 2525: Jueves, 8 de Febrero de 2018

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Escribe: Luis Jochamowitz | Neruda, Parra y Watanabe (1966)

Después del recital. Neruda fuga por una puerta secundaria del Teatro Municipal,  pero es descubierto por la multitud.
Después del recital. Neruda fuga por una puerta secundaria del Teatro Municipal, pero es descubierto por la multitud.

En 1966 Pablo Neruda y Nicanor Parra pasaron brevemente por Lima. La recepción a Neruda fue inusitada, apoteósica. En un gorro de presentación a un artículo de MVLl sobre el reconocimiento universal que había alcanzado Neruda, un redactor anónimo, que podría ser César Lévano, resumió así la visita:

“Un teatro Municipal colmado y merodeado por revendedores que cobraban el nada lírico precio de hasta 300 soles por una butaca de platea; fugas por puertas traseras, ovaciones estudiantiles, nubes de fotógrafos, páginas de noticias, comentarios y editoriales. Y también, un título Honoris Causa, una Orden del Sol y un almuerzo amigable, apolítico y arquitectónico en Palacio. La semana que estuvo Pablo Neruda en Lima hizo pensar ‘que habíamos vuelto a los tiempos de los bardos’, como dijo Ciro Alegría. Al menos, no se veía algo semejante desde José Santos Chocano. El suplemento ‘Estampa’ habló de su ‘diademada cabeza de saurio’; el canciller Vázquez, al condecorarlo, dijo: ‘Estamos premiando el ideal, estamos premiando el ensueño’; y ‘El Comercio’ sentenció: ‘Neruda es un mito viviente, perfectamente real’”.

Bastante más discreto fue el encuentro, la entrevista, entre José Watanabe y Nicanor Parra, que ocurre seis meses después. “Hotel Crillón. Sol sobre las diez de la mañana”, anota Watanabe. Parra sale del ascensor, supongo que se saludan amable, comedidamente y se dirigen a una “sala de descanso”. Se nota que ninguno de los dos hace juego con el mobiliario americano del hotel, parecen un poco descolocados ante las salas sucesivas donde buscan un rincón para hablar. Nicanor Parra tiene 52 años, José Watanabe 21. Sin duda, Parra no sabe quién es Watanabe, que aún no ha publicado un libro, solo es un joven que le ha pedido una entrevista. Watanabe sí sabe quién es Parra, debe haber una pequeña historia previa que los especialistas conocen.

Simplificando, a Watanabe le atrae una idea previa del poeta, del antipoeta, la reacción “contra el caos lingüístico, los elementos gratuitos, los adornos innecesarios”. No es mucho pero es un terreno común. Desde el principio solo se habla de poesía. Es una de esas conversaciones figuradas, casi teleológicas, en donde “asimilar” significa leer, y los únicos bienes que se mencionan son los culturales. Watanabe quiere saber cómo “desembocó” en los antipoemas, ¿siguió alguna tradición? No es la primera vez que Parra trata de responder esa pregunta, pero cada vez sería ligeramente diferente, los énfasis cambian, se mueven, algunos se olvidan y aparecen otros.

Nicanor Parra, 52 años, viviría otros 52 años. Derecha, José Watanabe, 21 años, un poeta inédito.
Nicanor Parra, 52 años, viviría otros 52 años. Derecha, José Watanabe, 21 años, un poeta inédito.

Parra ensaya una explicación que es el centro de la entrevista: en algún punto de su desarrollo sintió que debía despojarse de la mayor parte de su “bagaje espiritual”, adquirido por la educación, las lecturas caóticas o la simple costumbre. “De este balance espiritual resulta que me encontré reducido casi a cero”. Ha continuación inicia un largo viaje hacia atrás, más allá de la cultura, del hombre de las cavernas, hasta encontrar “el único punto sólido de partida”, el protoplasma: “Yo soy una ameba gigante que se nutre de todo lo que encuentra a su paso”.

Tal vez la apariencia concentrada y paciente de Watanabe estimuló a Parra al hacer ese resumen ordenado aunque hiperbólico de sus “investigaciones poéticas”. Lo cierto es que, una vez convertido en ameba, Parra inicia el camino de regreso. Lentamente fue reconstruyendo fragmentos de sí mismo y del mundo, asimilándolos, responsabilizándose por ellos. “Siguiendo este proceso de reintegración, encontré el color, las palabras y todo”.

“Por el altoparlante llaman, ‘teléfono para el señor Nicanor Parra’. ‘Disculpe’. Se levanta y va a contestar la llamada”. Watanabe se queda solo, quizás pensó en ese momento que la entrevista ya estaba hecha, el resto siempre sería secundario. Parra regresa, hablan de otros temas, aunque sin salir de la poesía, ¿qué más se puede decir después de esa ameba gigante que escribe?

Watanabe escribirá su artículo con puntualidad e interés, aunque también con la reserva que yace siempre bajo las buenas maneras. “Se acerca la hora del recital. Agradecemos y nos despedimos de Nicanor Parra”. No deja de haber entre ellos cierta amable distancia.

CARETAS, edición 335 y 343, julio y diciembre de 1966.

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