José S. Chocano, el intelectual de la Patria Nueva, en una ceremonia pública ante el Presidente Augusto B. Leguía.
José S. Chocano, el intelectual de la Patria Nueva, en una ceremonia pública ante el Presidente Augusto B. Leguía.
Edición 2511: Jueves, 26 de Octubre de 2017

El Regreso de un Artista

Escribe: Luis Jochamowitz | Política y economía en José Santos Chocano (1921)

José S. Chocano, el intelectual de la Patria Nueva, en una ceremonia pública ante el Presidente Augusto B. Leguía.
José S. Chocano, el intelectual de la Patria Nueva, en una ceremonia pública ante el Presidente Augusto B. Leguía.

El vapor “Urubamba” llegó con horas de retraso. En esa época los parientes y amigos del pasajero podían subir al barco, el rito social de las llegadas y partidas era parte inseparable de la experiencia de viajar. Se deben haber escrito centenares o miles de notas periodísticas, entrevistas, recuerdos, que transcurren a bordo y mencionan detalles, como el olor a café y jugo de naranja que llenaba los salones del barco en las mañanas. Podría considerarse una especialidad portuaria, ese momento en que el terrestre sube al barco y siente que acaba de ingresar a una cápsula que flota en el espacio, sucedáneo del tiempo, donde se escuchan otros idiomas y los periódicos son extranjeros. El abordaje del “Urubamba” corre a cargo de César Emilio Ferreyros, redactor de la revista Mundial.

“Pocos pasajeros. Lo primero que se presenta a mi vista, son una serie de gringos con grandes pantalones bombachos, sombreros alones y antiparras enormes que asustan. En los portalones la eterna mugre de las marinerías mercantes. Subo a la escala y me tropiezo con unos tipos que no pueden ser sino frailes de paisano o toreros. Acerté, lo supe luego, era la cuadrilla de El Divino Calvo. Pero la gente de abordo con sus caras de holgazanes debieron de creerme loco. Yo gritaba a todas las orejas que pasaban por mi lado. ¿Adónde está Chocano?”.

Pero antes que se encuentren, unas palabras sobre el pasajero. Habían pasado 16, casi 17 años desde que José Santos Chocano (1875-1934) se marchó del Perú. Lo que hizo en ese intervalo es demasiado numeroso, digamos que es un poeta reconocido cuyo nombre suena en los diarios de dos subcontinentes, aunque no siempre por motivos poéticos. Su último apogeo noticioso había sido una condena a muerte por causas políticas en un país centroamericano en perpetua revolución. La cárcel, mientras se reunía el pelotón de fusilamiento, fue un magnífico balcón propagandístico que animó una de esas campañas de firmas que parecían tan modernas en esa época, se dice que hasta el papa Benedicto XV intercedió por él. El pelotón de fusilamiento nunca se reunió, se le despojó de todos sus bienes (“que no son poca cosa”) y fue embarcado en un vapor hacia Panamá, donde reanudó su vida nómade.

Hasta 1921, en que su sentido de la oportunidad le indicó que era hora de regresar. Porque, seamos sinceros, ese desembarco era casi una operación de negocios. Para decirlo con claridad, Chocano llegaba atraído por un régimen, el de Leguía, que estaba dispuesto a pagar a cambio de sus palabras.

Coronación con laureles de oro, al lado caricatura de Chocano por Juan Gris.
Coronación con laureles de oro, al lado caricatura de Chocano por Juan Gris.

Un capítulo detallado de su actividad y vida económica podría ser el motor secreto de una interesante biografía de José Santos Chocano. Su trayectoria económica, gobernada por un genio maligno o un idiota, culmina en la más completa ruina, pero cruza por momentos quiméricos, como el proyecto de sembrar café en la montaña, o abiertamente delictivos, como sus tratos con el hampa mercantil de Madrid, en particular con Francisco Villarias, “agente de negocios y propietario de una agencia de informaciones y confidencias”.

En cierta forma, Chocano no era demasiado diferente a su vecino de camarote, que regresaba con una licencia mercantil de los neumáticos Goodyear. Él traía un baúl lleno de palabras –incas, conquistadores, montañas, selvas– la clase de cosas que se suponía necesitaba la literatura de una república sudamericana. ¿Cómo monetizar sus palabras? Ese parece haber sido el problema práctico de su vida económica. Publicar libros de poesía en mercados ínfimos, y artículos en publicaciones que pagaban intermitente, inciertamente, no era una manera razonable de resolver el problema. Sus palabras, además, no eran tanto las escritas y publicadas, que pocos leían, sino las habladas, dichas y recitadas. En última instancia, sus contemporáneos consideraban que la verdadera mercancía era él. Es una posición incómoda que se podría salvar gracias a un mecenazgo de largo plazo, pero que en su ausencia, obliga al artista a hacer toda clase de pequeños cobros anticipados y hasta rapiñas, si se presenta la ocasión. Chocano ya había tenido que abandonar un país porque la policía lo buscaba.   

La solución más práctica y aceptable era obtener un cargo volante en el cuerpo diplomático, o en algún ministerio. De hecho, Chocano lo obtuvo, seguramente más de una vez, pero arruinó esa posición por su extralimitación crónica, lo que se ha considerado “megalomanía”, y que su biógrafo Luis Alberto Sánchez llama “la soberbia, la ambición y la manirrotez del artista”.

Y de pronto, allí estaba, sentado en un sofá frente a una silla plegable que sostenía inestablemente una taza de café. Ferreyros se acerca anhelante, Chocano se pone de pie, vivísimos abrazos, saludos, encargos, es la primera vez que se ven pero ya parecen viejos amigos. Chocano ha envejecido y perdido peso, viste un casimir verde, ya no lleva los mostachos a lo Káiser, después de la guerra esos bigotes en punta se hicieron literalmente insostenibles, solo los domadores de fieras de circo los siguieron usando. El modernista se ha modernizado en lo posible, pero todavía usa los anteojos de cinta del siglo XIX, prescindir de ellos sería perder uno de los golpes de efecto de sus recitales públicos.

Un hombre sigue a Ferreyros un paso atrás, lleva en las manos un cubo no más grande que un adobe, es el fotógrafo que ‘rabia’ por hacer su placa. Chocano se pone un gorro para el retrato. Llegan otros fotógrafos y periodistas, Ferreyros retrocede discretamente y se dirige hacia el smoking room para entrevistar, 2x1, a El Divino Calvo. ‘Entrevistar’ significa aquí conversar de pie en rueda de amigos tomando unos cocteles verdes. Entonces ocurre el segundo encuentro, esta vez Chocano busca a Ferreyros.

Chocano y el escritor español Francisco Villaespesa.
Chocano y el escritor español Francisco Villaespesa.
–“Aquí está”, dice cuando lo ve, Ferreyros sale a su encuentro emocionado, lo abraza filialmente “y no sé cómo, hablamos de pronto de mis versos”. Caminan por la cubierta y “en un rincón del barco” Chocano escucha con unción el soneto dedicado a él que se ha publicado en El Comercio, “y que estoy seguro todos recuerdan de memoria”. Luego van al camarote y se inicia la entrevista.

Chocano habla básicamente sobre tres cosas, dinero, salud y poesía, en orden de importancia. Tiene planes precisos, se propone recuperar su ‘renta’ y regresar a Panamá para restablecer por completo su salud.

“Me muestra un papelito escrito en inglés que traduzco. Diagnostica el mal del poeta y expresa la urgencia de que regrese a esa ciudad a fin de procurar la cura definitiva”.

–Este certificado me dice que no piensa permanecer mucho tiempo en Lima.

–Justo.       

–Entonces su programa se reduce…

–Sí, ver a mi madre, ¡los míos! ¿Después? Unos recitales…”

En realidad, se quedó cuatro años, en los tiempos venideros escribiría un “Idearium Tropical”, en defensa de las “dictaduras organizadoras”, sería coronado poeta en una ceremonia municipal y recitaría su “Hombre Sol” ante Leguía. Habría seguido medrando si no fuera porque en 1925 mató a Edwin Elmore de un balazo en el vientre. Una vez más, fue separado de la nómina fiscal, pero obtuvo condiciones especiales en la cárcel y una sentencia benévola. Cuando salió en libertad el clima había cambiado, se tuvo que ir a Chile donde un demente lo apuñaló en un tranvía (*).

Pero en 1921 nada de eso había ocurrido. Ferreyros entrevista a un poeta que regresa, no puede dejar de sentir simpatía por él, aunque también percibe sus manías y se burla.

Ch: “Pretendo solicitar al Congreso se me asigne la renta que percibí en el último cargo diplomático que desempeñé. Tal conquista me permitirá entregarme a una curación radical, dentro de un ambiente de reposo, y entonces dedicarme por completo a mi arte.

F: Me atrevo a asegurar que el Gobierno y el Congreso aprovecharán la oportunidad para testimoniarle su admiración y reconocimiento, respondiendo a su solicitud con la mayor esplendidez.

Ch: Tengo el orgullo de ser uno de los pocos peruanos que en diecisiete años de ausencia en el extranjero no ha gravado en lo más mínimo al país”.

Todos saben que eso no es cierto, tal vez por eso “el ilustre bardo se sonríe y fija sus ojos en mi frente.

Ch: Naturalmente –me dice luego– si recobrada mi salud, el gobierno desea utilizar mis servicios en una misión de propaganda, dentro o fuera del continente, figúrese usted qué satisfecho yo de continuar sirviendo a mi patria.

F: Exacto. Nadie mejor que usted para el caso. ¿Pero no le gustaría más nuestra representación en el Uruguay o México?

Ch: Preferiría en México…”.

A esas alturas la entrevista ha tomado un aire de comedia, de sainete si se la lee con los severos ojos del historiador. Unos párrafos antes, Ferreyros ha descrito al supernumerario típico de la Patria Nueva: “chaleco blanco, prendedor de huairuro, puños de jebe, chaqué Peabody y zapatos de una pieza”. Chocano ha llegado en el festivo año de 1921, en un momento de plena expansión de esa costumbre inveterada de vivir del erario nacional. Desde luego, él no era un vulgar aspirante del rentismo fiscal, aunque compartiera ese estado de necesidad, de pellejería, como ellos lo dirían. Lo suyo era un reino inmarcesible de palabras, de sonidos, y por eso mismo tan difícilmente amortizable. De ese modo, a los 46 años de su edad, Chocano ha llegado al momento del desplante, del cinismo, si se lo sabe conducir con buen humor, como hace Ferreyros, que “tras hábiles interrogaciones de mi parte”, se despide de Chocano haciéndolo jurar de pie, con la mano en el corazón, “que si todo el país se levantara como un solo hombre y reconstituyera el imperio para hacerme inca emperador, renunciaría por la felicidad suprema de poder dedicarme por completo a mi arte”.     

(*) Incidentalmente, ese crimen en Santiago, del que sabemos tan poco, junto a otro asesinato ocurrido el año anterior, el de Luis M. Sánchez Cerro, privaron al fascismo peruano de sus más venenosas flores. El “Idearium Tropical” es contemporáneo a la Marcha sobre Roma de Benito Mussolini, Hitler lo alcanzó demasiado tarde, y Franco era todavía desconocido. Un Chocano sobreviviente a su muerte en 1934, ¿qué diría y haría en 1940? El escritor chileno Roberto Bolaños es el que más se ha aproximado a ese Chocano hipotético.

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