Manuel D’Ornellas Suárez, columnista político diario, prefería las máquinas de escribir Hermes.
Manuel D’Ornellas Suárez, columnista político diario, prefería las máquinas de escribir Hermes.
Edición 2501: Jueves, 17 de Agosto de 2017

El Conservador Cortés

Escribe: Luis Jochamowitz | Giro y calibración de una columna.

Manuel D’Ornellas Suárez, columnista político diario, prefería las máquinas de escribir Hermes.
Manuel D’Ornellas Suárez, columnista político diario, prefería las máquinas de escribir Hermes.

A muchos nos gustaba leerlo, era breve. Esa amabilidad iba acompañada por otras que, si no fueran raras, serían de rigor: era claro, tendía a la moderación, aunque a veces no, era educado, no insultaba. Practicaba uno de los oficios más peligrosos de la prensa diaria, el columnismo político. Si le hubieran cortado un dedo cada vez que los hechos demostraban que se había equivocado, pronto le sería imposible escribir su columna. Felizmente no tratamos así a estos adivinos de lo que acaba de suceder, o peor aún, de lo que va a ocurrir. Comprendemos que todos somos falibles y olvidamos lo que hemos dicho. El columnista político, en cambio, conserva todos sus dedos pero los tiene manchados de tinta, y deja su huella por donde pasa, es decir, el imponderable presente.

Manuel D’Ornellas (1937-1999) era conservador. Imagino que si leyera esta declaración voltearía hacia su derecha seguro de no encontrarse allí. Era cierto en los tiempos de Eudocio Ravines y Pedro Beltrán, pero cuando esa capa geológica de la opinión quedó sepultada por sucesivos derrumbes, él se convirtió en el comentador razonado más influyente del establecimiento político y económico del Perú, si alguna vez ha existido tal lugar.

Una serie de cataclismos políticos ocurridos en su mediana edad, mandaron al diablo su tan mentada cortesía. Primero fue la “Revolución Peruana” de Juan Velasco, que persiguió al dueño del periódico donde escribía, luego lo expectoró del diario, lo deportó y finalmente le quitó la nacionalidad, inquina sobresaliente que sólo puede atribuirse a la claridad de su prosa.

Pero los desastres no vienen solos. Cuando el tiempo del destierro terminó, llegaron los años del desperdicio. Las vacas gordas resultaron peores que las flacas. El triunfo de Fernando Belaunde en 1980, fue nuestra restauración borbónica. Los muchachos reformistas de 1960 regresaron al poder 20 años después, gordos y calvos, restituidos con creces en todo, menos en el ánimo de reformar. Para colmo de males, comenzó la guerra que Sendero Luminoso le declaró al país entero, desde los campesinos alto andinos, hasta los banqueros del litoral. Malos tiempos para ser comentarista político, a menos que se tenga un nuevo mensaje, y claramente nadie lo tenía.

Algo mejoraron las cosas con Alan García, al menos había alguien a quien oponerse, sobre todo tras el intento de estatizar la banca. Cuando surgió Mario Vargas Llosa como factor político, pareció por un momento que el nuevo mensaje estaba en el aire. D’Ornellas se sumó resueltamente, aunque siempre a su manera. Tal vez consideraba demasiado radical el liberalismo del escritor, liberalismo que en su acepción económica – la única que interesaba a la gente con la que hablaba todos los días – llamaba “monetarismo”. Era de naturaleza más bien escéptica para creer en la teoría, no había olvidado, por equivocada, una frase que escuchó de Enrique Chirinos Soto, según la cual “toda la problemática humana se reduce al equilibrio del Presupuesto”.

Así las cosas, no es extraño que estuviera listo para caer en la sartén de Alberto Fujimori, donde aprendería la última lección política de su vida: perder para ganar. Así completó en su propia biografía el ciclo de gran parte de su generación, que comenzó escuchando con embeleso los sueños arqueológicos del joven Belaunde, y terminó apreciando las astucias y trampas de Alberto Fujimori.

Fue un adiós a todas las ilusiones, se retiraron de escena con la satisfacción del deber cumplido, seguros de haber cambiado el país como ninguna derecha lo había hecho desde los tiempos de Leguía.

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