José María Eguren, tiene 44 años y cree haber triunfado. Derecha, César Vallejo, tiene 26 años y un mundo por descubrir.
José María Eguren, tiene 44 años y cree haber triunfado. Derecha, César Vallejo, tiene 26 años y un mundo por descubrir.
Edición 2499: Jueves, 3 de Agosto de 2017

Dos Poetas Hablan

Escribe: Luis Jochamowitz | Vanidad, política y literatura.

José María Eguren, tiene 44 años y cree haber triunfado. Derecha, César Vallejo, tiene 26 años y un mundo por descubrir.
José María Eguren, tiene 44 años y cree haber triunfado. Derecha, César Vallejo, tiene 26 años y un mundo por descubrir.

Es un momento rarísimo en la historia de la literatura peruana, una mañana del verano de 1918 en que César Vallejo abordó el tren que iba a Barranco para entrevistar a José María Eguren. Deben haber acordado la cita con anticipación. Las entrevistas eran, en esa época, largas conversaciones que después se transcribían de memoria o con apuntes, bajo las formas más variadas, desde el monólogo hasta la autobiografía encubierta. Vallejo elige el equilibrio, se propone ser un espejo que refleje limpiamente a su entrevistado, pero tampoco quiere desaparecer de escena. ¿De qué hablaron? De literatura, naturalmente, mencionaron nombres, escuelas, recitaron versos, pero entre tanta maravilla, ¿atraparon o estuvieron cerca de atrapar alguna verdad? ¿Existe la verdad?

Vallejo acude a la cita con un propósito político, quiere otorgarle a Eguren, desde las salutaciones en la estación del tren, el grado de poeta mayor, de “gran simbolista”. De ese modo, Vallejo toma posición en la república de las letras y, acaso sin saberlo, despeja su propio camino. Eguren cae en la trampa, recibe todos los homenajes, los comenta, desglosa y saborea de un modo que hoy nos parecería ridículo. Claro que nos separan de ellos 99 años de maneras y sensibilidades distintas, pero llegado un momento, el mismo Vallejo da un paso atrás ante el vendaval de vanidad literaria que su entrevista desata.

“¡Oh, cuánto hay que luchar, cuánto se me ha combatido!”, exclama Eguren como si hubiera ganado una guerra. Hay que entender el momento que vive, o cree vivir, el poeta. Tras muchos años de silencio absoluto, de “aislamiento literario”, sus versos comienzan a ser conocidos, González Prada los elogia, los muchachos de Colónida lo reciben como a un hermano mayor.

La vanidad literaria es un animal curioso que nunca deja de sorprender. Para comenzar, es o era, un fenómeno puramente masculino. Es la argamasa de la amistad entre escritores, amistad que en los casos más acusados se convierte casi en armisticio. Hasta el leve Eguren lo sufre y “se entusiasma y goza visiblemente (…) me obsequia un aromático ‘inglés’ y entre humo y humo” cuenta:

“Muchas de las maestrías de Rubén Darío las tuve yo antes de que se conocieran aquí. Solo hasta hace poco no más, ningún periódico quiso publicar mis versos. Yo, desde luego, nunca me expuse a un rechazo. Pero, ya sabe usted, nadie los aceptaba (…)

–Yo y usted, tenemos que luchar mucho – me dice con un gesto de suave resignación.

–Pero usted ya ha triunfado en toda América – le argullo. ¿Qué noticias tiene de fuera?”

Y Eguren vuelve a caer en la trampa. Se imagina una fama sudamericana, “sé que me conocen y reproducen con entusiasmo mis versos”. Es verdad, tiene un manojo de cartas escritas por literatos con matasellos de toda la región, la mayoría con recortes de periódicos. Pero mientras Eguren habla de su fama, Vallejo se distrae y abre el único paréntesis de la entrevista, “por mi mente pasan” Poe, Baudelaire, Verlaine, hasta que escucha:

–“¿Y en Trujillo? – me pregunta Eguren con vivo interés.
Yo ante esa pregunta me turbo y sin hallar cómo salir del paso, me revuelvo y cambio de actitud en el diván, hasta que, al fin, como alentado súbitamente por algún recuerdo, le respondo:

–En Trujillo…
Eguren me interrumpe y me habla de escritores de allá”.

Así se cruzan estas dos almas admirables, como transatlánticos en la noche, sentados, reclinados en divanes, fumando un “inglés”, hablando de escritores franceses, la materia básica de las conversaciones literarias de hace cien años.

“Al despedirme el día ha volado”.

La última escena es quizá la mejor de un artículo que casi no tiene fallas. Vallejo camina por “las calles rectas” de Barranco hacia la estación del tren, las alamedas le dan un orden geométrico a su descripción, pero desde la vereda, Vallejo está más interesado por lo que sucede dentro de las casas. Camina y observa los jardines, deteniéndose quizás por un instante, para ver entre “los helechos arborescentes (…) los vestíbulos abiertos a las brisas vespertinas”. Son “las lujosas residencias de confort burgués”.

El último párrafo tiene dos oraciones y anticipa al gran Vallejo:

“La hora virgiliana, turquesa y verde enérgico. Y el mar, de rica plata”.

(César Vallejo, “La Semana”, Trujillo 30 de marzo de 1918. Reproducido por Willy Pinto Gamboa, en CARETAS edición 444, octubre de 1971)

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