González Prada en San Marcos, discurso en 1901, por fiesta universitaria.
González Prada en San Marcos, discurso en 1901, por fiesta universitaria.
Edición 2496: Jueves, 13 de Julio de 2017

Haya Conoce a González Prada

Escribe: Luis Jochamowitz | Instantáneas de un encuentro.

González Prada en San Marcos, discurso en 1901, por fiesta universitaria.
González Prada en San Marcos, discurso en 1901, por fiesta universitaria.

Haya tenía 22 años y hacía diez días vivía en Lima. Estaba lleno de un espíritu reverencial y admirativo, acababa de entrar a la Universidad de San Marcos, el mundo se le abría y Lima, “decididamente, era el centro del mundo”. Tocó la puerta con una carta de presentación y un libro en la mano, así se conocía la gente en ese tiempo. González Prada lo saludó con las dos manos pero no sonrió. Lo invitó a sentarse pero se quedó de pie mientras leía la carta y ojeaba el libro. “Tenía yo –escribió Haya– un sombrero de paja que giraba rápidamente entre mis manos”.

Años después, cuando recordó la escena, Haya se autoinculpó de “frivolidad epidémica”. Estaba bajo el influjo de “la campaña de propaganda teatral de las revistas ilustradas”, de “la adjetivación pertinaz e inagotable de nuestros grandes diarios”, admiraba a sus profesores de la Universidad, contra los que se iba a levantar dentro de poco, en su primera revuelta, la reforma de la universitaria. Los describía como “solemnes, elegantes, medidos, gentiles, hablando con la voz ahuecada, me parecieron genios”.

El hombre canoso, de bigotes anticuados, con 73 años, un anciano calificado para la época, no era profesor, no iba a las carreras, ni salía en las revistas. “El silencio premeditado que se hizo en torno de González Prada, llegó a rodearle de un cierto misterio atractivo. Quizás por eso fui a verlo”, y luego tuvo una curiosa asociación libre: “alguna vez cuando he llegado a algún país que nos es raro –como Noruega, Lituania, Livonia, por ejemplo– he tenido una sensación semejante, si cabe comparar así”.

A partir de ese día Haya lo visitó cuatro veces en la Biblioteca Nacional, donde vivía y trabajaba. “Yo no era un compañero para charlar con él, y me soportaba más por bondad que por otra cosa”, escribe Haya con aparente humildad. No podía dejar de darse cuenta que González Prada lo observaba con curiosidad e interés. Quizá más desde el día en que “no sé por qué, le dije:

–“Detesto a Piérola.

–¿Es usted civilista?

–Señor, yo los detesto también, me parecen malos todos”.

Manuel González Prada y  Víctor Raúl Haya de la Torre, se llevaban cincuenta años de diferencia pero compartían un aire común.
Manuel González Prada y  Víctor Raúl Haya de la Torre, se llevaban cincuenta años de diferencia pero compartían un aire común.

Detalles pequeños como no sentarse nunca en el sillón principal, o acompañarlo hasta el corredor para despedirlo, le atraían de su anfitrión. Un día se cruzaron en la calle y Haya no lo reconoció. Fue González Prada el que se acercó y lo saludó por su nombre, Haya quedó “turbado”, había cometido una falta de cortesía.

–“Perdóneme, Señor Don Manuel, no lo he reconocido.

–¿Estoy muy viejo? – me preguntó sonriente.

–No señor, está usted con sombrero, y yo nunca lo vi así – le repuse.

–Exacto, me dijo”.

Deben haberse reído juntos. Cambiaron unas palabras más y se despidieron por última vez. González Prada moría pocos días después. Haya estaba parado frente a su casa, lo vio alejarse, y a continuación hace una de sus mejores introspecciones: “subí a saltos las escaleras de la casa. Siempre que trataba con González Prada me dejaba una impresión de tal frescura, de fuerza, que tenía grandes ganas de correr, como después de un baño”.

(Compilación de Willy Pinto Gamboa, de “Sagitario”, La Plata, 1925. CARETAS, Ilustración Peruana, edición 450, enero de 1972)

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