Señalando hacia la izquierda con la derecha, un atado de contradicciones.
Señalando hacia la izquierda con la derecha, un atado de contradicciones.
Edición 2495: Jueves, 6 de Julio de 2017

Mirando Sin Miedo a Juan

Escribe: Luis Jochamowitz | A cuarenta años de su muerte, ¿ha llegado la hora de la revisión?

Señalando hacia la izquierda con la derecha, un atado de contradicciones.
Señalando hacia la izquierda con la derecha, un atado de contradicciones.

Es muy probable que no exista el cielo ni el infierno, que ni siquiera exista el purgatorio, pero es indudable que ciertas almas vagan entre los vivos como emanaciones del pasado, es decir, de lo más recóndito del presente. Juan Velasco Alvarado (1910-1977), ¿en qué estado se encuentra el memorial de sus buenas y malas acciones? ¿Dónde lo colocaremos cuando haya que apretar filas para decir nosotros?

A todos les consta que viene de un callejón oscuro, uno de esos grandes apanados históricos y periodísticos como solo han tenido Leguía y Fujimori en el siglo XX. Desde los tiempos de Alfonso Baella Tuesta, su nombre ha servido como espantapájaros para cada intento de redistribución. Una parte de la culpa la tuvo él mismo. Ágrafo como todos, casi analfabeto en cuestiones ideológicas o históricas, sin partido, derribado por un aneurisma, la muerte lo sorprendió sin haber ordenado sus asuntos terrenales. ¿Qué otro destino que la picota le podía esperar?

Su caso pasó a juicio público y fue rápidamente sancionado. Para no ahorrarle el menor sosiego, su tumba fue dinamitada en un acto que, bien visto, encierra un profundo significado histórico. Desde entonces su alma política deambula entre los vivos, solicitando la revisión de su caso.  

Visita a la División Blindada, humo y cañones.
Visita a la División Blindada, humo y cañones.
Los tribunales de la historia pueden ser lugares ruidosos, histéricos y hasta falaces, pero si algo tienen a su favor es el tiempo. Lentamente un nuevo Velasco parece asomar sobre su causa perdida. Nuevas investigaciones, documentos antes no considerados, promesas de mejores y más comprensivas explicaciones, ocupan la imaginación de nuevas generaciones. Si nada se interpone en el camino, se dice, es muy posible que en los próximos cinco o diez años tengamos un nuevo Velasco en circulación, diferente del “Juan sin miedo” de los 70, o del ogro resentido de los 80.

Es de esperar que se dejen atrás los maniqueísmos de la primera hora, aunque es seguro que los más recalcitrantes enemigos, muchos de los cuales escriben su apellido con z, no den un paso atrás. Se trata de un fruto difícil de digerir para los estómagos delicados, aunque las bases de su popularidad entre las mayorías parecen fundadas. Facebook, de quien se dice todo lo sabe, acaba de detectar que existen monumentos a Velasco en plazas públicas de Tacna, Sicuani, Villa El Salvador y Tumán, al menos.

¿Y cómo podría ser ese nuevo Velasco juzgado en segunda instancia? Dejado a su libre albedrío tenía un estilo francamente odriísta de hacer política. Basta como muestra el año uno de su gobierno, 1969, plagado de deportaciones, “complots de peluqueros” con arrestos a Silvio y Choco, o allanamientos policiales de fiestas juveniles, con el resultado de seis cigarrillos de marihuana incautados. Solo sería más tarde, con el ingreso al aparato del Estado de lo que desde entonces se ha llamado “intelectuales de izquierda”, que el gobierno militar encontró un relato y se convirtió en “el proceso”.

Pero felizmente no tengo que responder las preguntas que se hacen los historiadores. Si me obligan a escribir una biografía de Velasco, es seguro que muy pronto descubriría que fue un hombre común, y cuanto más se profundice en él, más banal parecerá. Pero ese es el Velasco de carne y hueso, el que se murió el día de navidad de 1977. El Velasco insepulto, que desde entonces vaga en pena entre nosotros, es mucho más complicado de entender.   

Velasco es un atado de contradicciones, radical y conservador a la vez, liberador y tiránico, modernizador y arcaizante. Lo que se propuso es nada al lado de lo que efectivamente consiguió. Como un taumaturgo inconsciente de su poder, desató fuerzas incontrolables que ni siquiera podía imaginar. Esa es la enormidad de su obra, corrió el cerrojo del viejo Perú y dejó salir en estampida al país que todavía no termina de pasar.

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