Doris Gibson en sus veinte años. Derecha, Alfonso de Silva, compositor y concertista.
Doris Gibson en sus veinte años. Derecha, Alfonso de Silva, compositor y concertista.
Edición 2492: Jueves, 15 de Junio de 2017

Recuerdos Mínimos

Escribe: Luis Jochamowitz | Todo desaparece, ¿queda algo?

Doris Gibson en sus veinte años. Derecha, Alfonso de Silva, compositor y concertista.
Doris Gibson en sus veinte años. Derecha, Alfonso de Silva, compositor y concertista.

Doris Gibson tenía dos recuerdos de la época en que vivía con su familia en una casita de Breña, y eran felices. También tenía recuerdos apócrifos, de esos que a fuerza de ser imaginados uno termina creyendo que los ha vivido, como la risa maravillosa y la “dentadura perfecta” de Vallejo, que ocurría en París y pertenecía a sus hermanas. Ellas partieron con sus padres a Europa, cuando por fin recibieron la herencia del viejo Wenceslao de Arequipa. Toda la familia se marchó, fue como un exilio al revés, solo ella se quedó.

Pero estos sí eran recuerdos verdaderos que le gustaba contar porque eran de la época de la casita de Breña. El más antiguo era la noche en que su padre, Percy Gibson, despertó a toda la familia para que conocieran al poeta José Santos Chocano. Doris, que a veces percibía detalles aparentemente insignificantes –como que José María Arguedas dilataba las aletas de la nariz y aspiraba profundamente cada vez que se acercaba a ella– describía a Chocano un poco gordo, o de pecho abombado, envuelto en una nube perenne de agua florida, resoplante cuando se arrodilló ante ellas como lo haría un caballero que desea ver de cerca las caras de unas niñas.

El otro recuerdo era un enamoramiento platónico. Como muchos recuerdos consta de una sola escena, casi un “cuadro vivo” de los que se representaban en las veladas escolares. Es otra noche y son otros amigos de su padre, todos cantan alegremente una melodía que sale del piano que toca Alfonso de Silva (1902-1937). Doris y sus hermanas observan la escena detrás de un biombo chino que separa la sala del corredor de las habitaciones. Se supone que nadie las ve, pero ella ha quedado instantáneamente prendada del bello pianista de pelo negro y su música inexplicable.

Las fechas son imprecisas y aleatorias. Alfonso de Silva se fue a estudiar música a España en 1921. Regresó en 1925 y es probable que la escena haya ocurrido ese año. Pero de Silva se volvió a marchar, vivió en Paris y regresó para morir en 1937. En ese punto continúan los recuerdos de Doris. Pero antes, una pregunta que nunca podremos responder. ¿Qué sucedió con Alfonso de Silva?, ¿por qué se destruyó tan rápidamente y murió a los 34 años? La evocación a César Vallejo, su “amigo fraternísimo”, es inevitable. “Alfonso: estás mirándome, lo veo”. De Silva murió en mayo del 37, Vallejo en abril del 38. Organismos trabajados por males casi innominados, muertes hermanas que Vallejo encerró de esta manera:“lo que hubimos sufrido ambos, a la muerte de ambos, en la apertura de la doble tumba”.

Carmen Pizarro, la musa del músico.
Carmen Pizarro, la musa del músico.
En el caso de De Silva, se habló de cirrosis, pero se sobreentendía que esa palabra, aun con toda su crueldad, escondía males todavía más impronunciables. Se ha hablado de drogas más fuertes que el alcohol, como si este no fuera suficiente para matar, junto con la mala alimentación y el poco sueño. Seguramente, otra vez, Vallejo es el que mejor sabe lo que ha pasado:

“sufro, bebiendo un vaso de ti, Silva,

un vaso para ponerse bien, como decíamos,

y después, ya veremos lo que pasa...”.

El recuerdo de Doris termina con esa muerte ocurrida en una cama del Hospital Dos de Mayo. Ella tiene 27 años y otra persona aparece en su memoria. Carmen Pizarro era una amiga íntima de Doris, se conocieron en la casona de Bellas Artes, donde Carmen estudiaba y Doris iba de curiosa. Se hicieron grandes amigas, ambas venían de familias acomodadas o abiertamente ricas, pero estaban fuera del círculo establecido. En los años treinta en Lima, Carmen, Doris y un puñado más de mujeres independientes eran cosa tan rara de ver, que la gente las señalaba en la calle. Carmen se había enamorado de Alfonso de Silva y este le escribía unos poemas que, muchos años después, María Gracia Martínez, hija de Carmen, publicaría con el siguiente epígrafe en francés: “En recuerdo de una noche de espanto”.

Las circunstancias podrían llenarse de comentarios poéticos, pero esas son las cosas que se elaboran después, con los recuerdos. En mayo del 37 hay un hecho horrible, incongruente, un hombre de 34 años que se muere en el Dos de Mayo. Los norteamericanos tienen una palabra, sorority, para describir la solidaridad entre mujeres que aparece en los momentos graves. Doris estaba llena de ese espíritu femenino en esos días, los últimos del compositor.

La repetición de los actos borra las diferencias, al final, solo queda un arquetipo de memoria: las visitas al hospital, la evolución del paciente, los pequeños incidentes diarios. Un día Alfonso de Silva le pide a Doris que le compre una pijama. La necesita, le explica, para estar presentable ante las visitas que llegan. Es un encargo que requiere no poca confianza para hacerse, Doris lo recibe casi contenta de poder ayudar, y al día siguiente compra en el bazar de un japonés una pijama de franela, la más gruesa que encuentra. En el momento de entregársela, de Silva desempaqueta la prenda y la extiende sobre la cama. Es el último recuerdo de Doris, Alfonso de Silva que sonríe mientras la amonesta tranquilamente: “¡Pero qué pijama tan fea me has traído!”.  

Loading...