Foto nocturna de la Plaza San Martín, la playa de estacionamiento más grande de Lima.
Foto nocturna de la Plaza San Martín, la playa de estacionamiento más grande de Lima.
Edición 2491: Jueves, 8 de Junio de 2017

Tráfico y Civilización

Escribe: Luis Jochamowitz |Meditaciones de Federico More, peatón (1951).

Foto nocturna de la Plaza San Martín, la playa de estacionamiento más grande de Lima.
Foto nocturna de la Plaza San Martín, la playa de estacionamiento más grande de Lima.

Una mañana entre Wilson y la Avenida España, donde ahora hay un by pass delicuescente, Federico More (1889-1955) tuvo la inconcebible idea de que todos los autos de Lima ocuparían un área más grande que la ciudad. A su manera periodística y airada, More acababa de descubrir el mapa de Borges que era más grande que el reino. Poco después escribió su artículo “En Lima hay imposibilidad de que haya tránsito”.

Como una demostración práctica de su luminoso aserto, se detuvo en la esquina y se puso a contar: 180 automóviles detenidos o estacionados, 14 peatones, incluido él. Esas cifras escondían la clave no solo del tránsito de Lima, sino del comportamiento de la ciudad y su psicología profunda. “La ciudad de los empleados públicos, de los cines repletos, de las cantinas llenas, de los clubs atestados. La ciudad donde nadie camina”.

¿Por qué somos así? More da muestras de haber pensado el tema, sus hallazgos pueden no ser aceptados, pero construye algo menos que una filosofía, un sistema de ideas que trata de interpretar la realidad.

Federico More, furia y ensayos sobre Lima.
Federico More, furia y ensayos sobre Lima.
Para comenzar, cree que “hay sin duda un asunto de clima”. La humedad excesiva fatiga y presiona los pulmones, que actúan sobre el corazón, “que conduce a los habitantes de Lima hacia el vehículo”. Como agravante, la ciudad se encuentra al nivel del mar, “recibe yodo del norte y del sur, y es grande la cantidad de hipertensos, es decir, de corazones fatigados”. Una comprobación final: los entendidos en fútbol aseguran que nuestros jugadores son magníficos en el primer tiempo y desastrosos en el segundo.

Su determinismo radical lo lleva a considerar por un momento la alimentación. Esas menestras y cereales que ha criticado en tantos artículos. Pero esta vez, “no parece probable” y los descarta. “El asunto es de vapor de agua”, concluye.

More nunca tuvo un automóvil, ni quiso tenerlo. Era un hombre del 900, un inveterado tomador de tranvías que consideraba el coche como un lujo para “aquellos cuya fortuna es un escándalo público”. El mundo moderno lo había trastornado todo, ahora cualquier pelagatos quería tener su auto. Se nota que desprecia a los que se endeudan “hasta las cejas” para comprar un automóvil. No tenerlo significa “vergüenza y miseria”, pero como él nunca las ha sentido, actúa como un peatón ofendido ante la insolencia de los motorizados. Es el último hombre que camina y que tiene tiempo para pensar en la locura del tránsito.

Después del vapor de agua y el yodo, More encuentra otras causas del caos: “nuestra indisciplina y deliberada resistencia ante la ley”; “El mundo moderno es etílico”; “Lima se va llenando de indios […] para el indio cortar camino es lo útil, por eso las llanuras andinas están llenas de senderillos”.

Ciertamente, él no cree que el problema del tránsito pueda ser resuelto alguna vez. Eso sería equivalente a un cambio civilizatorio que no espera ver en vida. No obstante, propone algunas soluciones:

– Prohibir que ómnibus y camiones ingresen al centro. Estaciones periféricas.

– Sincronizar los semáforos (“nada más peligroso que la coexistencia de semáforo y policía”).

– Prohibir las bocinas y señales de luces, al parecer muy usuales en los 50, cuando el claxon todavía era el último recurso.

– “Limitar y acaso suprimir las zonas reservadas para el estacionamiento”.

– Cargar y descargar solo hasta las 7 a.m.

– Refaccionar las pistas, tener fe en el tranvía y el tren.

More era demasiado antiguo, es decir modesto, para imaginar un tren subterráneo. Y sobre la bicicleta solo tiene una frase: “El aspecto más aterrador del tránsito limeño”. Pero sus observaciones podrían servir de plataforma para cualquier candidato en las próximas elecciones municipales. Las ofrece sin ninguna esperanza de solución. Sabe que el problema, en vez de mejorar, empeorará. 

Caretas, edición 14, noviembre 1951

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