El inca hace su ingreso en medio del desconcierto general. Terminaría el recorrido a pie.
El inca hace su ingreso en medio del desconcierto general. Terminaría el recorrido a pie.
Edición 2489: Jueves, 25 de Mayo de 2017

El Fin de los Incas

Escribe: Luis Jochamowitz | La muerte de una fiesta y un desastre escénico.

El inca hace su ingreso en medio del desconcierto general. Terminaría el recorrido a pie.
El inca hace su ingreso en medio del desconcierto general. Terminaría el recorrido a pie.

Hay momentos que representan en acto, complejos e insondables estados del alma colectiva. La fiesta de Amancaes de 1958, por ejemplo, una de las últimas, sino la última a la que asistió Manuel Prado, que en los años cuarenta la había apadrinado en su alianza con la música criolla. Para 1958 la pampa estaba suficientemente pisoteada para su inminente urbanización informal. De la vistosa y apenas fragante flor amarilla, no quedaba casi nada. Las pocas flores que se consiguieron para adornar la tribuna oficial y el ramo que se le entregó a Prado, serían traídas de lomas lejanas, como las de Lurín o el Chillón, aún a salvo, oh fatal suerte, del apocalipsis de Lima.

Siglos de repetición habían creado sus propias reglas y costumbres. Probablemente nunca conoceremos las interioridades de esa fiesta que tiene bibliografía y pinacoteca. Para no ir más atrás, se diría que el apogeo ocurrió alrededor del 900, cuando un precario equilibrio entre población y territorio, permitió el disfrute de las últimas primicias de junio. A par tir de entonces, con la llegada del automóvil, el camión, y el ómnibus, la pampa comenzó a poblarse, a hincharse, la gente se subió a los cerros, mientras la organización se iba especializando por una variedad de intereses coordinados, que muchos llamarían argollas, desde los vendedores de viandas y cerveza, hasta los guitarristas, cantantes y decimistas.

Una especialidad de Prado, agradecer ovaciones inexistentes, “nadie lo aplaudió, algunos silbaron”.
Una especialidad de Prado, agradecer ovaciones inexistentes, “nadie lo aplaudió, algunos silbaron”.

Después de los frenéticos años 20, en que pasó a ser un asunto municipal, los ásperos 30 y los lelos 40, Amancaes entró a la década de las fiestas, los 50, lista para desaparecer. Ocurrió no sin antes asombrarse del tamaño y porte que venía cobrando. Esta aparente contradicción sería posible por el crecimiento de la población, el cambio de los gustos y la aparición de nuevos esparcimientos, como el fútbol o el cine. Pero sobre todo, porque la misma pampa estaba desapareciendo bajo la presión demográfica. No es imposible imaginar ese proceso de degradación y muerte de un ecosistema, en íntima relación con la tramoya humana y social que la puebla. Cuanto más desaparecía la antigua fiesta de los toldos y manteles esparcidos sobre la pampa florecida, más se centralizaba en espectáculo institucional.

Es en esas circunstancias que a la Municipalidad del Rímac se le ocurre celebrar la escenificación del Inti Raymi, con la asistencia del Presidente de la República y el Gabinete en pleno. Visto en retrospectiva parece un desastre fríamente preparado, el puntillazo final a una costumbre que agoniza. Una suma de fuerzas sostiene firmemente el rumbo de colisión.

A) La fiesta está más enrarecida que nunca en vísperas de su final. Los amables feriantes en familia, se han convertido en un público impaciente y lisurero.

B) El gobierno está desprestigiado y/o exhausto. Prado parece no comprender que ya no vive en los buenos años de la guerra, sino en una década que claramente no es la suya.

 C) El tema elegido – el Inti Raymi, los incas – choca con las preferencias y empata con las fobias del público, mayoritariamente limeño, costeño, criollo, en una palabra, anti serrano.

Quizás esta última causa sea la más poderosa y la que tiñe la escena. Para que el desastre sea más ostentoso, hay que imaginar los trabajos y los días que lleva semejante representación. Las costureras del Rímac atareadas en la confección de trajes incaicos, mascaipachas, tocados de ñusta; los carpinteros construyendo hachas, cachiporras, escudos, las andas del inca, además del mismo inca, los nobles, los cargadores, los guerreros, algunas llamas y un conjunto de pututos.

Llamas en la pampa de Amancaes, desconcierto e irritación.
Llamas en la pampa de Amancaes, desconcierto e irritación.
Los hechos deben haber ocurrido pasado el mediodía, cuando todas las piezas estaban en su lugar. Manuel Prado sentado en esa especie de trono virreinal que se supone deben ocupar los Presidentes. Un minuto antes ha recibido un ramo de amancaes y agradecido “una imaginaria ovación, aunque nadie lo aplaudió, algunos silbaron”. Los incas esperan en formación varias veces ensayada, ocupando una posición algo retirada para hacer su ingreso triunfal. El público inquieto, arremolinado, intuyendo que algo va a pasar. Hecha la señal ocurre el primer error, la comitiva del Inti Raymi se acerca, mientras la banda de música interpreta por error la Marcha de Banderas, en lugar de una pieza de Daniel Alomía Robles. Desconcierto, mal humor, los incas hacen su ingreso en medio de silbidos que rápidamente escalan a silbatina general. Se escuchan los primeros gritos, las frases irrepetibles, los lanzamientos de cáscaras de naranja, los conatos de pelea entre los cuidadores de las llamas y algunos exaltados.

Felizmente todo acaba en unos pocos minutos, la ceremonia se abrevia, los discursos se omiten, la comitiva de autos oficiales desaparece a toda velocidad. Después de 400 años, la fiesta de San Juan de los Amancaes acaba de morir.

Nota Final: en la tribuna oficial estaban presentes las dos personas mejor preparadas para apreciar el significado de lo ocurrido, Raúl Porras Barrenechea y Jorge Basadre, ambos ministros de Prado. ¿Qué habrán pensado sobre la elusiva relación entre el sapa inca y los peruanos de su tiempo?

 

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