Mirando a los que miran, el trabajo de la cronista social.
Mirando a los que miran, el trabajo de la cronista social.
Edición 2488: Jueves, 18 de Mayo de 2017

Una Mujer Mira

Escribe: Luis Jochamowitz | El hipódromo como representación del mundo (1957)

Mirando a los que miran, el trabajo de la cronista social.
Mirando a los que miran, el trabajo de la cronista social.

Desecada por el paso del tiempo, minuciosamente molida, destilada en gotas, una crónica de Marilucha García Montero puede contener, en cantidades milimétricas pero aprovechables, toda la esencia de una época. Veámosla sino un domingo en el hipódromo de San Felipe, puro old fashion, sentada en una mesa del comedor de socios. Observa que casi todos llevan largavistas colgados del cuello, es casi una moda, un detalle elegante, la clase de chuchería en la que gastan su dinero los ricos de Lima. Ella también tiene su largavistas, pero no mira la pista de carreras sino las tribunas.

PRIMERA CARRERA
Hitchcock en “La ventana indiscreta” usa el efecto de mirada binocular para recortar la escena. Marilucha también, pero lo combina con ese círculo que se cierra como plop final en el cine mudo. Seguir su mirada es muy instructivo, allí están los Pacos, los Chanos, los Mañes y los Mañucos, los pura sangre de la pista local. Rápidamente la cronista establece una equivalencia de hierro: caballos igual hombres. Se refiere a hombres de sociedad, de preferencia solteros, o al menos de estado civil incierto. Son los sub gerentes de las filiales extranjeras, los rentistas de acciones mineras, los hijos de hacendado que residen en Lima, los fabricantes de productos básicos y difícilmente importables como la cerveza o las mayólicas. Pasean inquietos por la tribuna de socios. Muchos tienen pequeños bigotes afilados, todos se conocen.

Viéndolos rascarse la cabeza, accionar las manos para terminar un chiste, o ensimismarse en cálculos hípicos que tal vez solo son puntos suspensivos, uno se pregunta si no son la viva imagen de la sustitución de importaciones, del partido político conservador que Beltrán nunca llegó a fundar, del odio inmarcesible a Velasco que les quitaría las tierras, del abandono y la ruina de las casonas del centro de Lima, y de tantas plagas que caerían sobre el país que no tenía clase dirigente, que sobrevivía porque solo era raíz.

Una mesa en el comedor de socios, la hípica como pretexto social.
Una mesa en el comedor de socios, la hípica como pretexto social.

—“Este es el deporte de los reyes solo de nombre” – escucha que alguien dice a su espalda – “porque quien juega y lo sostiene es el proletariado”. Se lo dice Del Real, un cubano que vive en Lima y que en la quinta carrera dará el batacazo con “Risueño”, apostará 400 soles y ganará 16 mil. Lo suficiente para desaparecer de la tribuna e irse a celebrar con los amigos. Pero en la segunda carrera no lo sabe y conserva el aire apaleado del buen perdedor.

SEGUNDA CARRERA
Pero Marilucha quiere ir más allá, pretende establecer un paralelismo entre el hipódromo y el mundo. Desde su mesa puede observar “los cerros morados que circundan Lima”. Imagina que el hipódromo “es un reino unido independiente, un reino tan pequeño pero rico, como el de Mónaco, por ejemplo”. Será esnob pero no es tonta, su mirada prismática inspecciona también las tribunas populares. Allí es donde parece ocurrir la verdadera vida, “una mujer levanta las piernas hasta donde no debe. Un chico se mete el dedo en la nariz”. Es la vieja nostalgia de los mejores ricos, el único lujo que les falta, ser del pueblo. La “pobre niña rica” se siente apartada de la verdadera vida.

—“¿Ha jugado usted?” – le pregunta Marilucha con aparente ingenuidad.
—“Solo me falta jugar a la familia entera” – contesta como si fuera una frase galante.

TERCERA CARRERA
“A propósito, ¿dónde estarán dos pur sang sociales, Oscar Berckemeyer y Ernesto Ayulo Pardo?” En 1957 no conocían el pudor, cuando se encuentre con Berckemeyer escribirá que es “tan elegante y distinguido que parece de raza pura”. Como nunca se contiene quiere establecer una comparación final entre la hípica y la vida. Ya es demasiada filosofía, mejor dejarla ahora que acaba de comenzar la carrera y que por un momento ella también enfoca sus largavistas  hacia los caballos verdaderos. La multitud comienza a rugir a su alrededor, mientras ella observa y piensa como una poeta simbolista: “de lejos los jockeys parecen alfileres o corchetes enconados”. 

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