Jirón de la Unión tomado por la policía entre nubes de gases lacrimógenos.
Jirón de la Unión tomado por la policía entre nubes de gases lacrimógenos.
Edición 2487: Jueves, 11 de Mayo de 2017

Noche de Zombis

Escribe: Luis Jochamowitz | “Soplones”, palazos, “caimanes” y lacrimógenas (1956).

Jirón de la Unión tomado por la policía entre nubes de gases lacrimógenos.
Jirón de la Unión tomado por la policía entre nubes de gases lacrimógenos.

¿Cómo cae una dictadura? De la forma más sencilla, como cae un armario apolillado o una mesa con tres patas: de un empujón. Nada se compara con el espectáculo de un “gobernante fuerte” que se disuelve en el aire. Leguía asistiendo al hipódromo como si sus horas no estuvieran contadas y pesadas, Fujimori escenificando esa inolvidable pieza de teatro Kabuki en la que un siamés busca a su siamés, Odría recibiendo delegaciones de “fuerzas vivas” que le suplican se prorrogue en el poder.

La verdad es que en cada caso, el deceso político ya había ocurrido con días, semanas o meses de anticipación. Eran, para decirlo con una palabra antillana que ha conquistado el mundo, zombis políticos que se resistían a aceptar lo irremediable. Tomemos el caso de Manuel Odría (1896-1974), siete años y cuatro meses en el poder, tiene problemas con la cadera y cojea dolorosamente de la pierna derecha, los precios de las materias primas ya no son los de los buenos tiempos coreanos, Arequipa se le ha levantado varias veces, las cárceles están llenas. Planea una salida con trampa, manipulando el organismo electoral para elegir un gobierno que “continúe la obra”. Los planes, sin embargo, rápidamente se complican. Un general se subleva en Iquitos, La Prensa publica el Manifiesto respectivo, en los cafés de los alrededores del parque Universitario y la plaza San Martín, “la política” arde.

Pedro Beltrán ingresa a La Prensa después de salir de El Frontón.
Pedro Beltrán ingresa a La Prensa después de salir de El Frontón.
  Todo eso sucede un día jueves, en la tarde Odría y su ministro de Gobierno y Policía, el general Villalobos, toman la ilusoria decisión de pasar a la ofensiva. Se elaboran listas inconexas de personas a detener, sindicalistas, periodistas, dirigentes de izquierda y derecha, se trata de una “barrida total”. Desde el hórrido edificio art déco de la Prefectura, Villalobos dirige la extensa “red punitiva”. A las cinco de la tarde comienzan las primeras detenciones, uno de los primeros en caer es Luciano Castillo, senador socialista por Piura. Castillo, hombre menudo, fue arrojado a un patrullero, pero su esposa “cerró a cachetadas a un ‘soplón’”.

A las nueve de la noche cayeron sobre Luis A. Flores, político y exfascista que regresaba a su hogar. Con la ayuda de su esposa se resistió al arresto y logró ingresar a la casa, pero no pudo impedir que se colaran algunos investigadores antes de cerrar la puerta. Una vez adentro, caminó hasta su escritorio, extrajo un revólver del cajón y disparó al techo. Los que han experimentado el efecto que causa un tiro en un espacio cerrado, comprenderán el poder que tenía Flores. Su reacción fue “violentísima”, expulsó a los “soplones” y se atrincheró en su casa. Cuando la policía logró derribar la puerta, sólo encontró a su mujer con el revólver en la mano.

A las once, los investigadores ingresaron al Club Nacional para llevarse a Pedro Roselló, “el hombre de la calle”, como decía su propaganda política. Hubo puñetes y patadas, el grupo fue rechazado y regresó más tarde con policía uniformada. Hubo otro conato, pero Roselló, “para no agravar la situación”, prefirió “entregarse”. En calidad de “compañía”, el presidente del Club, Miguel Mujica Gallo, se unió a la comitiva.

Guardias de asalto dan cuenta de un aislado protestante.
Guardias de asalto dan cuenta de un aislado protestante.

El número fuerte de la noche fue la captura del diario La Prensa, y la detención de su director, Pedro Beltrán, y de todo el personal. El ataque ocurrió en medio de una “pateadura general”, un camión de los llamados “caimanes” rompió una de las puertas del local, mientras con escaleras telescópicas la guardia de asalto subía a los techos y disparaba bombas lacrimógenas dentro del edificio. Los trabajadores trancaron las puertas con bobinas de papel, y se reunieron en el segundo piso, donde se cantó el himno nacional. Fue el momento dorado de Pedro Beltrán, que en otros tiempos había apoyado a Odría. A su fama de hombre de negocios y político sin suerte, sumó la aureola de periodista perseguido. “Lentamente bajaron todos las escaleras y en la calle se escuchó la voz de Pedro Beltrán: ‘Nadie se sube a ningún carro, iremos a pie hasta el Panóptico o donde nos quieran llevar’, un silencio sepulcral… Somos Libres”. Así fue cómo “Beltrán, del brazo de Miglio y Salazar Bondy, cruzó la Plaza San Martín entre los emocionados aplausos de los últimos transeúntes de la madrugada”.  

Épica callejera que ocurre bajo el alumbrado público, en calles de asfalto meado y con la basura sin recoger, a veces sin más testigos que algún borracho o perro vago que mira la escena extrañado. La mayoría terminó en El Frontón, detenidos el tiempo necesario para que les creciera la barba que lucirían como una condecoración el día de la pronta liberación.

CARETAS, edición 104, marzo de 1956.

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