Vargas dio forma a los sueños de millones de hombres.
Vargas dio forma a los sueños de millones de hombres.
Edición 2486: Jueves, 4 de Mayo de 2017

El Chico Vargas

Escribe: Luis Jochamowitz |Un cholo en el país de las gringas

Vargas dio forma a los sueños de millones de hombres.
Vargas dio forma a los sueños de millones de hombres.

Epifanía, dícese del momento, casi siempre unos pocos segundos o minutos, en el que el mortal se siente tocado por la divinidad. Alberto Vargas y Chávez (1896-1982) tuvo su epifanía en 1916, caminando por el sur de Manhattan. Aproximadamente a mediodía estaba a la altura de Broadway con Wall Street, y sin notarlo, ya que miraba hacia arriba, de los rascacielos comenzaron a brotar primero centenares, luego miles de secretarias en su hora de almuerzo. Las primeras “gringuitas, como las llamamos en Arequipa”, le habrán llamado la atención, las miraría casi enternecido por su belleza “moderna y dinámica”, las seguiría inquieto con la vista. Pero en cosa de minutos, comenzaron a multiplicarse, a rodearlo. De pronto, era imposible voltear en cualquier dirección sin ver decenas de ellas, era casi imposible moverse sin tocarlas. Ese fue su momento de epifanía, de súbito, como una caída del caballo, cuando Alberto Vargas sintió toda la inquietante femineidad de esos cuerpos, comprendió y aceptó agradecido la belleza inenarrable de una nariz, de un poto que luego llamaría ass, de un cuello alto, del color rubio. Se dejó llevar por una especie de ebriedad controlada, hasta alcanzar el estado adecuado para tomar la gran decisión de su vida: se quedaría para siempre en Nueva York.

 

Las “Varga Girls”, íconos de su tiempo.
Las “Varga Girls”, íconos de su tiempo.
La historia fue contada por él mismo en entrevistas y en su autobiografía. No hay razón para dudar de su veracidad esencial, es la clase de relato que la gente encuentra para darle sentido a su vida. En los siguientes cincuenta años se dedicó a dibujar cuerpos de mujer desnudos, cubiertos por tules, por blusas abiertas, por mínimas telas. Con el tiempo, Vargas, o Varga, como americanizó su nombre, se convirtió en el dibujante por antonomasia de la mujer norteamericana, léase la gringa, la “Varga girl”. Si Ziegfeld las ponía a bailar en movedizas coreografías, y Houston o Ford las hacía actuar en tramas y aventuras, Vargas las detenía en un solo instante, una imagen para siempre.

La apoteosis de su carrera está representada en el fuselaje de un B29, momentos antes de bombardear Tokio o Bremen. La segunda guerra mundial convirtió a sus chicas de pulpa de papel en las compañeras de bolsillo de las legiones de soldados. En los museos militares norteamericanos deben de guardarse muchas de esas reliquias, constan de una hoja de revista arrancada, doblada cuidadosamente en cuatro, con signos evidentes de uso intensivo. No lo olvidemos, aun en nuestros tiempos abotagados y pornográficos, es fácil darse cuenta de que las artes de Vargas tenían enormes poderes erotizantes. La floreciente industria gráfica a color convirtió a sus chicas en objetos masturbatorios, el supremo uso que se les podía dar. Su nombre fue escrito en el índex de los puritanismos del norte.

Como peruano, cholo, emigrante, su caso produce un efecto raro, como de espejo invertido, cuando se lo observa desde el país que dejó. Su carrera es enteramente norteamericana pero despierta una inquietante familiaridad desde la mirada nacional. ¿Qué descubrió? ¿cuál fue su secreto? Como Yma Sumac, apartada del coro por la naturaleza, como Carlos Baca Flor, cuyos retratos encantaban a los magnates, como Antonio Panta, que aprendió la clase de luz que necesitaba cada escena, o Helba Huara a su manera bohemia y francesa, Alberto Vargas llenó un vacío que lo estaba esperando. Si algún denominador común tienen estos casos, es la oportunidad que ofrece el trasplante en un mundo diferente: el ojo irremediablemente ajeno que descubre lo que busca la cultura circundante, y con una habilidad que provoca llamar ancestral, pasa a manufacturar la satisfacción de ese deseo. Esa fue la estrategia de la época. Vargas forma parte del puñado de emigrantes más visibles, casi siempre ligados a las artes, que se van haciendo clásicos a medida que la primera mitad del siglo XX se va alejando de nosotros. Pero son apenas la punta de un iceberg mucho más extenso, que va desde la jardinería, la enfermería, obviamente los negocios, hasta la academia y la alta cirugía.

La cholitud de Vargas es singular, como siempre que se ve de cerca. No por su apariencia física (“un hombre pequeño, con firme raya en medio e impecable bigotito”), sino por su historia particular. Hijo de un fotógrafo profesional, un artista con establecimiento abierto en la plaza de Armas de Arequipa, era también un producto típico de la clase media de la ciudad, la más paritaria de la República. Había estudiado un año de idiomas y comercio en Zúrich, en vísperas de la Gran Guerra. Como tantos sudamericanos que no tenían la menor idea de geopolítica, quedó varado durante dos años en Londres, a la espera del barco de regreso. Así fue como llegó a Nueva York a tiempo para su epifanía. Vargas no se marchó, nunca regresó.

Su vida podría parecernos ajena y exótica, pero el efecto espejo nos devuelve otra imagen de nosotros mismos. Padre del bricherismo, deidad del airbrush, supremo hacedor de las líneas y curvas inefables, Alberto Vargas nos adhiere, como decía otro cholo emigrante, “al pie del orbe”. 

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