Víctor Raúl Haya de la Torre, ajada imagen de un líder otoñal. Derecha, Besamanos popular. Haya recibe el fervor del pueblo en un mitin.
Víctor Raúl Haya de la Torre, ajada imagen de un líder otoñal. Derecha, Besamanos popular. Haya recibe el fervor del pueblo en un mitin.
Edición 2485: Jueves, 27 de Abril de 2017

Desilusión

Escribe: Luis Jochamowitz | Un momento en una vida muy larga (1957)

Víctor Raúl Haya de la Torre, ajada imagen de un líder otoñal. Derecha, Besamanos popular. Haya recibe el fervor del pueblo en un mitin.
Víctor Raúl Haya de la Torre, ajada imagen de un líder otoñal. Derecha, Besamanos popular. Haya recibe el fervor del pueblo en un mitin.

Un hecho sin importancia, desmentir unos comentarios publicados bajo la firma de un periodista eventual. ¿Cuántas veces Haya de la Torre estuvo en esa clase de entredichos?, ¿decenas, centenares de veces? Lo que había dicho, o al menos eso apareció en la prensa, es que la candidatura de Fernando Belaunde en 1956, “fue en el fondo militar”, auspiciada por un jerarca odriísta, el vicealmirante Saldías, “su pariente”. Tiene toda la traza de ser su verdadero pensamiento. Allí está su conflicto irresuelto con Belaunde, su razonamiento político ajustado, su conocimiento de conocencias y parentelas. Pero una cosa es decir algo en el calor de la conversación, es decir del monólogo, y otra leerlo en frío, en blanco y negro. Su Buró de desmentidos rápidamente expidió las contra medidas, “La Tribuna” disparó un cañón, alguien escribió ridiculizando al mensajero. Dos o tres días después, ya nadie se acordaba del incidente, otra noticia minúscula había reemplazado a este hecho sin importancia.

Con esta clase de bagatelas se teje la trama de incógnitas que llamamos actualidad. En el fondo, al único que si le importaba era al desmentido, Carlos Castillo Ríos, un joven huanuqueño que desde Londres seguía el caso –aunque difícilmente se puede hablar de un caso– con una sensación de afonía.

En efecto, había entrevistado a Haya de la Torre, lo conoció después de una de sus conferencias en el London School of Economics. Un grupo de peruanos, siempre tan dispares como el gordo y el flaco, siguió a Haya hasta un salón de té, café, o bar, para continuar escuchando al supremo flautista.

Castillo Ríos estuvo entre ellos esa noche. En los siguientes cuatro días lo entrevistó durante “ocho horas diarias”, lo que sin duda es –todo hay que decirlo– un abuso de confianza. Así se enteró de muchas “indiscretas historias”. Haya era un excelente narrador oral, y como todos los hombres de ingenio cometió muchas veces el error de decir una frase, hacer un chiste, solo por su gracia o poder retórico. Pecado capital para un político que aspira a ser una máscara. Miles de veces se habrá tragado sus palabras sin pronunciar, pero centenares de veces no se pudo contener.

En ese momento Víctor Raúl Haya de la Torre tenía 62 años, e iniciaba su penúltimo giro a la derecha. La “convivencia apropradista” estaba en pleno auge, la “superconvivencia aproodriísta” vendría después. Lo curioso es que esto sucedía en nombre de las mejores intenciones. La primera vez que se detecta la palabra “convivencia” en este contexto, es en boca de Ramiro Prialé, entrevistado en la clandestinidad durante los agónicos últimos días del odriísmo, en el verano de 1956. El APRA quería vivir en la legalidad. Demasiados años de cárcel, exilio o clandestinidad, habían devastado las vidas personales y familiares de dos generaciones de apristas. ¿No era una buena causa para aspirar a vivir en paz? Prado prometió la legalización del viejo partido, ganó las elecciones con los votos apristas y cumplió su palabra el primer día en que fue Presidente. Un magnífico arranque para el nuevo régimen, la oportunidad de crear una democracia parlamentaria, la ilusión de tantas Constituciones.

Los hechos, sin embargo, iban en otra dirección. El APRA no parecía tener algo que proponer a un país que se mantenía en pie a duras penas. La “nacionalización de tierras e industrias” era cosa del pasado, la Reforma Agraria apenas se comenzaba a discutir. Convivir, además, significaba aceptar algunas cosas. Cuando se presentó en la Cámara una propuesta para investigar la muy notoria riqueza del General Manuel Odría, los diputados apristas votaron no. “Ah, eso no lo sé, debe ser táctica política”, respondió Haya sobre ese punto en la entrevista inacabable de Londres.

Para él la legalidad y el poder compartido no habían significado mayor cambio en su vida. Seguía siendo “el bohemio de Vía Veneto”, aunque también podía vérsele en Piccadilly o Saint Germain. Vivía diez u once meses al año en el ignoto extranjero, sin más obligaciones que las que él mismo se fijaba, y uno o dos meses agotadores en el Perú, llenos de mítines, viajes y asambleas. En esos días en Londres no parecía tener nada mejor que hacer que conversar y caminar por la ciudad, por ejemplo, llegar hasta la Biblioteca Británica para averiguar cuáles libros suyos aparecían en el catálogo.

Increíblemente se enteró que solo tenían dos libros, y de José Carlos Mariátegui, ninguno. El poder, o la influencia, llegaban hasta su despreocupada vida de soltero bajo la forma de pedidos de favores, nombramientos o presentaciones oficiosas. No sabemos con qué ánimo despachaba esos asuntos, aunque es probable que no fueran los momentos más agradables de su día. Consta sí que en ciertos casos daba audiencia en las Embajadas que tenía el Perú en Europa.

Afónico, desde la distancia, Carlos Castillo Ríos desmiente el desmentido y expresa su desilusión con el histórico líder. En los años siguientes la desilusión se convertirá en epidemia.      

CARETAS, Edición 135, julio de 1957.

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