La última fotografía, tomada minutos antes de ser asesinado en el hipódromo.
La última fotografía, tomada minutos antes de ser asesinado en el hipódromo.
Edición 2484: Jueves, 20 de Abril de 2017

El Dedo del ‘Mocho’

Escribe: Luis Jochamowitz | Apéndice de un apéndice de la historia del Perú.

La última fotografía, tomada minutos antes de ser asesinado en el hipódromo.
La última fotografía, tomada minutos antes de ser asesinado en el hipódromo.

Cuando el estudiante de medicina Alfredo Parodi llegó a la puerta del Palacio eran pasadas las dos de la mañana y todavía sonaban los tiros. Encontró nueve cuerpos tendidos, ocho soldados y un oficial. Los hizo llevar de inmediato a una botica cercana. En el camino murieron los ocho soldados, según declaró después, el oficial tenía un dedo que le colgaba del último tendón, otra herida de bala le había magullado el húmero, con esquirla de hueso y orificio de salida, en la cara tenía “raspetones” de metralla.

Mientras intervenía con las mangas de la camisa remangadas, el estudiante de quinto año escuchó la conversación del grupo que lo rodeaba. El herido era el teniente Luis Miguel Sánchez Cerro (1889-1933), se había presentado en la puerta principal del Palacio, revólver en mano con los ocho soldados muertos. Tuvo suerte, dos de las primeras balas fueron para él, una cayó en el dedo índice derecho con que apretaba el gatillo, la otra le atravesó casi limpiamente el hombro, se desplomó y debe haber estado más o menos atontado mientras la fusilería de Palacio liquidaba a todo su destacamento.

43 años después, el muy reconocido médico cirujano Alfredo Parodi Bacigalupo, entregó por escrito un relato de lo ocurrido esa madrugada de 1914. Es un mal testigo, lleno de lugares comunes y reticencias para mirar de cerca sus recuerdos, pero contiene suficiente información para desechar definitivamente otra versión que circuló, probablemente desde los primeros días, según la cual Sánchez Cerro se convirtió en “El Mocho” al tapar con el dedo el cañón de una ametralladora.

Luis M. Sánchez Cerro en foto de estudio, puede verse, es decir, no verse, el dedo índice que le faltaba.
Luis M. Sánchez Cerro en foto de estudio, puede verse, es decir, no verse, el dedo índice que le faltaba.
De lo que no cabe duda es del carácter ‘temerario’ de Sánchez Cerro, también descrito como ‘aguerrido’, ‘viril’, ‘impetuoso’. Hasta el estudiante de medicina se vio en la necesidad de decir que “durante la intervención se portó valientemente”. El hecho es que era muy capaz de sufrir esos ataques adrenalínicos o de testosterona que podían costar la vida de los que estaban cerca. Esos arranques jalonaron su carrera, fueron su bendición y su ruina.

No es que fuera particularmente sangriento, o lo era en la medida en que un perro de presa puede serlo. Es decir, era naturalmente cruel, sin alardes ni timideces. También era capaz de arrepentirse. A Tomás Meza, mayordomo del Palacio que lo ayudó a regresar al Ejército después de haber sido expulsado, lo hizo azotar “con una de esas varas que usaban con los apristas”, cuando encontró una cucaracha frita entre los pliegues de un churrasco. Luego se arrepintió, pidió disculpas, se llevó la mano al bolsillo, e hizo promesas que no alcanzó a cumplir.

Su paso por la escena fue breve y fulgurante. Dejó una colección de cuadros inolvidables para quienes los vieron. Sánchez Cerro descendiendo de un aeroplano que lo trae desde Arequipa, después de haber desalojado a Leguía del poder. Sánchez Cerro herido en el atrio de una Iglesia en Miraflores. Sánchez Cerro muerto a tiros a quemarropa en el asiento trasero del Hispano-Suiza presidencial, al lado de un espantado y salpicado de sangre, José Matías Manzanilla, el jurista.

Era tan fuerte su colorido que dejó un sello en muchas, demasiadas cosas. Sánchez Cerro, como Gamarra, como Velasco, como Castilla, representa cada uno en su tiempo, el duradero arquetipo del gobernante militar, esa mezcla atrayente y venenosa del macho alfa adornado con los alamares del uniforme. En el caso de Sánchez Cerro, fue efectivamente cerril.  

Su muerte temprana nos ahorró el espectáculo de verlo contra el telón de fondo del fascismo ascendente. Murió el mismo año en que Hitler llegó al poder, y tuvo once años de Mussolini para aprender algo, pero aparentemente era demasiado antiteórico, o tuvo muy poco tiempo para reconocer a qué familia pertenecía. Esa tarea le perteneció a Luis A. Flores, nuestro fascista oficial, que durante décadas vendió su legado político a cambio de embajadas en algún país centroamericano, hasta que literalmente no quedó nada que vender, si alguna vez hubo algo. En el Presbítero Maestro hay un bronce impresionante que probablemente será lo más duradero. Congratulémonos por eso, habría sido atroz tenerlo muchos años de gobernante, como sin duda planeaba.

¿Y el dedo?, ¿qué pasó con el índice derecho que fue amputado esa noche? El doctor Parodi es demasiado rutinario y circunspecto para decirlo; además, esas cosas no se preguntaban, pero puede deducirse lo que siguió: el dedo fue arrojado al canasto de la basura envuelto en las gasas ensangrentadas que dejó la operación. Permaneció durante horas o días allí, hasta que el carretón de dos ruedas de la Baja Policía lo recogió y llevó a El Montón, el muladar ancestral de la ciudad. Hay descripciones de este fascinante lugar como una ciudadela anexa, un mundo interior que tenía sus propios reinos de la naturaleza. Los reinos vegetal y mineral habían sido reemplazados por montes de basura, el aire transparente por una atmósfera azulada y humosa, que se quemaba día y noche –eran demasiados siglos de basura– y que nunca terminaba de arder. El reino animal, además del hombre y sus muchos niños, estaba representado por rebaños de gallinazos y cerdos que merodeaban libres allí donde los carretones hacían su descarga. Guiado por su buen olfato, ¿cuánto tardaría un cerdo en toparse con esa apetitosa mata endurecida de algodones que tenía en su interior, como crocante premio, el dedo de Sánchez Cerro? Seguramente nada, y en ese momento, por ese acto secreto, el universo volvió a completar su indiscutible orden. 

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