Manuel Ulloa Elias antes de uno de sus viajes. Fotografía de la década del 50.
Manuel Ulloa Elias antes de uno de sus viajes. Fotografía de la década del 50.
Edición 2482: Jueves, 6 de Abril de 2017

El Joven Ulloa

Escribe: Luis Jochamowitz | Cuando nada estaba escrito.

Manuel Ulloa Elias antes de uno de sus viajes. Fotografía de la década del 50.
Manuel Ulloa Elias antes de uno de sus viajes. Fotografía de la década del 50.

No el aparente poderoso ministro de Hacienda y Comercio, ni el Premier como se decía pomposamente a la francesa, tampoco el perseguido político con orden de captura en el territorio nacional, ni siquiera el ¿banquero?, ¿accionista?, de montañas de dinero rockefelleriano en América Latina. Sino un Manuel Ulloa Elías (1922-1992) anterior, cuando todavía no tenía dinero, al menos no mucho, y no sabía bien qué iba a ser de su vida.

Ese momento, la fase larga o corta en que el personaje en cuestión se hace de “una posición”, como diría Proust, resulta de lo más interesante en hombres realistas como se supone son los políticos. Pedro Beltrán, por ejemplo, heredó una fortuna mediocre que se habría agotado en unos pocos años, por muy austeros que fueran sus gustos; además quería estudiar economía en Londres, así que buscó a Augusto B. Leguía, otro mago de las finanzas personales, para pedirle consejo. Leguía lo escuchó y le hizo una propuesta inesperada: “Entrégueme el dinero a mí”. Beltrán no lo dudó, estudió en Londres y regresó al Perú más rico de lo que se fue, aunque su fortuna siempre fue menor que la de sus congéneres “los agrarios”.

De Ulloa se sabe menos, pero con él puede trazarse una línea de base y concluir o imaginar el resto. Hasta hace unos años todavía existía la vieja casa familiar en la calle Atahualpa de Miraflores. Recuerdo un pórtico con tejas falsas cubierto por enredaderas de jazmín del Cabo, y adentro, imaginada, la árida biblioteca de su padre, Alberto Ulloa Sotomayor, tratadista, diplomático, embajador en Holanda o Chile. ¿Cuánto le dejaría de herencia? No mucho más que una “buena educación”, es decir, colegio religioso, una dura carpeta en San Marcos, segundo idioma, y un gusto aceptable por la lectura, las artes y el pensamiento claro. Casi todo adquirido en la casa más que en la escuela.

Heredó sí un mundo de relaciones sociales y un apellido prestigioso que le abría todas las puertas. Hacia mediados de la década del 50 se marchó del Perú para vivir en Nueva York. Sus razones, a diferencia de tantos otros a los que el medio les era hostil, a él le resultaba pequeño. Después de todo, la capital estaba llena de sucursales, la Grace, la Cerro, la International Petroleum, Lima era una gran sucursal, mejor sería ir a las centrales. Nace “el hombre de las Bahamas”, como lo llamó Pablo Macera, aunque todavía en pequeña escala. ¿A qué se dedica en los años siguientes? En términos generales a hacer dinero, una condición necesaria para la realización de otros planes que a un hombre con imaginación nunca le faltan.

Ulloa el ministro de Economía, año de 1982.
Ulloa el ministro de Economía, año de 1982.
En 1958 tiene 36 años, fin de juventud, y publica en CARETAS dos artículos casi autobiográficos. El primero es sobre Porto Ercole, una caleta de 300 pescadores a dos horas y media de Roma en agosto. Es una crónica de quince días en el paraíso, escrita en plural no mayestático sino de a dos, llena de observaciones maravilladas. “Todo es tan diáfano en las mañanas, el aire vibra con voces, cantos, golpes de martillo y ruidos de motores que estremecen el agua”. De regreso a la ardiente Roma, manejando entre las suaves colinas de la Toscana, piensa en el Perú. “Qué diferente todo esto a nuestras sequedades, a las rugosidades de nuestra geografía”. Y sin embargo, por muy bella que sea Europa, no puede dejar de sentirse siempre “de paso…nostalgia de América, de nuestro viejo y joven país”.

El siguiente artículo se publica poco después, no es una crónica sino un balance de su regreso al Perú. “Se llega con entusiasmo y mucha curiosidad, quizás hasta con la esperanza de encontrar algo nuevo, de intuir cambios profundos y sorprendentes (…) los primeros días son de euforia, de alegría mal disimulada frente a las caras familiares y amigas, se pasan rápidamente aprehendiendo con avidez todo lo que se ofrece a nuestras ilusiones”.

Pero conforme pasan los días el cuadro se va oscureciendo. Hay más automóviles, “a juzgar por la estridencia de las calles”, más edificios públicos, más pistas asfaltadas, pero “pasado el entusiasmo, lo que se ve no es nada alentador por que indica que, en lugar de progresar, el país se ha retrasado y su gravísima crisis institucional sigue sin resolverse”.

Como si fuera un viajero del pasado, este nuevo Ulloa encuentra al limeño frívolo, débil, mediocre, conservador, completamente inadecuado para representar al enorme, complejísimo país. “Este contraste entre el Perú y su representación, es igual al que podría ofrecer un grupo de cómicos interpretando un drama o una tragedia. Se invierte la escala de valores, el énfasis va a lo superficial, se estudian los efectos y no las causas, hay desconcierto frente al eco y se acaba ofreciendo un espectáculo lamentable”.

Y así, “lejos de progresar, seguimos retrocediendo”. Es 1958, Lima ya tiene “una corona de miseria” que la circunda, pero apenas se inquieta. La ciudad se agita entre “rumores, intrigas y componendas. Generación tras generación, se esteriliza en estas aberraciones. La ignorancia se ahonda, el empirismo campea libre y floreciente. Lo anecdótico y circunstancial gobiernan el diario vivir, sin que se aprecie verdadera comprensión por las realidades del país”. Nadie parece darse cuenta que “está en juego la fortaleza de los cimientos sobre los que tan penosamente se ha construido esta nación”. Pero todo tiene un final, llegará “un día en que el peso de nuestros montes y el caudal de nuestros ríos se desborden hacia Lima para hacer oír sus sordas y mugientes voces, acallando la desordenada estridencia de nuestra frívola ciudad”.     

CARETAS, Edición 159 y 160, agosto y septiembre de 1958.

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