Luis Felipe Angell de la Lama, el autor peruano más leído del siglo XX.
Luis Felipe Angell de la Lama, el autor peruano más leído del siglo XX.
Edición 2481: Jueves, 30 de Marzo de 2017

Boceto Para una Efigie de Sofocleto

Escribe: Luis Jochamowitz | Luis Felipe Angell, 1.98 de altura, 100 kilos de peso, 162 volúmenes de obras completas.

Luis Felipe Angell de la Lama, el autor peruano más leído del siglo XX.
Luis Felipe Angell de la Lama, el autor peruano más leído del siglo XX.

Cuando se inscriba definitivamente el escalafón literario del siglo XX, ¿dónde pondrán a Luis Felipe Angell, Sofocleto (1926 – 2004)? Escritor, autor de varias novelas premiadas que nadie ha leído, ni siquiera yo; periodista, pero, ¿quién no es periodista?, hasta él que una vez le preguntó a un obispo argentino si creía en Dios; humorista, su otro, su verdadero yo; libelista y politicón, es decir, cartas notariales, escenas callejeras, juicios y deportaciones, todo muy desagradable. Sofocleto se derrama como una mancha de tinta sobre 40 años de imprenta en el Perú.

El canon de la alta cultura lo colocará en las últimas páginas, entre la bazofia declarada y el acierto ocasional. Considérese, no obstante, que si alguien fue el autor de cabecera de lo que se podría llamar el lector con secundaria completa, ese fue Sofocleto. Durante años fue el autor peruano más leído. Sus libros, amontonados en rumas en cualquier librero de viejo, dan cuenta todavía hoy de esa aplastante superioridad en el famélico pero muy real mercado del libro. Autoeditor, fusionó la escritura con la industria, sellando un pacto con alguien igual o peor que el diablo –él mismo– convertido en una incesante fuente de palabras hasta quedar tan exprimido como limón de emolientero, para usar una de sus imágenes.

Duró más de lo que cabía esperar. Sofocleto corresponde a la época de los automóviles americanos con grandes aletas, a los cigarrillos Camel y Lucky Strike, al Cream Rica y el Tip Top, a los peinados bombé. Su obsolescencia se precipitaba vertiginosamente hacia el presente; además, nada cambia más rápido entre una generación y otra que el sentido del humor, acaso sea un acto defensivo. Sin embargo, su obsolescencia tardó mucho tiempo en ser declarada, lo que demuestra el poder de la persistencia entre nosotros. Apareció como estrella ascendente en la segunda mitad de los cincuenta, brilló en los sesenta, se sostuvo en los setenta, declinó en los ochenta y arrastró su ataúd en los noventa. 

Sofocleto  de cuerpo entero, fotografía de los años sesenta.
Sofocleto  de cuerpo entero, fotografía de los años sesenta.
Lo que alguna vez pareció un ejercicio brillante de la inteligencia, devino, sin cambio aparente, en juego de palabras no del todo comprensible, en adivinanza sin respuesta. Era el público el que había cambiado. En ese tránsito, sin embargo, dejó una influencia difícilmente calculable pero cuantiosa. La palabra “cojudo”, por ejemplo, si bien de antiguo y erudito uso, alcanzó con él la mayoría de edad en el lenguaje popular escrito. Otro tanto sucedió con una de las especialidades del humor criollo: la creación de “chapas”. Es probable que fuera el más prolífico acuñador de apodos del siglo, los lanzaba sin solución de continuidad, y muchos seguían circulando y heredándose cuando el personaje en cuestión ya había desaparecido.

Lego a un lector más avanzado el comentario sobre la clase de humorismo que practicó. Como en todos los monstruos de la lectura (más que de la escritura), se hallarán allí los restos fosilizados de sus lectores. “Yo soy el reflejo de mi público”, dijo en una entrevista de 1958. Su relectura desenterrará los vestigios mentales de una civilización desaparecida, las frustraciones y quimeras de miles de empleados públicos y privados, boticarios, dentistas, abogados, amas de casa ilustradas, en suma, la tropa de la lectoría de su tiempo. Allí se encontrarán los sueños y pesadillas colectivas, desde el naufragio en una isla desierta con una mujer hermosa, hasta la suegra con ruleros y rodillo que aguarda en la puerta de la casa. Quien sea capaz de leer esos jeroglíficos entrará al paraíso-infierno de una mesocracia extinguida que comía tallarines los domingos y compraba su periódico todos los días.

También se podría preparar una antología de frases escogidas. Había en el humorista Sofocleto una especie de escritor malogrado, un productor de frases inconexas, cada una con un motor y una dirección diferente. Gustos de la época o patologías del lenguaje, el hecho es que no fueron pocas las veces en que lo visitó la gracia. Preparar esa antología sería un trabajo colosal, habría que patrullar miles de páginas, barrer decenas de miles de sinlogismos y sofonetos. Es muy posible que cien o doscientas frases basten para salvarlo del olvido, al menos durante un siglo. 

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