Segisfredo Luza, de psiquiatra eminente a eminencia gris de psicosociales.
Segisfredo Luza, de psiquiatra eminente a eminencia gris de psicosociales.
Edición 2480: Jueves, 23 de Marzo de 2017

El Asesino y la Suicida

Escribe: Luis Jochamowitz | Todos estamos locos o es pura casualidad.

Segisfredo Luza, de psiquiatra eminente a eminencia gris de psicosociales.
Segisfredo Luza, de psiquiatra eminente a eminencia gris de psicosociales.

Una tarde gris azulada” de 1958, María Luisa García Montero, periodista de la alta sociedad, visitó el consultorio del psiquiatra Segisfredo Luza, en un edificio del centro de Lima. Con esa obcecación que le ganaba fama de lunática, Marilucha, como firmaba sus crónicas sociales, quería que le respondan una, sola, gran pregunta, que en términos generales se podría formular así: “¿Estoy loca?”

Naturalmente comprendía que esa pregunta no podía hacerse de esa manera, no al menos desde el principio, pero ya encontraría el modo de llegar allí. El consultorio estaba lleno de gente, “es curioso el consultorio de un psiquiatra. Todos se miran pensando ¿estará o no estará?”. Su agudo detector de anomalías la entretenía con estas cosas, cuando la hicieron pasar al despacho de Luza.

Era un hombre de 30 años, aunque parecía de 40 por la seriedad absoluta. Vestía un terno gris impecable, usaba gemelos, un pañuelo en punta en el bolsillo del saco, y tenía detrás de él un retrato de Honorio Delgado, su maestro. El cuarto era pequeño, viejo truco de psiquiatra, pero tenía un gran sofá verde. A Marilucha le habría encantado echarse en el sofá y hacer la entrevista desde allí, pero sabía que eso no se hacía. Luza prende un cigarrillo y le invita otro. Al principio la entrevista gira sobre la psiquiatría moderna, Luza encomia “los tratamientos físicos por electro shock”, la vasta farmacopea, la milagrosa insulina.

María Luisa García Montero, retrato de estudio.
María Luisa García Montero, retrato de estudio.
Entonces Marilucha inicia su movimiento envolvente. “¿Por qué existe tanto temor al psiquiatra?”, “¿es qué la frase enfermo mental es demasiado fuerte?”, Luza se va interesando cada vez más en el caso, “de pronto se agarra el cuello, abre sus ojos brillantes y me cuenta”. Sigue un largo parlamento que desemboca en uno de sus temas predilectos: los genios locos. En cosa de minutos desfila por el consultorio una pléyade de grandes hombres. Nietzsche, “sufrió una infección al sistema nervioso”, Kierkegaard, “un enfermo melancólico”.

–“¿Goethe, Doctor?

–“No, Goethe era un maniaco depresivo”.

“Dostoievski y Julio Cesar, dos epilépticos”, “Beethoven, Mozart, Flaubert y Poe, alcohólicos”, Schumann, “esquizofrénico”. Solo Kant, Hegel y Descartes se libran de ser encamisetados.
Ligeramente excitado por el ejercicio, Luza prende un segundo cigarrillo. Ya está casi a tiro de piedra.
–“¿Y la neurastenia de nuestro tiempo?”

Luza sonríe como si fuera la pregunta más ingenua del mundo. Le explica que siempre existió, que antes se llamaba melancolía, o sensibilidad, o tedio, o mal del siglo. Ya está casi listo, pero en ese momento “tocan la puerta, Luza se queda inmutable. Es hora de partir. Entonces le lanzo la pregunta clave: ¿somos o no somos normales?”

Luza la mira impaciente y ensaya una respuesta teleológica que no le es suficiente a ella. “Como lo miré insatisfecha, agregó:

–No hay hombre normal”.

Marílucha acompañada en noche de sociedad.
Marílucha acompañada en noche de sociedad.

En esa época palabra hombre incluía a las mujeres, Marilucha sintió que había encontrado su respuesta, o al menos que estaba lo más cerca posible.

Ocho años después, Segisfredo Luza descargó quince disparos sobre el cuerpo de su rival amoroso Fares Wanuz, y luego lo envolvió en una alfombra tratando de desaparecer el cuerpo. Un momento de locura desatada se dirá, y es cierto. Pero lo más importante, después de los años de juicio y prisión, fue el nacimiento de un nuevo Segisfredo Luza, un genio tenebroso, con nombre de personaje gótico, lo más parecido que hemos tenido al Doctor Víctor Frankenstein.

Dos años después del crimen de Luza, Marilucha García Montero subió las escaleras de su desértica mansión familiar en la Avenida Arequipa. Había estado bebiendo con un tal Pool, personaje de la época, pero cuando se quedó sola, subió a la azotea, se encerró con llave en un pequeño cuartito de la servidumbre, y se sirvió un vaso de ácido muriático. Es inútil preguntarse si pensó en esos momentos que ella era la autora de la columna “Coctel Party”. Tampoco se sabe si dejó una carta, documento exigible a todo suicida. Si esa carta existió, lo más probable es que ya no exista. Sin dejar de considerar el patetismo de la situación, sería interesante saber cómo explicaba ella eso que Luza le dijo en cuatro palabras: “No hay hombre normal”. 

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