Enrique López Albújar, seguía a Alegría desde la distancia.
Enrique López Albújar, seguía a Alegría desde la distancia.
Edición 2476: Jueves, 23 de Febrero de 2017

Una Amistad Literaria

Escribe: Luis Jochamowitzn | Ahora que se cumplen 50 años de la muerte del gran Ciro (1967)

Enrique López Albújar, seguía a Alegría desde la distancia.
Enrique López Albújar, seguía a Alegría desde la distancia.

Es bonita la historia de López Albújar y Ciro Alegría, tal como la cuenta Alegría. Cuando era un adolescente se escapó del colegio en Trujillo y viajó a Lima con “tres camisas y varios poemas y crónicas”. Pensaba vivir de sus escritos, pero los periódicos “mandaron al canasto” sus colaboraciones, y el primer día que se quedó sin almorzar se metió en el caserón donde funcionaba la Biblioteca Nacional y pidió los “Cuentos Andinos” de López Albújar. Había leído algo en un periódico, la tapa del libro era blanca con letras azules, se sentó en la sala. “Olvidé el hambre y el tiempo. Cuando salí la ciudad encendía sus luces y yo era otro”. El lector quisiera seguir por las calles que anochecen al “escritor adolescente” que acaba de fracasar, pero que ya “columbra” algo en el aire. “Muchos aspectos de los Andes que conocía estaban en el libro y, quién sabe, el muchacho podría añadir algunos más”. Pero la relación recién empieza.

En 1934 a Ciro Alegría ya no le rechazaban las colaboraciones, al menos no tanto como antes, pero nadie o casi nadie lo conocía. Un día estaba en la redacción de la revista “Panoramas” cuando de pronto ingresó Enrique López Albújar. “En persona”, escribe un impresionado Alegría que guardó en la memoria algunos detalles. La gente lo rodeó de inmediato, llevaba un fajo de carillas en la mano, hablaba “con empaque”, como si estuviera entre viejos amigos, “era más bien grueso, de cara llena. Vestía atildadamente si se considera que usaba escarpines”. Nadie los presentó y el escritor de 64 años no se fijó en el muchacho de 26. En una reacción de joven artista, Alegría sintió que estaba de más y decidió marcharse.

Ciro Alegría poco antes de su muerte en Lima, en febrero de 1967.
Ciro Alegría poco antes de su muerte en Lima, en febrero de 1967.
“Días van, días vienen” según la suelta fórmula de Alegría, en 1935, desterrado en Chile, publica “La Serpiente de Oro”, libro que unos años después cae en manos de López Albújar. El aire de familia es demasiado notorio para no reconocerlo. Nada los comunica sin embargo, López Albújar lleva en Tacna la vida de un vocal de la Corte Superior. Solo a veces, en las noches, se encuentra con otro abogado, Miguel Ángel Cornejo, antiguo profesor de Castellano y Literatura de Ciro Alegría, y hablan del joven autor. Alegría, por su parte, vive en Estados Unidos, en Puerto Rico, en Cuba, en 1941 gana un premio de novela de la editorial Farrar & Rinehart, y se convierte en el primer “escritor famoso” del Perú, es decir, reconocido primero en el exterior, fenómeno que más tarde amplificaría Mario Vargas Llosa.

Pero para ocupar ese puesto, primero tenía que regresar. Pasaron 23 años desde que la policía lo deportó en un vapor que salía rumbo a Valparaíso, hasta la noche de 1957 en que su vuelo aterrizó en el aeropuerto de Limatambo. Lo esperaba una pequeña multitud de parientes, amigos, lectores y “un enjambre de periodistas y escritores”. Solo la multitud que vitoreó a Ribeyro una famosa noche en Miraflores, superaría en número a esta concentración literaria, que tenía el mérito de reunirse de madrugada. Entre los abrazos y la gente, Alegría notó con sorpresa que López Albújar también estaba en el aeropuerto. Manuel Scorza le había dicho que estaba cerca de cumplir los 90 años, exageraba pero no tanto.

“Al fin lo veo amigo – fue lo primero que le dijo López Albújar – yo me recojo temprano pero tenía que venir a recibirlo”.

En los años siguientes se vieron muchas veces, casi siempre en las visitas que Alegría hacía a López Albújar, que lo recibía “como estoy en la casa, ¿para qué ponerse futre?”. Es evidente que los dos disfrutaban de la mutua compañía, Alegría hablaba de “múltiples coincidencias” y López Albújar le comentó meses después de haberse visto por primera vez: “Su conversación me ha sonado familiar. Sea por nuestros libros o nuestra manera de pensar, y una mutua estimación personal, me parece que hemos sido amigos desde hace muchos años”.

1957, después de 23 años de exilio, Ciro Alegría regresa al Perú.
1957, después de 23 años de exilio, Ciro Alegría regresa al Perú.

Las escuelas literarias hablan de la novela indigenista, neo o post, y en efecto, había una continuidad, unas afinidades que los críticos pueden identificar con su nombre, pero la base primordial de ese entendimiento estaría hecha de complicidades que solo da una cultura común. Ellos eran, finalmente, los narradores del Perú septentrional, más o tan mesoamericano como quechua. Quizás sea significativo que López Albújar le haya comentado a Ciro Alegría, que la sierra lo deprimía, los cerros lo empequeñecían, lo suyo era los arenales y los algarrobales. A diferencia de Arguedas, que construyó su estilo utilizando los cimientos del quechua, ambos eran naturales del castellano, se sentían totalmente cómodos en él, y creían que los podía conducir hasta las cimas que ellos fueran capaces de escalar. Ambos aspiraban al drama y las aventuras, a los grandes territorios y a las peripecias  administradas a lo largo de las páginas.

Por una vez en una historia de desconexiones, la relación de Enrique López Albújar y Ciro Alegría, proporciona una sensación de orden y continuidad. Alegría apreciaba eso, desde joven había sido “respetuoso” con sus mayores literarios, aunque confesaba haberse reído junto a sus amigos literatos de los escarpines de López Albújar, que sufría de frío en los tobillos. Reaccionando a algún episodio reciente, Alegría consideraba que los jóvenes de los años sesenta, eran diferentes y se consideraban “genios fulminantes”.

Pero la amistad no duró mucho tiempo. En 1966 murió López Albújar a los 93 años, fue enterrado “con una lluvia de papel impreso” en la que Alegría puso su parte. Para entonces ya ocupaba el cargo de “escritor famoso” del Perú, aunque eso solo significaba una diputación por Lima, y la presidencia del gremio oficial de escritores y artistas, una olla de grillos que tenía local propio y sello de tinta. La mala salud, el hígado, la úlcera duodenal, y finalmente un derrame cerebral, acortaron su vida. Murió a los 58 años y se desató otra tormenta de papel impreso que él habría recibido tranquilo, emocionado.