Federico Schwend en su casa de Santa Clara en los años 60. Recibía a todo el mundo.
Federico Schwend en su casa de Santa Clara en los años 60. Recibía a todo el mundo.
Edición 2474: Jueves, 9 de Febrero de 2017

Nuestro Nazi

Escribe: Luis Jochamowitz | Una ciudad donde hasta los criminales de guerra se adecentan.

Federico Schwend en su casa de Santa Clara en los años 60. Recibía a todo el mundo.
Federico Schwend en su casa de Santa Clara en los años 60. Recibía a todo el mundo.

Que se sepa nadie dijo que Hitler vivía escondido en el Perú, ni teníamos una larga lista de exnazis, a diferencia de otros países como Argentina, Chile o Paraguay. Estábamos a trasmano en el Pacífico, los exjerarcas nazis se sentían más a gusto en el bosque frío de la Patagonia, por ejemplo. Que se sepa solo teníamos un exnazi notorio, y todo el mundo sabía que vivía en un caserón con reja en el kilómetro 17 de la Carretera Central. Se llamaba Friedrich Schwend y en diversas épocas y por distintas razones, pasó por la ingrata experiencia de llamar la atención de la prensa.

Contar una vida en mil palabras es un propósito tan desproporcionado que se agradece todo lo que se ignora. En la era del internet y los documentos desclasificados, sin embargo, la información se amontona y es imposible ignorar ciertas cosas. Bocklingen, 1906, en los inicios se registran pequeños negocios en la compra venta de armas, en los años treinta se casa con la sobrina del Barón von Neurath, ministro de Hitler. Gracias a conexiones familiares ingresa a trabajar en la administración de la fortuna Bunge & Born, parece haber sido fuerte con los números, en especial los aplicados al dinero.

En algún momento de esa década ingresa a las SS, y se hace nazi ferviente. Cuando comienza la guerra forma parte de la Acción Bernhardt, una gigantesca operación de falsificación de libras esterlinas, realizada con el conocido perfeccionismo del trabajo alemán. Schwend es enrolado a título de “pagador” y recibe el nombre de Doctor Fritz Wendig, que opera desde un castillo en el norte de Italia.

La Acción Bernhardt se presentaba como una acción de guerra contra la moneda inglesa, pero también era una fuente inagotable de recursos para la inteligencia alemana. Cuando Heinrich Himmler escuchó quejas sobre la codicia de su “pagador” en Italia, lo defendió diciendo que Schwend valía “más que una división completa”. De hecho, la Inteligencia fue una de las pocas ramas del aparato de guerra alemán que logró el sueño de la autofinanciación.  

Debieron ser años en los que todo le parecía posible. Disponer de 200 millones de libras esterlinas, y tener apuro en gastarlos lo más rápidamente posible, da para muchas iniciativas. Hacia el final de la guerra, mientras los ejércitos aliados avanzaban sobre Alemania, recibió la orden de viajar a las montañas de Austria con el botín de billetes falsos que aún le quedaban. De las muchas cosas que se ignoran sobre Friedrich Schwend, queda en particular un día de 1945 al borde del lago Toplitz, a 100 kilómetros de Salzburgo. Entre otros, esa mañana estaban en la orilla del lago Otto Skorzeny, el aventurero nazi que participó y se atribuyó el rescate de Mussolini en el Gran Sasso, y más allá, el burocrático Adolf Eichmann, que ese día había roto la rutina de la oficina. Estaban reunidos para proceder al hundimiento de un tesoro en las aguas del Toplitz, descrito como una grieta de roca de un kilómetro de largo y cientos de metros de profundidad. El tesoro constaba de 20 “cajas fuertes” o “cofres”, que contenían oro, documentos y billetes falsificados. Alguno de los presentes, tal vez no Schwend, que no parece haber tenido gusto por las letras o la música, se habría dado cuenta que asistían a una ceremonia wagneriana con el hundimiento de ese tesoro en las aguas.

Ingrid Schwend de Oliveita en 1965, durante el juicio por el asesinato del Conde Sartorius.
Ingrid Schwend de Oliveita en 1965, durante el juicio por el asesinato del Conde Sartorius.

El siguiente acto comienza en 1947, con un inmigrante alemán que ingresa por el puerto de El Callao. Parece un personaje totalmente diferente del nibelungo de los años de la guerra. Ha engordado y se presenta como un genérico comerciante. Aunque en Extranjería no lo saben, fue arrestado por los norteamericanos en 1945 y dejado en libertad al poco tiempo a cambio de información que permitió el rescate de diversos caudales. Friedrich Schwend se siente tan seguro en su nueva vida que ni siquiera se cambia el nombre, a lo más lo castellaniza un poco, en adelante será Federico Schwend.

Los años siguientes lo tratan muy bien. Es un señor obeso, rosado, amable, sonriente. Vive en una gran casa en Santa Clara rodeado de árboles, jardines y animales. No se oculta de nadie, aunque tampoco quiere llamar la atención. El asunto del tesoro hundido es demasiado llamativo para que la prensa europea lo olvide por mucho tiempo. En esa época quizás era más conocido en Europa que acá.

En 1963, su hija Ingrid de 24 años, llenó de titulares los diarios locales al matar de cinco disparos a su amante, un conde español con un nombre faulkneriano, Sartorius. El caso reunía los ingredientes de crimen, sexo y dinero, por lo que fue minuciosamente reporteado. Ingrid, una valquiria rubia y regordeta, fue fotografiada infinidad de veces y citada al lado de su famoso padre. La discreción se había ido al diablo.

Pero peor fue lo que sucedió en 1972, cuando su amigo y socio, Klaus Barbie, fue descubierto en Lima alojado por tiempo indefinido en la casa de Santa Clara. Barbie era perseguido por crímenes de guerra y contra la humanidad. Dos corresponsales extranjeros, Albert Blum y Herbert John fueron los que identifican a Barbie y casi de inmediato se presentan en Lima dos cazadores de nazis, los esposos Serge y Beate Klarsfeld. Barbie huyó a Bolivia donde sería finalmente detenido y extraditado a Francia, que lo juzgó, condenó y encerró hasta el día de su muerte en 1991.

Para Schwend todo ese ajetreo tan cerca de su casa resultó fatal a la larga. Cuatro años después de la captura de Barbie, el gobierno peruano lo deportó a Alemania donde fue condenado a dos años de prisión suspendida por el asesinato de uno de sus agentes en Italia, cuando era el Doctor Wendig. Deportado de regreso al Perú, por un breve tiempo volvió a ser “Don Federico”, el gordo y amable señor que compraba el pan en la panadería de Santa Clara, el nazi “que todo el mundo conocía”, como lo llamó el corresponsal de France Press. Pero ya no hubo tiempo para más, murió en Lima en 1980.