Alex Olmedo, “El Inca”, “El Cacique”, “El Jefe”. Derecha, Alejandro Olmedo en vísperas de hacerse profesional, tras siete años de amateur.
Alex Olmedo, “El Inca”, “El Cacique”, “El Jefe”. Derecha, Alejandro Olmedo en vísperas de hacerse profesional, tras siete años de amateur.
Edición 2473: Jueves, 2 de Febrero de 2017

El Campeón Descontento

Escribe: Luis Jochamowitz | Ascenso y malestar en Alejandro Olmedo (1959)

Alex Olmedo, “El Inca”, “El Cacique”, “El Jefe”. Derecha, Alejandro Olmedo en vísperas de hacerse profesional, tras siete años de amateur.
Alex Olmedo, “El Inca”, “El Cacique”, “El Jefe”. Derecha, Alejandro Olmedo en vísperas de hacerse profesional, tras siete años de amateur.

Se secó el sudor de las dos manos en el pantalón. Con la izquierda lanzó la pelota hacia arriba, mientras con la derecha que terminaba en raqueta, inició una eficiente curva en el aire. Se encontraron en el punto, en el momento exacto. La raqueta completó su poderoso giro, pero la pelota partió disparada en trayectoria oblicua. Cruzó la red a pocos dedos de distancia y descendió rasante, casi plana, sobre un área remota del campo contrario. El australiano Cooper se estiró y alcanzó a tocarla, pero solo fue un rebote que murió en la red. El set, el partido, la Copa Davis se habían ganado.

Hizo lo que todos, levantó la raqueta y gritó. El primero que ingresó a la cancha y se abalanzó hacia él agitando su sombrero de paja, deben quedar fotografías del momento, fue Perry Jones, un setentón, jerarca del tenis del sur de California. Unos segundos después una pequeña multitud de aficionados, fotógrafos y curiosos lo rodeó. Alguien que estuvo muy cerca y sabía castellano, dijo que lloraba y repetía como incrédulo “Caramba... my God… caramba…”  

Los norteamericanos fijaban el comienzo de la historia en 1954, cuando se presentó en Los Ángeles, con 18 años, una maleta y la promesa de 75 dólares mensuales girados desde el Perú. Es una historia de lento ascenso, llena de camas camarotes, habitaciones estudiantiles atestadas y empleos nocturnos. Pero también sinecuras como un puesto en el Consulado del Perú, y carnet para ingresar a los mejores clubs de tenis.

En el Perú la historia comenzaba más atrás, Arequipa, 1936, segundo hijo de siete, de Salvador Olmedo y Fortunata Rodríguez, la historia común de un hijo del pueblo llano de la ciudad. Su padre, pequeño empleado, como un jardinero o un mayordomo, se ganaba la vida como instructor de tenis en el viejo Club Internacional.  La aparición del tenis tan al principio y en el centro de su vida, lo define todo. A los tres años va de la mano de su madre al enorme club que le parecería un lugar mágico. A los cinco años ya es recogebolas en el club. El poder de atracción y concentración que ejerce la pelota sobre el alma infantil, debe haberse desarrollado en infinidad de tratados de psicología o pedagogía. El tenis, el club, su padre, la línea es demasiado transparente para resaltarse más. En la cúspide estaba el tenis, a quien todos los sacrificios le eran ofrecidos. Sea dicho de paso, él mismo, no parecía a primera vista destinado para el tenis. Largo, magro, huesudo a cierta edad, “era un niño alto, flaco, que no atraía particularmente al espectador”, lo describió el dirigente Jorge Harten, su primer escalón.

En la base del triángulo, su padre y el club, el deseo de emulación del hijo, su derecho casi natural de ingresar al club donde nunca sería un igual, y más tarde, sus ansias de ganar, algo más que espíritu deportivo, la necesidad de justificar su presencia, y hasta la oportunidad de saldar pasadas injusticias, como la prohibición que siempre pesó sobre su padre, y más tarde sobre él, de participar en los campeonatos por ser empleados del club. La base del triángulo no se unía bien.

Saludos desde el camaríno, el día que ganó la Copa Davis en Australia, tenia 22 años.
Saludos desde el camaríno, el día que ganó la Copa Davis en Australia, tenia 22 años.

*Y sin embargo, no se puede decir que “le faltó apoyo” como apostillan los periodistas deportivos.

Obtenerlo lo colocaba en el incómodo papel del pedigüeño, era escaso y con frecuencia impuntual. Pero a los 13 años ya había sido traído a Lima, dormía en su primera cama camarote comprada por un aficionado, instalada en el Regatas, y estudiaba en el Colegio Santo Tomás de Aquino. En los siguientes cuatro años el tenis lo fue todo, como si fuera un profesional, solo que era un aspirante.

La larga aspiración continuó en los Estados Unidos. Tampoco le faltaron benefactores, el primero Joe Ciani, propietario de una tienda de artículos de tenis en un parque público, donde trabajó como dependiente. Pero también hubo escollos, como Perry Jones, el primero que lo abrazó cuando ganó la Davis, pero que al principio lo miró sobre el hombro. El zar del tenis del sur de California le mandó decir que si quería jugar en un campeonato debía parecerse más a todo buen chico americano y matricularse en un colegio. Lo inscribieron en el Modesto Junior College, a 450 kilómetros de Los Angeles.

Jones era tiránico pero no tonto. Pasaba por una mala racha, sus equipos no ganaban un campeonato nacional desde hacía varios años, y comprendía que si no encontraba pronto un gran jugador, sus días de dirigente estaban contados. No tardó demasiado tiempo en descubrir que este muchacho podía ser su carta de regreso al gran tenis. Lo trajeron de Modesto, lo matricularon en la Universidad de California y le pusieron dos entrenadores.

II

Un año y meses después de ganar la copa Davis y el Wimbledon, Alejandro Olmedo perdió un partido en Chicago contra un tal Abe Segal, descrito como “un jugador de segunda categoría, de cancha municipal”. El contraste marcó el punto más crítico hasta ese momento en su carrera deportiva, su equipo había quedado eliminado de la Davis antes de las semifinales, y era evidente que el esplendor de hace un año había desaparecido. James Murray, del Sport Illustrated, fue comisionado para investigar el caso, viajó por el país, habló con muchas personas en Los Angeles y se encontró con Olmedo en un club de tenis en Massachusetts.

La trama es demasiado compleja siquiera para resumirla, involucra cansancios acumulados, intrigas de dirigentes deportivos, dinero que no tiene y ve pasar. Murray lo encuentra desalentado y rebelde. ¿Cuál es la causa? “La verdad es que Alex ha escogido un deporte todavía dominado por los muy ricos y los muy blancos”. El muchacho “tiene una personalidad cautivante” y la mayoría de gente lo acepta, pero no faltan incidentes, como la vez que el Presidente del club lo encontró “llorando convulsivamente” en un salón desierto, después que un socio le había dicho “¿qué haces aquí chico?”. Murray no estaba para conocer historias anteriores, como la vez en Lima en que un rival derrotado se negó a darle la mano después de un partido, o todavía más antiguas, como la vez en que no se pudo inscribir en un campeonato del Club Internacional de Arequipa, y le dijo a su padre: “No importa. Un día yo saldré en el Reporter Esso”.

Un año después de ganar todos los títulos, ese fondo de frustración emergía confusamente como si al fin tuviera derecho a expresarlo. Se quería ir a vivir a Suecia –le gustan las chicas suecas– bromeó Murray, pero él insistió. “En Europa la gente lo trata a uno mucho mejor. Me siento mejor porque allí saben que un jugador es un ser humano”.  Estaban sentados en una terraza sobre las canchas de tenis. “¿Sabe cuánto ganan en un día de sol como este?”, le preguntó al periodista señalando a los jugadores que competían más abajo: “Nada, una botella de Coca Cola”. Y luego rotundamente: “La gente cree que esto es muy divertido. No lo es”.