El día inaugural, Haya llega al estrado y la multitud desborda todos los controles.
El día inaugural, Haya llega al estrado y la multitud desborda todos los controles.
Edición 2471: Jueves, 19 de Enero de 2017

‘El Desfleme’

Escribe: Luis Jochamowitz | Asambleas, carrasperas y resignación (1978).

El día inaugural, Haya llega al estrado y la multitud desborda todos los controles.
El día inaugural, Haya llega al estrado y la multitud desborda todos los controles.

Los historiadores consideran el tiempo en años y los periodistas en días, pero también están las semanas y los meses, pasto de comentaristas, opinólogos, remembrancistas, y toda clase de concernidos con el tiempo que pasa. “El desfleme”, por ejemplo, el primer mes de la Asamblea Constituyente de 1978, un raro momento de apertura que pasó y quedó. Después de diez años se volvía a reunir bajo el mismo techo el cuerpo político nacional. En el camino algunos de sus órganos se habían atrofiado o fosilizado, como el pradismo y el odriísmo. El Apra mantenía su mayoría y había aparecido un nuevo tercio hacia la izquierda. El reloj del Parlamento se ponía en marcha otra vez.

Balcones agitados, un asistente intenta descolgarse.
Balcones agitados, un asistente intenta descolgarse.
El primer día de la Asamblea fue tormentoso. Estuve entre los que vieron ingresar a Haya de la Torre por primera vez en el Parlamento, subir las gradas rodeado por una cerrada multitud, mientras alrededor mío viejos apristas lloraban a lágrima viva. Como un anticlímax que actuó benéficamente ante las siempre contagiosas lágrimas, en ese momento noté que Haya estaba furioso porque la multitud lo empujaba y no lo dejaba avanzar. Un poco antes había visto llegar a Hugo Blanco, subido sobre los hombros y cabezas de una locomotora humana, una locomotora trotskista que debía atravesar varios cordones enemigos y penetrar en la sala para reclamar su lugar en el establo parlamentario.

El hemiciclo era el caos, la multitud ocupaba los pasillos, las galerías interiores y se desbordaba hasta el estrado. El mobiliario todavía era el del antiguo Parlamento, con curules que tenían una especie de tintero de bronce en una esquina; pronto los tinteros comenzaron a desaparecer, los cigarros se apagaban con el zapato sobre la alfombra roja, todos parecían impacientes, mal humorados, ligeramente excitados.  

Por una vez las tribunas tenían la palabra, las barras chocaban en ráfagas unas con otras, los gritos, los insultos, fueron las primeras palabras que escuchó la magna Asamblea. Un pesado llavero cayó como un aerolito desde las alturas. No mató a nadie, pero los de abajo comenzaron a mirar hacia arriba. Poco a poco, un cierto orden se fue imponiendo a campanazos, y la voz aflautada de Haya de la Torre se pudo escuchar. Entonces comenzó ‘el desfleme’.

La Plaza Bolívar, ese día fue escenario de varios choques.
La Plaza Bolívar, ese día fue escenario de varios choques.
  Se ha dicho que fue Haya de la Torre, con irónica resignación, quien le puso nombre al período. Pero consta por escrito que, tan temprano como julio del 78, Javier Ortiz de Zevallos hablaba de ‘el desfleme’, una especie de gargarismo preverbal, inevitable después de diez años de silencio.

En las semanas siguientes la Asamblea comenzó a hablar y a escucharse. Las sesiones eran nocturnas, las mejores horas de Haya, y podían durar hasta la madrugada.  Como un niño que tiene que aprender todo por primera vez, el cuerpo político comenzó desde el principio. Escribir toda una Constitución da para mucho, y los representantes estaban ansiosos por dar su opinión. Los había quienes parecían competentes pero aburridos, la mayoría eran de una grisura compacta, aunque moderada frente a las camadas que llegarían con cada nuevo Parlamento. 1978 inauguró muchas de las maneras que todavía cultivamos. El primer cantante popular, el primer político nisei, el primer pastor evangelista, llegaron con esa marejada.

Lo mejor de la noche eran los duelos verbales entre Javier Valle Riestra y Javier Diez Canseco. Se podían producir en cualquier momento, intempestivamente, eran como electricidad estática que despertaba al somnoliento hemiciclo. Valle Riestra era ágil, tendía a la elegancia aunque a veces caía en lo versallesco, pero tenía algo escasísimo en esa Asamblea, sentido del humor. Diez Canseco era punzante, dramático, a veces grave hasta lo amargo, pero era el único que tenía el poder de recordarnos en qué país vivíamos. Haya de la Torre parecía escucharlos desde el estrado, pero a la distancia no se sabía si sopesaba los argumentos, o dormitaba.

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