Eudocio Ravines come un choclo en una de las pocas fotos del archivo. No se dejaba fotografiar.
Eudocio Ravines come un choclo en una de las pocas fotos del archivo. No se dejaba fotografiar.
Edición 2470: Jueves, 12 de Enero de 2017

Ravines Visto de Rabillo

Escribe: Luis Jochamowitz | Historia de un almuerzo en el que no sucedió nada (1962).

Eudocio Ravines come un choclo en una de las pocas fotos del archivo. No se dejaba fotografiar.
Eudocio Ravines come un choclo en una de las pocas fotos del archivo. No se dejaba fotografiar.

 “Lo comencé a leer con el rabillo del ojo y lo terminé con el ojillo del rabo.”
(Percy Gibson)

En 1962 pasó por Lima el magnate de la prensa norteamericana, William Randolph Hearst Jr. Hay que imaginar lo que serían esos viajes de niño Goyito internacional que se mueve con enormes comitivas. Existe un libro sobre su visita a Nikita Khrushchev en 1955, es un monumento al sentido de la propia importancia, y está lleno de altos ejecutivos en inmensos hoteles moscovitas, que llevan y traen noticias que nunca se concretan. En Lima se instaló en el Hotel Bolívar y fue sometido a un régimen de entrevistas y visitas protocolares que lo dejarían exhausto por la noche.

Pero esta no es la historia de Randolph Hearst, ni siquiera de Herbert John, un periodista alemán que se coló en un almuerzo que Hearst daba en el Bolívar, y que escuchó a la hora de los aperitivos, unos comentarios sobre un invitado importante que estaba por llegar, “un hombre reconocido por su posición independiente y su integridad”.

John vivía en Lima desde hacía unos años y por esos días andaba muy intrigado con las últimas escaramuzas de la guerra fría local. Por ejemplo, hacía poco tiempo que importantes voces de la prensa norteamericana habían coincidido en considerar a Fernando Belaunde como “un rojo”. ¿Quién era la fuente de esos periódicos? John sospechaba, junto con otros, que la fuente era Eudocio Ravines, el invitado importante que precisamente acababa de llegar y saludaba uno a uno al grupo que rodeaba a Hearst. Al llegar donde Herbert John el apretón de manos debió de ser algo tenso y silencioso. Ambos sabían quién era el otro, pero mientras John se frotaría las manos ante la perspectiva de tener un almuerzo con Ravines, este lamentaría la mezcolanza ideológica del jefe de protocolo de Hearst, y la imposibilidad de tener una conversación más franca.

Herbert John, corresponsal de Der Spiegel y colaborador de Caretas en los años 60.
Herbert John, corresponsal de Der Spiegel y colaborador de Caretas en los años 60.
En la siguiente hora y pico, John se dedicaría a observar a Ravines, que era demasiado inteligente para no darse cuenta. Ravines pasaba por uno de sus mejores momentos, al menos en cuanto influencia política y ganancias materiales. Su revista “Vanguardia” (segunda época), su programa político en TV, el primero de una infinita serie de programas políticos que siempre descienden desde lo alto sobre un elegido, su asociación política y laboral con Pedro Beltrán, lo convertían en uno de los periodistas más influyentes del país. Se había mudado a una casa en San Isidro y hacía años que la policía no lo perseguía, sino todo lo contrario.

Era influyente pero no popular. En realidad, Ravines parece haber sido muy poco simpático para las multitudes que leían periódicos o veían TV, y tenían alguna noción de quien era él. Aunque persona a persona podía ser encantador, su extremismo natural lo hacían sospechoso para los no catequizados en la fe anticomunista, impresión que se confirmaba al conocer su tortuoso pasado. La gente lo comenzó a llamar “Acuseto”, un personaje de caricatura que se publicaba en una de las revistas populares de Guido Monteverde. La asociación con “Acuseto” proliferó de tal manera que ha pedido de Ravines, Pedro Beltrán tuvo que intervenir para que Monteverde dejara de publicar la caricatura.

John sabía eso. Sabía, por ejemplo, que “vuela periódicamente a los Estados Unidos”, donde reporta minuciosamente sobre la “infiltración comunista”, que era miembro y representante en el Perú de varias organizaciones internacionales, como “Rearme Moral”, una sociedad fundada por millonarios norteamericanos que olía a CIA a leguas. John sabía todo eso, y Ravines sabía que lo sabía, y por eso se guardaría de hacer comentarios demasiado reveladores. Pero este era uno de esos casos en que hasta el silencio incrimina. “Quién sino él podría colocar en Reader’s Digest el absurdo dato de que Francisco Miro Quesada es uno de los principales agentes comunistas en el Perú”. Antes, o después, a ese nombre se le sumarían Fernando Belaunde, Héctor Cornejo Chavez, CARETAS, y hasta un sacerdote jesuita, entre muchos otros.

Después del postre y el café, la reunión se disolvió. Randolph Hearst regresaría agotado a sus habitaciones, Ravines tal vez se quedaría un momento para conversar a solas con algún alto ejecutivo de Hearst, y Herbert John tuvo que marcharse junto con los demás invitados. Seguro que cuando se despidieron, ambos hombres se miraron por un instante a los ojos.   

CARETAS, Edición 246, julio de 1962.

 

 

Loading...