Víctor Raul Haya de la Torre y Arnaldo Alvarado, abrazo de compañeros,
Víctor Raul Haya de la Torre y Arnaldo Alvarado, abrazo de compañeros,
Edición 2469: Miércoles, 28 de Diciembre de 2016

Bólidos

Vida y velocidad en Arnaldo Alvarado.

Víctor Raul Haya de la Torre y Arnaldo Alvarado, abrazo de compañeros,
Víctor Raul Haya de la Torre y Arnaldo Alvarado, abrazo de compañeros,

Esta es una confesión. En mi casa Arnaldo Alvarado era el gran enemigo. Mi padre, su rival en las carreras de autos, guardaba silencio o esquivaba el tema, pero las tías y otros parientes, y hasta mi madre si se la apremiaba, estaban más que dispuestas a votar en contra de ese nombre que nos llegaba por la radio, en la voz de Juan Sedó o Martínez Morosini, desde lugares tan imaginarios como Urcos o Palpa.

El grito de “¡coche a la vista!” se había convertido en una especialidad radiofónica. El buen locutor se ubicaba al borde mismo de la pista, en un punto que le permitía dominar con la vista kilómetros de carretera. En los días despejados eso le otorgaba uno o dos minutos de emoción anticipada. En cuanto aparecía en el horizonte un punto borroso que apenas se movía, el locutor estaba facultado para largar el esperado grito. “¡Coche a la vista!” se podía alargar en “co” y terminar en múltiples combinaciones. El punto se iba haciendo más visible, adquiría un color, un destello metálico o de vidrio, mientras el locutor desarrollaba el género y deslizaba inquietantes conjeturas. ¿Quién era?, ¿Quién iba primero en esa carrera heroica? A veces el locutor lo sabía casi desde el principio, pero guardaba la información hasta el momento preciso. Otras veces, cuando el color de los coches se parecía bajo la capa de polvo que todo lo iguala, el suspenso era verdadero y el locutor dudaba casi hasta el último momento. En los tramos finales el buen locutor hasta se permitía quedarse en silencio y orientar el micrófono hacia el coche, para que todos escuchen el rugido que rompía el silencio del arenal, convertido en un trueno que cruzaba frente a nosotros.

No eran fáciles esas tardes de radio en que esperábamos noticias de mi padre. Creo que al principio nos las ocultaban a mis hermanas y a mí, pero llegó una época en que ya no fue posible hacer eso y pudimos notar la mirada angustiada de mi madre, la tensa expectativa de un tío, el entusiasmo inocente de un amigo o vecino. Para mi eran como lecciones prácticas de épica, que apenas podía retener por la cantidad e intensidad de nuevas emociones. No eran fáciles, además, porque muchas veces, quizás la mayoría de veces, era Arnaldo Alvarado el puntero de esa carrera sempiterna. Entonces era cuando se escuchaban las imprecaciones en voz baja que lo hacían nuestro gran enemigo.

Arnaldo Alvarado Degregori, era más bien de baja estatura, muy fuerte y resistente, tenía ojos pequeños y astutos, y esa blancura un tanto rosácea de los notables de provincia, producto de siglos de endogamia. Nació en Puquio (1911) y creció en Nasca, bajo la tutela tiránica de un medio hermano mayor, Alfredo, que hacía uso frecuente del chicote. Los Alvarado tenían un camión que realizaba el viaje Nasca-Puquio con mercadería propia, algo que probablemente hicieron antes como arrieros otros Alvarado. Fue enrolado en la cabina o en la tolva del camión desde muy chico. Debe haber aprendido a manejar antes de que sus pies alcancen los pedales. La despótica educación recibida, en lugar de aplastarlo, lo hizo un ser algo indómito, una persona dura, enérgica, desconfiada y enormemente competitiva.

Entre Lima y Callao una multitud se reúne para una llegada. Años cuarenta.
Entre Lima y Callao una multitud se reúne para una llegada. Años cuarenta.

El camioncito Ford Modelo T de su hermano le dio la llave de su vida. Llegado el tiempo se llevaba el camión para sus propias aventuras, la primera carrera que ganó en los años 30, fue sobre ese camioncito con el que llegó primero a Ayacucho, con seis días de ventaja sobre el segundo. Ya entonces dio una prueba de sus considerables recursos al romperse la hélice del motor. Ayudado por un sacristán, utilizando martillo y cincel, fabricó su propia hélice a partir de un plato de plata.

Con los años y la reiteración de victorias se fue convirtiendo en la personificación del piloto nacional. Bryce Echenique no exageraba nada cuando recordaba los poderes que obtenía al asegurar que era el hijo de Arnaldo Alvarado. A fines de los cuarenta y durante la década de los cincuenta, el automovilismo deportivo alcanzó su edad de oro. Los gobiernos todavía no habían olvidado la mística de la construcción de carreteras, y los pueblos salían a las puertas de sus casas para ver pasar esos carros recortados y ruidosos. Se ha dicho que, después del fútbol, las carreras de autos eran el deporte más popular. Y el más popular de los corredores era Arnaldo Alvarado.

Detalle importante es que fuera militante del Partido Aprista. Puede ser un sueño o uno de esos recuerdos ficticios, pero podría describir una de sus llegadas a la meta en Lima. Su coche, “El Ladrillo”, por su color y dureza, es rodeado por un gentío, mientras Alvarado agita con la mano un pañuelo blanco y la multitud le devuelve el saludo con centenares o miles de pañuelos. Durante los años de Odría esas manifestaciones tenían un valor considerable. De hecho, Alvarado era el único aprista confeso que podía caminar libremente sin que la policía lo molestara. Se decía que era el mejor correo de la correspondencia clandestina del partido. Se decía también que el APRA financiaba en parte sus carreras. Nada de eso ha sido demostrado o confesado, pero el partido habría hecho una gran inversión apoyando a este agente tan visible y veloz.

Alvarado era hábil con el timón, excelente mecánico, gran conocedor de los caminos, arriesgado pero calculador, tenaz y metódico para perseguir un plan, y si todo eso no era suficiente, tenía una última cualidad: era un luchador implacable, tenía una especie de rebeldía de no dejarse ganar por nadie. En cierta forma, Alvarado no corría para llegar primero, sino para que nadie lo pase. En su tiempo fue famoso el duelo con el piloto argentino Pablo Gulle, en una carrera Lima-Buenos Aires que financiaba Perón. Ambos tenían coches muy parejos, durante centenares de kilómetros fueron “rueda a rueda”, se esperaba que uno de los dos se estrelle, pero el duelo quedó definido, al menos simbólicamente, frente a un túnel que solo dejaba pasar un carro. Fue Pablo Gulle el que tuvo que frenar. 

Solo años después conocería la historia completa de Alvarado y mi casa. Al principio mi padre sería otro gringo advenedizo, como Giovanni Studer, Henry Bradley o el mismo Elmer Faucett. El hecho que le llamaran Lucho y hubiera nacido en Pisco, no haría mayor diferencia para este competidor irreductible y desconfiado. Con el tiempo, una leve simpatía debió haber sentido Alvarado, sobre todo después de varias carreras en que fue sobrepasado, solo para encontrarlo, kilómetros después, al borde de la carretera y con la tapa del motor levantada.

Un sábado de 1942, en vísperas del Gran Premio Presidente de la República, mi padre se presentó a las once de la noche en el taller donde Alvarado terminaba la preparación de su carro. Venía a pedirle ayuda, su motor tenía un problema inexplicable, cuando las revoluciones subían más allá de cierto límite, la máquina perdía la buena marcha, temblaba y se apagaba. Alvarado escuchó los síntomas y aceptó hacer una visita al otro taller. Estuvo allí hasta las tres y media de la mañana, ajustando el motor hasta dejarlo a punto. Tenían que estar en el sitio de la partida a las seis. Ese día se corría las Cuatro Avenidas, cuatro vueltas entre Lima y el Callao en los tiempos en que se podía paralizar la ciudad una mañana completa. Mi padre ganó esa carrera por tiempo, pero dejó que Alvarado cruce primero la meta en señal de agradecimiento. Imagino el gesto casi arrogante de Alvarado cuando se dio cuenta que iba a cruzar primero. Acostumbrado a aprovechar todas las ventajas, tomó la delantera de inmediato, aunque por dentro se diría: “ya verás la próxima vez”. (Escribe: Luis Jochamowitz)