Leónidas Rodríguez Figueroa, destacado miembro del clan de la sortija Túpac Amaru (ver detalle).
Leónidas Rodríguez Figueroa, destacado miembro del clan de la sortija Túpac Amaru (ver detalle).
Edición 2468: Jueves, 22 de Diciembre de 2016

Estética Militar

Los adornos del poder o por sus gustos los conoceréis (1972)

Leónidas Rodríguez Figueroa, destacado miembro del clan de la sortija Túpac Amaru (ver detalle).
Leónidas Rodríguez Figueroa, destacado miembro del clan de la sortija Túpac Amaru (ver detalle).

A la distancia resuena como una época de marchas militares, discursos a gritos y muchos uniformes verdes, pero los años de Velasco estuvieron llenos de detalles propagandísticos, iconográficos y visuales, recursos inmateriales de la casi completa hegemonía ideológica y política que alcanzó en la primera mitad de los setenta.

Solo el régimen de Alberto Fujimori se le asemeja en el intento de mantener cautiva la atención de la gente. En ambos casos, la televisión estuvo en el centro de sus afanes, pero mientras en los setenta fue utilizada intensivamente en los noticieros y la transmisión de discursos, en los noventa la televisión se había desfondado y tragado a sí misma y al mundo entero. A la vanguardia de esa delicuescencia cultural y social, Alberto Fujimori innovó el viejo arte del control político, introduciendo novedades como el mitin bailable, un populoso programa de televisión realizado en la calle, o los programas diarios de Laura Bozzo.

Cambios y mudanzas, volviendo a leer la historia.
Cambios y mudanzas, volviendo a leer la historia.
¿Cómo se forma la estética de un régimen? Es un tema que recién comienza a estudiarse entre nosotros, pero parece la obra de muchas manos que colaboran en la presentación y empaque del poder. Un hito simbólico en este caso fue el descolgamiento y desalojo del Palacio de Gobierno, en 1972, del retrato de Francisco Pizarro por Daniel Hernández. En su lugar fue colocado un cuadro feo y oscuro de Túpac Amaru, a cargo de un pintor cuyo nombre no se recuerda, pero que no dejaba dudas sobre su mensaje. La historia había sido leída otra vez y tocaba un nuevo reparto de roles. Los viejos héroes pasaban al desván y eran reemplazados por otras figuras.

En los tiempos venideros la imagen de Túpac Amaru se convirtió en la seña, el ícono se diría ahora, más caracterizado del “proceso revolucionario”. Su despliegue fue veloz y asombroso en un país que cultiva casi con aburrimiento sus símbolos históricos. Durante años fue tema de pinturas, estatuas, dibujos, afiches, logotipos estatales, estampillas, y hasta setos vegetales recortados en jardines y parques públicos. Una variación curiosa, que reúne varias debilidades castrenses, como el gusto por los anillos y el espíritu masónico de clan, fueron las sortijas con la imagen de Túpac Amaru que en 1972 comenzaron a ser vistas en los regordetes dedos de algunos connotados generales.

Naturalmente, el gusto del régimen no se debe apartar demasiado del gusto general de la época. Casi se podría decir que es su versión oficial. ¿Cuál era el gusto predominante a mediados de los años setenta? Es una pregunta demasiado grande para responderse aquí. Baste citar una transcripción hecha por José Miguel Oviedo, del numeral 2 de las Bases para la construcción de un monumento al Día de la Dignidad Nacional, que se debía erigir en la Avenida Elmer Faucett:

Francisco Pizarro y Túpac Amaru, revestimientos del poder.
Francisco Pizarro y Túpac Amaru, revestimientos del poder.

“Los concursantes deberán tener en cuenta que sus proyectos escultóricos a presentar como símbolo, serán los personajes de un campesino, un minero, la Madre Patria sosteniendo el escudo nacional, con la escolta militar a un costado que representa a las Fuerzas Armadas, y los petroleros en ambos arcos (ida y vuelta), y en uno de los costados un restaurante típico y una biblioteca de historial peruano y turístico”. (Escribe: Luis Jochamowitz)

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