La pelea contra Allan Tomas acaba de terminar con un empate, la “lesión retiniana” ya era insalvable.
La pelea contra Allan Tomas acaba de terminar con un empate, la “lesión retiniana” ya era insalvable.
Edición 2465: Jueves, 1 de Diciembre de 2016

Un Crédito Nacional

Tragedia y grandeza en Mauro Mina (1965).

La pelea contra Allan Tomas acaba de terminar con un empate, la “lesión retiniana” ya era insalvable.
La pelea contra Allan Tomas acaba de terminar con un empate, la “lesión retiniana” ya era insalvable.

En el amplio catálogo de las oportunidades perdidas del deporte nacional,  el caso de Mauro Mina Baylón (1933-1993), descuella como uno de los más bellos “triunfos morales” que  la afición ha celebrado con lágrimas en los ojos. Que no lo viéramos por la Cabalgata Deportiva Guillette, caer lleno de bravura sobre la lona del Madison Square Garden; que no lo viéramos (escena inefable) alzar los brazos en señal de victoria, con el cinturón mundial de los semipesados, constituye uno de los grandes cuadros imaginativos que la afición ha compuesto en su largo soñar sobre lo que pudo ser y no fue.

Solo, quizás, los olímpicos del 36 le disputan ese alto sitial de lo que nunca ocurrió. Esta vez, sin embargo, ni siquiera hubo un agente activo del mal, un Adolfo Hitler que desde su montaña panorámica diera instrucciones precisas para cerrarle el paso a ese equipo de negros y mezclados. Esta vez lo que se interpuso en su camino fue el ojo izquierdo, la retina, el único punto débil de su “recia constitución”.

Fatalidad. La afición recibió ese golpe con la disposición con que se aceptan los terremotos, la muerte y otros imponderables. Cuando se secaron las lágrimas hasta comenzó a encontrar ventajas en la situación. Cualquier cosa con tal que le ahorren el espectáculo insoportable de su pelea contra Allan Tomas, que descubrió su punto débil y concentró todos sus golpes sobre ese ojo que se hinchaba más y más en cada round.     

Otra noche de gloria, José Salardi levanta el brazo de Mauro Mina.
Otra noche de gloria, José Salardi levanta el brazo de Mauro Mina.
  Fatalidad, diría Ciro Alegría, pero la historia de Mauro Mina tiene también un lado edificante. Regresó de todas sus peleas bajo el cariño agobiante del público, fue recibido como a un animal querido que se recupera después de un atropello. Progresó y llegó a cumplir otros sueños: fue dueño de un gimnasio, construyó una “residencia” para su familia y paseó por Lima con un Studebaker nuevo. Su caso representa un verdadero paso adelante en el delicado asunto de las “viejas glorias”. A diferencia de Bom Bom Coronado, Antonio Frontado y tantos púgiles nacionales, que terminaron en la miseria y su exhibición pública, Mina fue el caso de un boxeador que “sabía pensar”. Además no carecía de las virtudes necesarias para todo oficio, era disciplinado y trabajador.

En realidad, Mina es el resultado de una larga hilera de tías, compadres y padrinos que cuidaron de este huérfano de padre y madre (hay un punto ciego en sus orígenes).  Desde la primera señora que lo recogió y cuidó durante sus primeros años en Chincha, pasando por “Chinanga”, su segundo padre, que lo llevó a trabajar al camal, siguiendo  por el profesor Sotelo, que llevaba guantes de boxeo al colegio, donde le enseñó a “mecharse”. Y más tarde en Lima, los varios padrinos “acaudalados” que lo alojaron en algún cuarto de azotea, hasta la Compañía Peruana de Teléfonos que le dio un empleo para completar sus magras ganancias como boxeador profesional del Perú. Todos menos las instituciones oficiales, incluyendo la Federación de boxeo, que más tarde se llevaría el 18 por ciento de la taquilla (a él le tocaba el 20 por ciento). Su trayectoria es una larga cadena de solidaridades que lo salvaron de lo que entonces se llamaba “el arroyo”.

También él puso de su parte. Era “tímido y modesto”, “de natural bondadoso”. Así como hay personas que resultan instintivamente antipáticas, Mauro Mina parecía tener el don de “hacerse querer”. Al menos eso le fue retribuido con creces, cuando murió en 1969, antes de cumplir los sesenta años, la afición que había aullado tantas veces, volvió a llorar por Mauro Mina, “el bombardero de Chincha”, que como cantó Chabuca Granda, supo prometernos  “un soleado mañana”. (Escribe: Luis Jochamowitz)