Besamanos en Palacio, el viejo agente del Komintern con Manuel Prado.
Besamanos en Palacio, el viejo agente del Komintern con Manuel Prado.
Edición 2464: Jueves, 24 de Noviembre de 2016

Atrapar Una Sombra

Escribe: Luis Jochamowitz | Eudocio Ravines en 700 palabras.

Besamanos en Palacio, el viejo agente del Komintern con Manuel Prado.
Besamanos en Palacio, el viejo agente del Komintern con Manuel Prado.

Quizás recién comienza a ser posible escribir sobre Eudocio Ravines Pérez (1897-1979), sin el acre humo –a favor y en contra– que siempre lo rodeó. No es que las viejas hogueras de la Guerra Fría se hayan apagado del todo, bajo las cenizas aún humean obcecadas, como “candelita de muladar”, según la vivaz metáfora criolla. Es que su personalidad y el papel que jugó en 50 años de política peruana e internacional, hacen que su nombre persista, mientras que el humo y los jeroglíficos ideológicos se disipan lentamente en el tiempo. Lo que queda es una figura contradictoria hasta el retorcimiento, única en los anales del bestiario nacional, plagada de misterios y pistas falsas, que él mismo y sus enemigos se encargaron de sembrar.

Comunista y anticomunista, probable autor de los primeros textos apristas y luego antiaprista, deportado, redeportado, desnacionalizado, prisionero y prófugo, dueño de varios nombres e identidades falsas, agente del Komintern y vinculado a la CIA, Eudocio Ravines siempre tiene otra cara que mostrar, como ha dicho Rafael Dumett, “es nuestro Zelig”.

Su dossier soviético no ha sido abierto todavía, y sus contactos con la CIA, aunque documentados, permanecen entre brumas. Desde Alberto Flores Galindo ha sido un clásico estudiar su rol en la fundación del Partido Comunista, otro clásico, o el mismo, es su relación con Mariátegui y con Haya de la Torre. Más recientemente, la historiadora rusa Olga Ulianova ha escrito sobre sus estadías en Chile bajo el nombre de Jorge Montero, y los trabajos que cumplió en la formación del Frente Popular que llevó al poder a Pedro Aguirre Cerda. En cambio, permanecen en la oscuridad sus años en España durante la Guerra Civil, acusado de “chequista”, o de “trotskista”, según fuera el bando. Entre otros episodios, apenas se sabe de sus conferencias con los hombres de Dimitrov, su fuga de una cárcel de Lima, sus caídas en desgracia (con visita a los sótanos de la Lubianka), sus relanzamientos como hombre de confianza de la Internacional, su época “social demócrata”, las relaciones con Pedro Beltrán, y finalmente, su muerte o asesinato, en un accidente de tránsito en una calle de Ciudad de México. Por donde se observe, los hechos son sombras borrosas.

Eudocio Ravines en los años sesenta, dejaba de ir a misa para que CARETAS no lo fotografíe.
Eudocio Ravines en los años sesenta, dejaba de ir a misa para que CARETAS no lo fotografíe.
Más precisa a su manera, aunque siempre inasible, es la imagen de la persona que fue Ravines. Magdalena Chocano, mediante el análisis de sus textos autobiográficos, ha apuntado algunos rasgos formativos de su infancia en Cajamarca. Nos queda un niño solitario, ausente de padre, que ayuda a su madre profesora dictando clases a los 10 años en el pueblo de Matara. Un niño que carece de relaciones horizontales o empatía por el grupo, pero que en la adversidad descubre su superioridad intelectual y su eficacia, y lo hace con una alegría casi deportiva.

Hay un pasaje, hecho mayormente con sus propias palabras, que permite al lector adivinar o presentir las aristas interiores de este complejo personaje. Es la descripción de su madre que plancha ropa ajena para ganar unas monedas. El niño Ravines la observa y el Ravines mayor la describe como una “figuración cubista”, según Chocano, con un hombro deformado por el esfuerzo. Hay algo frío y despiadado en la descripción, pero no hacia la madre, a la que quiere intensamente, sino hacia las condiciones brutales y deformantes del mundo.

Cada cual tiene su Ravines. A mí me atrae más el Ravines del final, el más redomado, invitado a sentarse en la misma mesa con Haya de la Torre, Pedro Beltrán o Julio de la Piedra, sin tener los votos o el dinero para asistir a ese convite. Un homenaje al poder de su retórica. Un recuerdo personal: lo vi cuando era niño y él tenía el primer programa político de la TV. Me llamó la atención ese hombre que monologaba con énfasis y tenía un periódico doblado bajo el brazo. No entendí lo que decía, pero comencé a comprender lo que era la pasión política. Tiempo después, cuando vivía en Trujillo y tenía que cortarme el pelo, observaba por el espejo desde el sillón del peluquero, a otros hombres, viejos apristas sin duda, que discutían de política con un periódico bajo el brazo. Los recuerdo ahora, al terminar este inutil intento de encerrar a Ravines en 700 palabras.