Luis Banchero Rossi, de vendedor viajero a magnate en cinco años.
Luis Banchero Rossi, de vendedor viajero a magnate en cinco años.
Edición 2461: Jueves, 3 de Noviembre de 2016

Banchero Según Rose

Dos amigos conversan de madrugada (1972)

Luis Banchero Rossi, de vendedor viajero a magnate en cinco años.
Luis Banchero Rossi, de vendedor viajero a magnate en cinco años.

Pocos días después del asesinato de Luis Banchero Rossi la noche del año nuevo de 1972, el poeta Juan Gonzalo Rose hizo “un retrato hablado”, es decir, fue entrevistado sobre su amigo de la infancia en Tacna. Hay que saber ciertas cosas para revivir el momento. El crimen en la casa de Chaclacayo había conmocionado al público, en los días siguientes las noticias adelantaban ingredientes sexuales que luego el juicio desarrollaría hasta el detalle escatológico. Simultáneamente, corrían toda clase de rumores, las famosas “bolas” del gobierno militar, asegurando que se trataba de un crimen político, como corresponde a un magnate. Todo eso rodeaba el nombre de Banchero con un halo de atracción y curiosidad difícil de percibir hoy.

En esas condiciones, Rose habla de Banchero, “con voz que apenas delata la austera congoja”. Lo mueve, quizás, una suma de impulsos que solo después se convierten en razones. Le gusta recordar las historias de la Tacna común, la de los años treinta y comienzos de los cuarenta, quiere resaltar la educación democrática que los tacneños recibían en las aulas del colegio Bolognesi, hablar de los ravioles que preparaba la mamá de Banchero, el niño gordito a quien no dejaban salir a jugar. Además, había algo que quería decir de Banchero, algo sobre el secreto de una vida, aunque llegado el momento siempre se nos escapa. Por último, probablemente Rose también es amigo del periodista que lo entrevista. Es casi seguro que después se arrepentirá, pero en ese momento todo lo predisponía a hablar.

Juan Gonzalo Rose, el amigo insólito del industrial pesquero.
Juan Gonzalo Rose, el amigo insólito del industrial pesquero.
 Más que sobre Banchero, Rose cuenta su relación con él. Se conocían desde que eran chicos, pero la relación solo comenzó muchos años después, el día en que Rose lo llamó (“no sé cómo conseguí su número”) para que interceda por un amigo común. La secretaria lo dejó esperando en el teléfono.
   
–“Hola esquina, cómo estas”– fue lo primero que Banchero le dijo 15 o 20 años después de haberse visto por última vez. “Tenía la tendencia a crear sus propias palabras”, observa Rose.

En los años siguientes, con una intermitencia más bien espaciada, algunas noches Rose caminaba hasta el Hotel Crillón donde Banchero vivía y trabajaba, que para él eran lo mismo, se presentaba en la recepción y lo hacían subir en un ascensor privado hasta un piso alto, donde conversaban sin interrupciones hasta muy entrada la noche.

No es extraño que ambos se sintieran atraídos por las diferencias del otro. Rose, poeta, impráctico, radical en política, veía en Banchero todo lo que él jamás llegaría a ser, un gran capitán de la vida real, alguien que conocía el secreto del mundo. Lo que él no sería y que hasta detestaba, pero que no podía dejar de admirar corporizado en su amigo. Aunque provenía de un mundo completamente distinto, admiraba intelectualmente a un hombre que era capaz de cerrar negocios en inglés, francés, alemán y griego. Banchero, por su parte, encontraba en Rose lo que no abundaba en su vida diurna, desinterés por los negocios, amplitud de miras y de temas, sensibilidad por las palabras, alguien que veía el mundo desde el otro extremo político, con el que podía conversar sobre Camus, Sartre o Kierkegaard.
Para Banchero, además, las visitas nocturnas de Rose podían ser un alivio en las horas de insomnio que le robaba al trabajo. Va quedando clara la imagen de un Banchero trabajador compulsivo, un caso avanzado de “trabajólico”, como aún no se decía en su tiempo. Una noche en el Crillón, acompañado por Manuel Scorza, Banchero les planteó “un problema teórico”, formuló en pocas palabras la pesadilla clásica del empresario peruano:  

El clan Banchero en Tacna, Luis del brazo de su madre, Florentina Rossi.
El clan Banchero en Tacna, Luis del brazo de su madre, Florentina Rossi.

“Si hay en el Perú una revolución comunista violenta que en pocas horas cambia el panorama…”, y entonces dijo, “como toda revolución es violenta, me ocultaría los primeros tres días, porque si me encuentran a lo mejor me fusilan; pero al cuarto día me presentaría a pedir trabajo. Porque a mí no me interesa en que sociedad trabajo, sino trabajar. Mi vicio es el trabajo”. 

Desde su magro horizonte económico, como quien lamenta un desperdicio incomprensible, Rose creía que Banchero era “un millonario que no sabía disfrutar de su dinero”. Banchero debe haberse encogido de hombros cuando escuchó esa opinión. Le respondió que tomaría vacaciones cuando fuera pobre. Era como si toda su asombrosa carrera fuera un trámite para llegar a esa meta: perderlo todo para ser libre. Tal vez eso lo impulsaba a ser un jugador arriesgado, capaz de apostar todo lo ganado en un nuevo negocio. Y mientras redoblaba su fortuna, cuando la oficina se quedaba vacía y ya no había nadie con quien trabajar, se encerraba en sus habitaciones, donde bebía jarras de agua helada y leía “El Mito de Sísifo”, para consolarse. (Escribe: Luis Jochamowitz)

CARETAS, Ilustración Peruana, edición 450, enero de 1972.