Pedro Cordero y Velarde, en su momento culminante, ante los notables en el claustro de Santo Domingo.
Pedro Cordero y Velarde, en su momento culminante, ante los notables en el claustro de Santo Domingo.

Edición 2456: Martes, 18 de Octubre de 2016

Orates y Políticos

Cuando la locura ilumina el debate nacional.

Pedro Cordero y Velarde, en su momento culminante, ante los notables en el claustro de Santo Domingo.
Pedro Cordero y Velarde, en su momento culminante, ante los notables en el claustro de Santo Domingo.

Pedro Cordero y Velarde ha ascendido al panteón político nacional llevado al vuelo por una multitud de plumas, la mayoría descañonadas, que llenaron con él centenares de notas periodísticas y menciones. Ocupa un lugar excéntrico, en los altos y la parte trasera del panteón, pero si hubiera que hacer un censo de recordatorios, es seguro que nadie se atrevería a pedir su desalojo. Si todas las hornacinas de ese lugar son simbólicas, la de Cordero y Velarde lo es absolutamente, se encuentra como dibujada, convertida en literatura costumbrista y detritus periodístico.

La nota típica contiene los datos esenciales: 1885, Cerro de Pasco, músico, director de la banda de bomberos, pobreza, locura progresiva, miseria, orate público en las décadas del 40 y el 50, y finalmente su inefable autoproclamación: “Pedro Cordero y Velarde, Mariscal del mar, tierra, aire y profundidad, Apu Inka Emperador”. El cuadro se completa con la descripción de la levita andrajosa, el sombrero de copa quiñado, los escarpines anacrónicos, las medallas de latón y las cintas de bazar de japonés.

¿Por qué la idea de un orate, asociado al espectáculo de la política y el poder, ha despertado siempre la fascinación de la gente? Desde el principio de su carrera como personaje público su sola imagen parecía arrojar una chispa crítica o moral sobre sus colegas cuerdos, los verdaderos gobernantes. En 1956, cuando se codeó por un momento con los notables de la ciudad, su presencia actuó como una “protesta sarcástica”, algo que se hizo más acentuado con el paso del tiempo.

Cuando murió, en 1961, CARETAS comentó: “Era músico, era pobre (murió en un callejón), pero ¿era loco? A veces uno quisiera creer que no”. Hubo palabras para “su programa”, cuyo primer punto era abaratar el jabón de pepita, y hasta se consideraron por un instante sus “ambiciones de grandeza cósmica” para el Perú, al lado de las cuales las promesas de los políticos eran mera pacotilla.

Abraham Elías, “Napoleón Flores”, perora ante el cine Rex de Ica, en 1956.
Abraham Elías, “Napoleón Flores”, perora ante el cine Rex de Ica, en 1956.


Su momento estelar fue, desde luego, esa convención de notables, reunida por Odría para cubrir su retirada en 1956. Se ignora cómo atravesó las hileras de policías, porteros y encargados, tal vez su porte venerable y una levita recién lavada y planchada le abrieron paso, el hecho es que apareció en el claustro del convento de Santo Domingo. Modesta pero decididamente, no se sentó entre los notables sino en una silla del coro, una declaración de que su reino no era de este mundo. Su presencia, al principio silenciosa, debe haber chirriado en todos los oídos contra el fondo cacofónico de los discursos. En un momento determinado se puso de pie y comenzó a hablar. A falta de sus propias palabras, Guillermo Thorndike, con instinto infalible de titulero, ha escrito un párrafo muchas veces parodiado, que da forma al mensaje crítico-moral del corderovelardismo: “otra era la paz solicitada por el pueblo, que no era justicia de todos aquella que preocupaba a los poderosos de la tierra. No su voz, sino el ridículo de aquellos príncipes forzados a escucharlo, convirtió el cónclave en el más grande fiasco de la derecha peruana”.

El psiquiatra Javier Mariátegui ha emparentado a Cordero y Velarde con un largo linaje de orates, que comienza, al menos, con algunos de los personajes retratados por Pancho Fierro, entre otros ‘Ño Bofetada’, el ‘Loco Becerra’, ‘Fierabrás’, ‘Sancochado’ y ‘Manongo Muñoz’. Mariátegui, sin embargo, sitúa a Cordero y Velarde en línea directa con Ángel Fernández de Quiroz, “paranoico lucido” de la Lima del siglo XIX. Otro orate cercano a la política fue Abraham Elías Flores, declarado “Diputado Vitalicio” por el Departamento de Ica. Como escribió CARETAS, a propósito del desfleme que siguió a la larga dictadura de Odría: “en el Perú, sanos y locos están reclamando que se les reconozca sus derechos”. ( Escribe: Luis Jochamowitz)